Por esas cosas de la vida, mis padres se mudaron del centro a la zona sur de esta ciudad. Éramos chicos, mi hermano y yo. No nos importaban las razones de esa decisión. Lo que recuerdo muy bien es que tuvimos que acostumbrarnos a caminar por esas calles de tierra rodeadas de zanjas, las mismas que en épocas de verano hacían el hábitat de
toda clase de insectos, ranas, sapos y hasta ese olor nauseabundo que se te penetraba hasta los huesos, si uno tenía la mala fortuna de caer adentro de una de ellas. Pero éramos felices. Había potreros para jugar a la pelota, trepar a los árboles, andar en bici, jugar con los amigos a las escondidas, a la mancha, a las figuritas, a las bolitas; mientras nuestros padres y vecinos se sentaban a la puerta. Todos disfrutaban. Cuando el calendario indicaba alguna fiesta, todo el mundo en el barrio, la respetaba. ¡Qué carnavales inolvidables!,
mezcla de barro y agua. ¡Y qué decir de los 29 de junio! San Pedro y San Pablo. Nos preparábamos desde
temprano. Todos a juntar ramas, troncos y maderas que sirviera para quemar, además de pedir ropa que
no se usaba para fabricar enormes muñecos. Nadie nos dijo nunca si era una fiesta religiosa o de tradición
pagana. Nosotros no lo sabíamos. Sólo queríamos divertirnos. Ese día se hacía
la "gran fogata", se quemaban los muñecos con ropa y todo, pero no nos olvidábamos de dejar un huequito en la base para cocinar los camotes
asados en brasas que luego comíamos. ¡Qué ricos! Todos corríamos, saltábamos y reíamos. Al terminar, nuestros padres nos venían a buscar. Nos íbamos con la cara tiznada, las manos sucias, a la vez, satisfechos y llenos de ilusión. Con el tiempo llegué a comprender que esos maravillosos sueños de pibe de barrio marcaron nuestro destino. Y hoy veo, tristemente, que esos mismos sueños de tantos y tantos pibes, se les consumen irremediablemente en el fuego ardiente de la droga.
Alicia Brescia
DNI. 10.557.525