Educación

Jonatan

La historia de El Joni, un relato de la vida escolar para acompañar a las familias durante la cuarentena.

Sábado 04 de Abril de 2020

Cuando lo conocí recién me hacía cargo de la vicedirección. Sobresalía de la fila porque lo anotaron con nueve años de edad para cursar el primer grado en nuestra escuela. Ya había repetido dos veces en otra, razón por la cual su mamá decidió cambiarlo.

Su cuaderno era prolijo pero le costaba muchísimo aprender a leer y a escribir. El vínculo con sus compañeros más pequeños se tornaba conflictivo. Nunca llegaba a distinguir cuándo terminaba el juego y cuándo comenzaba el trato agresivo hacia quienes eran más chicos que él.

Así fue como “El Joni” se convirtió en motivo de mis desvelos y en uno de mis primeros casos de intervención. Yo recordaba todas las tardes la vieja pregunta de la psicoanalista Françoise Dolto: ¿Niños agresivos o niños agredidos? Entrevisté a su mamá para saber qué andaba pasando en sus vidas. Conocer su historia fue la primera manera de acercarme a su dolor: un accidente fatal donde una pequeña hermanita había perdido la vida, una mamá muy joven y vulnerable, un papá que se volvía violento sobrepasado por la angustia, una casita muy pequeña donde todos bailaban al ritmo de la plata que no alcanzaba. Él quedaba al cuidado de sus hermanitas más pequeñas cuando los adultos iban a trabajar.

Tuve que aguzar mucho el ingenio para inventar dispositivos que mejoraran su paso por la escuela, para hacerle un lugar a él y a la vez garantizar la tranquilidad de sus compañeros, evitando agresiones. Juegos tranquilos, cartas para aprender pequeñas reglas y luego poder interiorizar otras, hojas para dibujar y colores para pintar otros horizontes donde no predominara siempre el negro, cuadernos de reflexión donde pequeños actos de escritura se transformaran en reconocimientos, una forma de dar valor a la palabra dicha y escrita. Pero por sobre todo mucha charla, mucha oreja, mucho afecto, mucho abrazo.

Su maestra de primero se ocupaba de enseñarle apasionadamente, aplicando su lema preferido: “El que quiere puede”. Con los años aprendí que el lema de la seño se transformaba en una apuesta de confianza hacia los chicos, y a la vez operaba como soporte hacia sí misma. El caso es que convencida como estaba de la veracidad de su enunciado, lograba alfabetizar hasta a las piedras. Sumando todos estos esfuerzos logró aprender a leer y a escribir, a sumar y a restar, y así pudo pasar de grado.

Nunca llegaba a distinguir cuándo terminaba el juego y cuándo comenzaba el trato agresivo hacia quienes eran más chicos que él

Le seguía costando mucho manejar sus emociones, la bronca contenida se reflejaba en su gesto de niño adulto. Era duro tanto como la vida y la sociedad lo trataban.

Entenderán ustedes mi sorpresa al verlo ese día en la fila, ya de tercer grado, llorando.

Empezó con un puchero, una lagrimita. Luego borbotones de llanto salado rodaron por sus mejillas. Y, finalmente, el Jonatan lloró con todas sus ganas. Lloró con mocos, con hipos, con lágrimas gordas y pesadas. No lloró porque le pegaron ni porque se peleó en el recreo. Tampoco por la mala nota que le pusieron. El Jonatan lloró porque a su maestra le había llegado la jubilación.

Hace ya ocho años que no lo veo.

Como su mamá consiguió una casita mejor, más amplia, se mudaron a otro barrio alejado de nuestra ciudad y lo anotaron en la escuela más cercana. Cuando los vientos de la exclusión soplan fuerte y azotan los techos de chapa me acuerdo de él. Pienso cómo seguirá su vida. Me lo imagino flaco y alto. Seguro que usa visera.

¿Extrañará la mano de su seño? Esa maestra jubilada que lo ponía bien adelante para que no se distraiga, para tenerlo cortito y controlado. Cerquita suyo y del lado de adentro.

Vinieron otros chicos y otras chicas a contarme sus historias y a atrapar mi atención, a obligarme a pensar nuevas intervenciones. Como a todos los docentes, cada uno de ellos me ha dejado sus marcas, me produjeron huellas. Me obligaron a aprender. Cada vez que terminan la escuela siento por un ratito el placer de la tarea cumplida. Pero esto dura poco, porque bien sé que allí no se termina la vida. Más de una vez naufrago cuando pienso que los engullirá el lobo feroz del sistema. Entonces temo, escucho las noticias, busco sus nombres en los diarios ¿Será por eso que es una fiesta cuando vienen de visita a la escuela?

Son muchos los chicos y las chicas pero recuerdo de cada uno de ellos sus nombres, sus gestos, el motivo de sus dolores, de sus peleas.

El Jonatan era duro por fuera y blandito por dentro.

(*) Texto incluido en “Días de escuela” (Editorial Último Recurso).

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