Sabemos acerca de lo que pasa en la economía sólo en partes. El conocimiento es
siempre una aproximación y, por ello, imperfecto, pero el grado de incertidumbre en las cosas
económicas se ha ampliado en los dos últimos años y definen la situación actual.
Esto contrasta con la soberbia que se había instalado en los centros académicos
más influyentes, en los organismos internacionales y, también, en el quehacer de las políticas
públicas.
Se creyó que se podía evitar la recesión, que se podían determinar con precisión
los precios de los activos financieros en función de su riesgo, que las burbujas como la
inmobiliaria no eran tales, que los bancos centrales podían sostener la expansión sin restricciones
y que los gobiernos podían hacer magia con los presupuestos públicos.
El nirvana de la globalización se ofrecía como solución a prácticamente todos
los problemas económicos. Y ni siquiera obligaba a la liberación de los deseos carnales, sino a su
más plena satisfacción mediante un creciente consumo y endeudamiento.
Hoy, toda esa sabiduría teórica y práctica está cuestionada, al mismo tiempo que
se reduce la capacidad para advertir las variadas repercusiones de la crisis financiera.
Desde la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, la fragilidad de las
instituciones financieras en general, y la necesidad de una extensa intervención pública en los
mercados, se han ido sucediendo una serie de situaciones que provocan mayor confusión para quienes
gobiernan, para quienes analizan las acciones que se emprenden –como ocurre en el campo
monetario y fiscal– y para quienes mueven los recursos de capital alrededor del mundo.
El endeudamiento público europeo ha sido una de las consecuencias graves de la
crisis. El euro estuvo a punto de morir y aún no se repone, las perspectivas son aún dudosas y
dependerán de la manera en que se decida administrar los déficit públicos en los meses que
siguen.
Las historias de esta crisis son dignas de una serie televisiva de aventuras.
Fanatismos ideológicos, creencia en la superación de los límites que irremediablemente envuelven
las acciones económicas, especulación rampante con el aprovechamiento de la información disponible
y un uso extremo de las innovaciones financieras a expensas incluso de los ahorradores
individuales. Goldman Sachs es sólo uno de los casos en cuestión.
A la hora de la crisis, y como bien se sabe por las reiteradas experiencias
históricas de las cuales los mexicanos somos un verdadero caso de estudio, las pérdidas se
socializan por la vía fiscal cuando se usan los fondos públicos para solventar a las empresas
privadas, y tiene que satisfacer las ansias de los mercados.
La crisis de 2008 exigió un aumento enorme del déficit fiscal en Estados Unidos
y en la Unión Europea. La factura se está cobrando en Europa de manera rápida y severa. Ahora se ha
pasado a la austeridad como credo, se recortan fuertemente los gastos públicos, se revisan los
esquemas de pensiones, al tiempo que hay una fragilidad en el mercado laboral y se reducen los
ingresos de las personas. La transferencia del costo de la crisis se ha hecho eficazmente sobre las
condiciones del bienestar que ha quedado muy maltrecho y débil.
No hay manera de saber cómo seguirá evolucionando la crisis y los vaivenes de
los gobiernos, como ocurre en Alemania y también en Estados Unidos, en un momento clave de la
conformación del Congreso en las elecciones venideras, pueden propiciar que las pocas muestras de
mejoramiento de la economía se reviertan y se caiga en una nueva recesión.
A la par, nadie puede decir si la situación irá a provocar una deflación, como
ocurre en Japón desde hace una década o, si en cambio, prevalecerá la inflación como forma de bajar
el costo real de la deuda pública y privada.
Así la política monetaria se hace más impredecible, la gestión fiscal más
riesgosa y las interrelaciones de las economías nacionales más conflictivas.
En el entorno de una banca extranjerizada y sumamente concentrada, como es el
caso de México, y con una postura fiscal y monetaria muy conservadoras, se observa una situación
paradójica. El banco central, Hacienda y las entidades encargadas de la supervisión del sistema
financiero sostienen como prueba de solvencia la buena situación de los bancos que operan en el
país, pero de modo simultáneo se registra una abrupta caída del crédito, pues esos bancos reducen
su exposición al riesgo y ganan invirtiendo en la deuda pública. Hay una disfuncionalidad grave que
exige una revisión a fondo de la arquitectura del sistema financiero en el país.
El esquema es eficiente para los bancos, sobre todo los extranjeros, pero muy
pernicioso para la economía y la capacidad de acrecentar el consumo, la inversión y el empleo. Si
no se consuma pronto un escenario de recuperación de la economía mundial y en especial en Estados
Unidos, se verá a las claras de nueva cuenta la fragilidad crónica de la economía mexicana.
A la par, es notoria la parálisis para recrear formas alternativas de expansión
interna, de aprovechar otras formas de asociación y organización que eleven la productividad y
generen riqueza. El nirvana global en su versión mexicana se ha derrumbado.