Advierte que no quiere fotos, ni a él ni a los objetos que colecciona. El juez en lo penal Nº 3, Luis María Caterina, de 54 años, dice que retratado se siente “frívolo”, que le da pudor. Por eso muestra en su despacho apenas una ínfima parte de todo su patrimonio de coleccionista. Monedas, medallas, un rebenque, una lámpara de aceite, una poruña (una cuchara para lavado de oro hecha con cuerno de vaca) y un estribo. “Objetos que me ayudan a interrogar la historia, a bucear en ella”, dice el magistrado.
En su casa hay miles de piezas más: libros, mayólicas art noveau, yugos, morteros, máquinas fotográficas, postales, publicaciones políticas, implementos de agro y de minería y juguetes; objetos que se acumulan como las fojas de los mil sumarios anuales que cercan a este juez que procesó a los ex directivos de Rosario Central, entre otras causas conocidas mediáticamente.
Su colección comenzó cuando tenía 12 años. “Vi como alguien usaba unas boleadoras. Pensé que sólo eran cosas de Patoruzú, fui y le pregunté si me las vendía. Le pedí dinero a mis padres”, recuerda Caterina, quien muestra cada objeto con fruición y cuenta la historia, sea de alguna provincia, de Chile, de Bolivia o algún otro país.
“Una vez me traje un poste de granito de 2,20 metros de Uruguay, porque allí no se hacían de madera. Este rebenque no tiene nada de metal, me lo traje del sur de Mendoza, es el mejor ejemplo de la «Civilización del cuero» de la que hablaba Sarmiento. De cada viaje traigo algo, pero lo importante es que a través de estas cosas uno entiende más al país: las migraciones, el poder, el por qué de las rutas, el comercio y yo soy un apasionado del Derecho laboral. Pero trato de no quedarme en la norma o en el Código solamente, porque eso te mata, con la historia, gracias a ella, uno entra en una dimensión social de las cosas, algo que también busco a través del Derecho”, asegura. l
































