Gorriti al 5500. Primero hay que traspasar una puerta negra enrejada, después un largo pasillo custodiado por perros bastante afectuosos. De un lado del pasillo, la silueta de Claudio Lepratti en color ladrillo y la leyenda “Pocho vive!!”. “Bienvenidos al bodegón”, reza una pared de ladrillos. Después llega el patio con un árbol gigante en el medio. Hay patos, gallinas y ruido de gatos y loros que pisan los techos de chapa. En el medio del patio, Sergio “Varón” Fernández toma mate y recibe a La Capital para hablar de Pocho, su amigo. El encuentro es allí, en la puerta de la que fue la casa del militante social asesinado en diciembre de 2001 y que fue reconvertida como bodegón cultural. Erica Pereyra, Mariano Chies y Alejandra Zorzoli se suman a la charla. Se va formando la ronda. Y entre mate y mate llegan los recuerdos de Pocho y de sus huellas aún visibles. De Pocho y de los cientos de Pochos y Pochas del barrio Ludueña, donde militaba y acompañaba a los pibes y pibas, y a las comunidades eclesiales de base. De ese tipo cercano a Edgardo Montaldo. Y del arduo camino de transformar la bronca en organización y esperanza.
Bodegón Casa de Pocho.
Bodegón Casa de Pocho. Sergio "Varón" Fernández, Foto Marcelo Bustamante/ La Capital
Foto Marcelo Bustamante/La Capital
Varón es músico y conoció a Pocho en un campamento al que fue de contrabando. Era enero del 89, Varón tenia 9 años y el campamento era para chicos mas grandes, sus amigos. Pocho era seminarista, estaba como servidor y en su recuerdo ve a un tipo yendo y viniendo con una jarra con agua fresca, haciendo cosas en la cocina y charlando con los pibes. “Pocho era malísimo jugando al fútbol, muy malo, igual que tocando la guitarra. Pero era muy bueno reflexionando, pensando, armando cosas. Y después estamos nosotros, que somos buenos para hacer desastres”, bromea. La primera anécdota dispara una sonrisa y así será a lo largo de toda la charla. La mejor forma, dirán, para explicar el por qué de esa frase que reza que Pocho vive. Dentro del Bodegón hay una foto de un cartel pegada en un armario que dice: “Nada grande se puede hacer desde la tristeza”. Y más allá, sobre una pared una frase escrita con aerosol: “La alegría es política”.
“Estos 20 años —dice Varón— son raros para nosotros, porque es un Pocho que seguimos viendo, que necesitamos verlo en otro lugar. Es un Pocho que nace y muere con Edgardo, que se muere con Mercedes Delgado o que está con un montón de compañeras que con la pandemia estuvieron parando la olla y haciendo un montón de otras cosas”. Habla en presente porque allí lo encuentra, multiplicado en la cotidianeidad.
Varón fue uno de los tantos muchachos que formó parte de La Vagancia, una organización de pibes y pibas que coordinaba Pocho a principios de los 90 y que arrancó en un campamento. En un documental recuperado hace unos años, se escucha a Lepratti explicar: “La Vagancia es un grupo de jóvenes que empezó siendo de adolescentes (...). Nos empezamos a juntar para hacer algún campamento, ir a La Florida los domingos, hacer tortas fritas, tomar mates, charlar, escuchar música”. Después llegaron los talleres de apoyo escolar, de campamento o de guitarra. Espacios de educación popular en la plaza de Ludueña o detrás del frigorífico Swift. Un mate, una canción o una simple charla para y por los pibes y pibas de los barrios. Y la escucha y el acompañamiento cercano, claves en esa pedagogía que encarnaba Pocho.
