Quiero responder a la carta publicada ayer por el lector Cristian Díaz, titulada "La misa y la pandemia". Reconozco que a los católicos practicantes nos cuesta comulgar en la mano, pero pensemos que es un pequeño sacrificio que se nos pide por un tiempo y no lo veamos como un sacrilegio porque estamos obedeciendo al obispo. Es verdad que es más delicado y respetuoso recibirlo en la boca. Pero el bien común (en este caso prevención de una epidemia) tiene que estar por encima del bien particular, el mandamiento es amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Respeto su pensamiento, pero no lo comparto porque tiende a la división y no a la unidad en la iglesia. El obispo tiene potestad en su diócesis para tomar decisiones importantes para el bien de todos los fieles, en este caso no es subordinarse a un poder político sino hacerse eco de medidas de seguridad para evitar la propagación de una epidemia. El Papa sugiere recibir la comunión en la boca para evitar profanaciones y ofensa y como una demostración de delicadeza hacia Jesús, cosa que igual se puede cuidar en estos momentos, teniendo las manos limpias y sumiendo el cuerpo de Jesús delante del sacerdote, fijándose que no nos queden partículas en las manos y si nos ayuda diciéndole alguna palabras de cariño como para que no se note el cambio. Pero manos limpias y sobre todo corazón limpio confiando en los pastores que Dios puso en su iglesia. Debemos rezar todo para que esto pase pronto y volvamos a vivir con normalidad todas nuestras actividades.





























