Central, te escribo esto porque ya no encuentro forma de ayudarte. Estoy en una tensa calma, sólo interrumpida por las lágrimas de mis hijos que a pesar de ser supuestamente grandes de edad, entienden la vida como una suma de sentimientos, nunca opacada por la cronología de los años. Gracias a Dios, lágrimas que ocultaron las mías, por el deber de ponerme en contenedor. Las guardé para transformarlas en alegría, cuando llegue la batalla. Una más de mi Central. El destino de los grandes, ser protagonistas en las buenas y en las malas. Las medias tintas no son para gigantes. Mi gigante está en combate, que no es poco. Capitán tenemos, general, un Russo. No es soviético, es de acá, es nuestro porque quiso serlo. Es nuestro porque grita los goles como lo que es, canaya. Ahora me despido para hacer lo que todos los canayas debemos hacer: retemplar el acero de nuestra corazas, para que contengan todo el fuego de nuestra pasión. Bruñir el bronce de nuestras trompetas, hasta que llamen a la batalla. La vida es una batalla tras otra, la diferencia son las armas. Esta se pelea con temple, corazón y garra. Con pasado, con presente. No puedo pensar en Central sin que se cruce Don Angel, siempre es presente y con él el futuro que anhelamos. Ah, me olvidaba, y con la pelota, nada menos. Alguien dice es sólo fútbol. No, es Central.





























