Días atrás visité el barrio que se le hiciera a nuestros hermanos tobas hace unos años, cuando los sacaron de Empalme Graneros, en la zona de la calle Rouillón. Digo mis hermanos tobas porque así siento a cada integrante de nuestra especie en cualquier lugar del mundo y más aún si pertenecen a comunidades que han sido marginadas por quienes ostentan el poder y dictan las normas morales de una sociedad enferma (cito a Nietzsche en su obra "Génesis de la moral"). Cuando se creyó que los poderes públicos, de cualquier signo, trataban de reparar el daño hecho a los pueblos originarios por más de 500 años, alentamos la esperanza de que ¡al fin se reparaba lo que se hizo mal! Llegué a la conclusión, al observar la forma de vida que llevan, la inexistencia de cloacas, la escasez de agua corriente, las casas medio destruidas por su precariedad y el paso del tiempo, de que aquella acción que parecía una obra de bien y de reparación sólo fue un artificio para alejarlos de zonas un poco más céntricas como lo era Empalme Graneros. Comprobé con mis propios ojos, ya que atendí un dispensario en Juan José Paso al 2000 durante 5 años, que el objetivo sólo fue esconderlos para que la ciudad que se precia de ser centro turístico no se vea perjudicada por la presencia de nuestros hermanos de los pueblos originarios, seguido esto por la satisfacción de los vecinos de Empalme Graneros que discriminaban a los "indios". Pudiera ser, si los poderes públicos llegaran a ser integradores de todos los habitantes de la ciudad, sin exclusiones, que se tomen las medidas para reparar el viejo daño hecho a esta comunidad y a todos los desposeídos que son alejados ex profeso de las zonas centrales para no "afear" la ciudad.





























