Qué bueno sería si toda la clase política argentina; si todos los funcionarios y dirigentes, como en un mágico bazar de virtudes pudieran tener siempre lo siguiente: las convicciones de San Martín, la honestidad de Belgrano, el carácter de Güemes, el coraje de Lamadrid, la visión de Sarmiento, la bravura de Pringles, el nacionalismo de Rosas, el fuego de Mariano Moreno, la valentía de Andresito Guacurarí, la vocación de Favaloro, la humildad del doctor Maradona, la capacidad de Ameghino, la generosidad del perito Moreno, la inteligencia de Bernardo Houssay, la pasión de Eva Duarte y de Rosario Vera Peñaloza; la bondad de Ceferino, la voluntad del doctor Maiztegui, la lealtad del "Negro" Falucho, el arrojo del sargento Cabral; la nobleza de José Gabriel Brochero, el sacrificio de los marginados, la paciencia de los jubilados y la perseverancia de algunos religiosos que en recónditos lugares dignifican su apostolado. También sería bueno que tuviesen la vigencia de Gardel, el espíritu de Borges; el virtuosismo de Eduardo Falú, Juanjo Domínguez y Luis Salinas; la sensibilidad musical y humana de Troilo; la trayectoria de Nelly Omar, la creatividad de Cacho Castaña, la aptitud de Ariel Ramírez, la poesía de Tejada Gómez, el carisma del "Chaqueño" Palavecino, el genio de Roberto Fontanarrosa; la maestría y sencillez de Fangio y la habilidad "del Diego" y de Messi. Y sería muy útil que hicieran suyas la inspiración de nuestros letristas populares y las elevadas condiciones de tantos técnicos, médicos, enfermeras, sociólogos, científicos, maestros, músicos, actores, poetas, cantantes, bailarines, deportistas; y mujeres y hombres de bien que por falta de espacio y de memoria no puedo mencionar aquí. Si todas las virtudes señaladas pudieran anidar en la mente y el alma de nuestros gobernantes y actores relevantes de la sociedad, la Argentina se encaminaría definitivamente hacia un venturoso porvenir.























