En La Capital del 19/01/11, en cartas de los lectores hemos leído de Hernán Andrés Kruse, "Como el agua y el aceite", síntesis del embate del divisionismo político y de las ambiciones personales. Conflicto, salvo mejor proveer, producto de la vanidad y del ego político. El filósofo y escritor francés del siglo XVIII, Dionisio Diderot, dice:"Engullimos de un solo sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga". De los distintos enfrentamientos que Kruse describe en la carta de marras, hace pensar que la vanidad y el ego político conforman un aperitivo embriagante, estimulante que tiene indiscutiblemente poder en embotar la inteligencia. Endemia que suele contaminar nuestra conciencia cuando se encuentra desprevenida ante el ataque de dicho flagelo. Shakespeare dice: "No hay quien sea enteramente inaccesible a la vanidad y al ego. El hombre mismo que dice aborrecer este mal enquistado en la falsa ética, en su recóndita intimidad, goza con placer de la adulación". Es que la imagen de la psiquis y su relación con el ego son dos campos difíciles de desterrar. Freud opina de otra forma: "el ego es el principio de la realidad. Es el consciente que tiene la función de la comprobación de la realidad, es como la regulación y control de los deseos y de los impulsos íntimos. Tarea de alta complejidad que utiliza mecanismos psicológicos para defensa de la psiquis". El sueño de Platón era que los sabios -es decir que los filósofos- gobiernen el mundo, lo que ha sido hasta hoy una utopía. Cualquier político ególatra poseído de la vanidad y del ego, que se cree estar por encima de los demás, no es en general del agrado de nadie. La base del buen político es partir de personas completas, seguras con una correcta autoestima y especialmente honestos con ellos mismos para poder aceptar sus fortalezas y debilidades. Aclaro, autoestima no es vanidad ni ego.




