Bodegón Cultural Casa de Pocho
No mirar para el costado
Erica Pereyra también integra el Bodegón Cultural Casa de Pocho. Empezó a militar en 2002, poco después del crimen de Lepratti, asesinado el 19 de diciembre de 2001 en el techo de un comedor escolar de barrio Las Flores. Arrancó en los espacios del taller de comunicación, donde hacían una revista. “Cuando llego a Ludueña tenía 14 años. Ahí empecé a participar y a conocer esto del encuentro con otros. Me voló mucho la cabeza estar en el barrio y ver todas las organizaciones y grupos que había, así que me fui sumando a distintos espacios de jóvenes”, describe Erica. Comparte con Varón esa mirada de un Pocho que se propaga en decenas de rostros y espacios. Y explica: “Esa multiplicación está antes de 2001. Este Pocho apostando a distintas formas de organización con otras y con otros. Ese es el Pocho del que hablamos, el que caminó y pedaleó por distintos lugares insistiendo que es necesario organizarse con otros. No es menor que en 2001 lo matan en su lugar de trabajo”.
Bodegón Casa de Pocho.
Bodegón Casa de Pocho. Erica Pereyra, Foto Marcelo Bustamante/ La Capital
Foto Marcelo Bustamante/La Capital
Trabajo, organización, rebeldía. Las palabras se hacen presentes una y otra vez en boca de quienes integran el Bodegón Cultural Casa de Pocho. “Algo que aprendimos y sostenemos es no mirar para otro lado ante cualquier injusticia que nos atraviesa y nos interpela. Una ética de cualquier persona que está organizada con otro, de no mirar para el costado. Por eso parte de decir «Pocho vive» tiene que ver con eso. No es un Pocho mágico, ideal, como un santo, sino uno más a tierra, más humano”, resume Erica. Como esos trapos que se cuelgan cada 27 de febrero en la plaza del barrio para el Festival Cumple de Pocho. Esas banderas que dicen: “Parido en el barro, curtido en el fuego ¡esta es muestra alegría!”, o “Bienvenidos a este espacio ganado, organizando la bronca”.
Mariano Chies —docente e integrante del Bodegón Cultural— también conoció al militante social desde el relato de otros compañeros. De esas historias le llama la atención que, por ejemplo, cuando Pocho iba a brindar su apoyo a trabajadores metalúrgicos en huelga, antes de irse les dejaba una invitación para un pesebre viviente y los compañeros lo aceptaban. “Pareciera que hay distintos mundos simbólicos que no pueden convivir. Pocho era profundamente creyente y eso estaba en su forma de llevar las cosas adelante con los pibes, no estaba disociado”, apunta Mariano.
Llegó al barrio a fines de 2006 a la comunidad de Luján, una de las tantas que están presentes en Ludueña. En ese día a día —dice— comenzó a toparse con esa multiplicación de la que hablaban sus compañeros del Bodegón: “Nunca me voy a olvidar que un almacenero de Luján una vez me dijo «¿sabés la cantidad de Pochos y Pochas que hay acá?». Ahí empecé a entender al Pocho como compañero colectivo, porque no es una persona que está allá arriba, sino un compañero que está en un montón de otros compañeros y compañeras”.
Bodegón Casa de Pocho.
Bodegón Casa de Pocho. Mariano Chies . Foto Marcelo Bustamante/ La Capital
Es viernes por la tarde y a pocas cuadras del Bodegón la Plaza Pocho Lepratti —Vélez Sársfield y Larrea— está en ebullición. Decenas de puestos con vecinos y vecinas que venden ropa, comida, juguetes y elementos de limpieza en la feria popular, mientras los chicos y chicas juegan en el espacio verde. Ahí están esos Pochos y Pochas de los que hablaba Mariano. En un mural sobre calle Vélez Sársfield el dibujo de siluetas organizadas, como en lucha, acompañadas por la frase “Pocho vive, Edgardo está!!!”. Edgardo es Montaldo, el cura salesiano que eligió meter los pies en el barro del barrio y desde allí construir comunidad. Una pastoral social y pedagógica emblemática en Ludueña.
