En julio de 1936, España fue escenario de dos acontecimientos radicalmente contrastantes. Por un lado el alzamiento de Franco, Queipo del Llano, Sanjurjo y Mola, expresión de la alianza clerical-militar y terrateniente. Una vez proclamada la II República el Obispo de Toledo Isidro Gomá, alzó su colérica voz afirmando lo infausto del acontecimiento, en tanto, en calles de aldeas, pueblos y ciudades el pueblo festejaba el alejamiento del rey Alfonso XIII. La República era portadora de sus esperanzas. Era claro el divorcio entre el sentir popular y la soberbia del purpurado finalmente expulsado por el católico Ministro republicano Maura. Gomá junto a Gil Robles conspiraron todo el tiempo, propiciaron sangrientas represiones como la de Casa Viejas en Andalucía y la de Asturias en 1934. La República era un hervidero, ambigüedades y contradicciones entre las aspiraciones de campesinos y obreros y la moderación de liberales y socialdemócratas. Pero por sobre todo la República padeció el permanente acoso de los más retardatarios hacendados. Finalmente, el 18 de julio se produjo el alzamiento falangista, pero lo que pensaron un paseo de pocos días se transformó en una guerra civil que duró tres años. La heroica resistencia del pueblo ibérico frenó en principio el golpe reafirmando sus convicciones libertarias. Luego la disparidad de fuerzas en favor de los fascistas, el apoyo de los nazis, Hitler y Mussolini, doblegaron la resistencia popular. Pero no hay que olvidar que aun en las peores circunstancias nunca claudicaron en sus convicciones, ni aun bajo las bombas genocidas. 19 de julio de 1936, fecha para la reafirmación de la dignidad humana universal.





























