La reciente destitución del presidente de Paraguay, Fernando Lugo, muestra la torpeza política e incoherencia institucional de los países latinoamericanos que persisten en mantener un sistema presidencial rígido y consecuentemente frágil y quebradizo. La copia del presidencialismo de EEUU se convirtió en una caricatura de la democracia, plagada de golpes de palacio y revoluciones, que sucedieron y sucederán. Las declaraciones del Mercosur y Argentina, de no reconocer al nuevo presidente, son políticas. El tema es institucional. La grave crisis europea produjo la caída fulminante de numerosos gobiernos parlamentarios que fueron reemplazados por nuevas autoridades designadas por el parlamento o con elecciones anticipadas. A ningún país, ni grupo político de centro o de extremos se le ocurrió impugnar o desconocer a los nuevos gobernantes. Es muy posible que si Paraguay tuviera un sistema parlamentario, el Parlamento no hubiera designado jefe de Gobierno a Lugo, y si lo hubiera hecho su cambio no generaría tensiones políticas internas ni las fantochadas internacionales. En Argentina, los errores presidenciales tienen en ascuas a la ciudadanía, que no sabe cómo evitarlos. El presidencialismo genera corrupción, fraude electoral y autocracia.