“Se me hace un poco difícil hablar, porque lo extrañamos mucho a Edgardo”, dice Mariano. Porque parte de entender a Pocho no se pude hacer sin Montaldo. Referentes de ese “estar siendo” del que hablan siempre los y las jóvenes que sostienen el Bodegón Cultural con proyectos para los pibes y pibas del barrio. Recuerda que cuando alguien se acercaba a querer colaborar el cura lo invitaba con un sencillo “venite y vamos a tomar mate con la gente”. Una praxis de la escucha que también llevaba adelante Pocho. “Por eso se entienden bien juntos”, dice Mariano. Dos tipos que, como dice Erica, “hablaban por donde los pies pisan”. O “dos grandes testarudos”, como los define Alejandra Zorzoli, trabajadora social e integrante también del Bodegón.
“Edgardo —dice Alejandra— creo que fue un testarudo porque fue tan rebelde que se atrevió a cambiarle las palabras al padrenuestro. Inventó uno terrenal, que tiene que ver con lo que nos pasa a los que somos del barrio, a los que atravesamos la realidad de estar acá”. Hace 20 años Alejandra estaba en otros grupos de jóvenes y recuerda haber visto alguna vez a Pocho. “Llegué a Ludueña recordando su mirada”, dice. Un loco despeinado que ordenaba con la tranquilidad de su mirada. Le llamaba la atención su serenidad. Algo de esa conexión fue la que años después hizo que empiece a militar en Ludueña: “Me construí y nací como sujeto político gracias a ese Pocho colectivo que hizo que el viento nos amontone. Y creo que hubo algo ahí de su tozudez, de su rebeldía y de su andar tranquilo que me hizo llegar hasta acá”.
Bodegón Casa de Pocho.
Bodegón Casa de Pocho. Alejandra Zorzóli. Foto Marcelo Bustamante/ La Capital
Foto Marcelo Bustamante/La Capital
Los nombres de Edgardo y Pocho fluyen y se entrelazan en la charla. “Creo que donde vayas siempre escuchás sus nombres —dice Mariano—, como que todos tienen una anécdota. Entonces los niños y las niñas escuchan eso y les queda algo que es fundamental: que eran buenos tipos y que estaban todo el tiempo pensando en cómo organizarse y estar con otros. Eso políticamente es potentísimo”. También aparecen las anécdotas sobre ese Pocho que le insistía a los pibes a que sigan estudiando. “Muchos de nosotros —recuerda Varón Fernández— terminamos el secundario porque ha ido a nuestras casas a buscarnos y a decirnos «andá a la escuela»”. El compromiso de un exseminarista cuyos días duraban más de 24 horas, entre su militancia en ATE, la CTA, La Vagancia y el trabajo en la escuela de Las Flores.
Por eso para Erica, algo que los marca como espacio “es cómo carajos organizamos la bronca o cómo nos levantamos cuando la realidad te viene cacheteando una y otra vez”. De allí esa capacidad del Bodegón de ir generando espacios, palabras, lenguajes “que tienen que ver con un andar por la tierra dura”. Cómo generar ese barro colectivo y moldearlo en torno a la pregunta de cómo vivir y qué hacer para lograrlo. “Me parece —dice Erica— que en esto de los 20 años se pierde de vista que Reutemann y De La Rúa murieron sin ser juzgados, gozaron de total impunidad. Y hoy parte de esa gente que acompañó a Reutemann en el momento del asesinato de Pocho está con el gobernador Perotti, y esa gente es parte de los que digitan la miseria, la organizan y van generando las condiciones materiales para que los barrios estén como están, porque no nos olvidemos del contexto en el cual vivimos, donde los palos son mas duros”. Ajuste, precarización de la vida y un crecimiento de la violencia que impacta en los cuerpos de los mismos de siempre, dice la joven de Ludueña. Por eso entiende que parte de recordar a Pocho tiene que ver con la urgencia de sostenerse, seguir pateando y construir mundos dignos. Resignificando la vida y seguir encontrándose. “En medio de todo esto —dice— seguimos andando convencidos. No nos queda otra que convencernos, porque la verdad es que es muy cruda la realidad y donde más cala hondo el sistema es en la desesperanza. Si creemos eso estamos fritos. Por eso seguimos plantando carnaval, seguimos sosteniendo la memoria de Pocho y seguimos resistiendo con memoria”.