El verdadero mutismo al que está sometida la frágil salud de la presidenta de la Nación lleva ya demasiado tiempo como para no creer que estemos ante un verdadero pacto de silencio celebrado entre funcionarios, dirigentes y plantel médico. Me da la sensación de que el cuadro de la enfermedad de la primera mandataria es más que serio y a lo único que atina el elenco gobernante es a patear la pelota para adelante. Creo que se respira un halo de perplejidad. Están paralizados. Estupefactos. No es parte de ninguna estrategia. No saben qué hacer. No saben qué decirle a la ciudadanía. Resultaron más que notorios los ingentes esfuerzos que hacían los distintos facultativos intentando explicar las bondades de la intervención quirúrgica y el “leve” cuadro de la paciente que motivara la apremiante operación. Pero los días transcurren y el silencio nos aturde aún más y más. Ya no nos importa polemizar acerca de si el kirchnerismo salió debilitado o no de las elecciones legislativas. Ya no nos quita el sueño la inseguridad, la corrupción o la inflación. Todo el arco político, oficialismo y oposición, está pendiente de ella. Nos guste o no. No creo que los ciudadanos nos merezcamos semejante embuste. Hemos sufrido demasiado con las distintas mentiras con la que nos pretendieron embaucar. Esto no da para más. Exigimos un sinceramiento responsable en honor a los 30 años de democracia recientemente cumplidos. Si la presidenta debe alejarse de sus funciones por cuestiones de salud, tendrán que ser entonces los mecanismos institucionales democráticos los que deberán ponerse en funcionamiento para culminar así con esta virtual acefalía a la que estamos asistiendo y que no se puede ocultar más.


























