Todd Willingham, ejecutado en 2004 en Texas cuando tenía 36 años, se ha
convertido en un paradigma para los abolicionistas de la pena de muerte y causa una profunda
conmoción en los Estados Unidos, donde se somete a inyección letal a unos 50 condenados por año:
era inocente.
Probar la inocencia de un condenado después de su ejecución es extremadamente
raro en Estados Unidos y, según los especialistas, ningún Estado reconoció nunca oficialmente
haberse equivocado. En el caso de Willingham, que tenía 23 años cuando sus tres hijas fallecieron
en el incendio de la casa familiar (ocurrido en la Navidad de 1991) y 24 cuando fue condenado por
provocarlo, podría ser la primera vez.
"Mientras que nuestro sistema judicial cometa errores, entre ellos el más
grande, no podremos continuar ejecutando gente", afirma la asociación Innocence Project, que
presentó el caso Willingham ante la comisión de ética del estado sureño de Texas.
Aunque la inocencia de Willingham aún debe ser establecida oficialmente por la
comisión, su caso ilustra "el mayor dilema de nuestro país sobre la pena de muerte: ¿estamos
dispuestos o no a mantener este sistema sabiendo que inocentes van a ser declarados culpables y
ejecutados?", explicó Rick Halperin, presidente de una asociación de Texas contra la pena de
muerte.
En 1992 Todd Willingham fue condenado por un jurado en base a un informe
realizado por expertos locales que trabajaron en el lugar del drama. Murió 12 años más tarde
clamando su inocencia.
Su historia, detallada esta semana en una larga investigación del semanario The
New Yorker, tiene todos los ingredientes clásicos de un error judicial: ausencia de peritajes, un
experto psiquiatra que describió a un "sociópata muy peligroso" sin haberlo visto nunca, testigos
que modificaron sus declaraciones a favor de la acusación, abogados de oficio incompetentes...
Pero en un informe remitido en agosto último a la comisión de ética de Texas, un
reconocido especialista en escenarios de incendios concluye, al igual que los hiciesen en 2004 y
2006 otros dos colegas, que el incendio fue accidental.
Todos afirman que el peritaje de entonces “no se basaba sobre nada más que
un cúmulo de creencias personales, que no tenían nada que ver con una investigación científica de
escenas de incendios”.
“Este informe es devastador, el tipo de revelación que debería impactar a
toda conciencia”, precisó el New York Times, haciéndose eco de las decenas de editoriales
publicadas desde que se diese a conocer el informe de peritaje.
Infierno sin fin. La enorme tragedia mantenida a lo largo de tantos años comenzó en la mañana
del 23 de diciembre 1991 en la casa de madera de una planta de la localidad de Corsicana, una
pequeña ciudad en el condado de Navarro, Texas, que dista unos cincuenta kilómetros al sur de
Dallas.
Esas vísperas de Navidad Willingham despertó por los gritos de su hija Amber, de dos años, quien
estaba junto a sus hermanas Karmon y Kameron. La familia era pobre, y la esposa de Willingham,
Stacy, había salido a recoger un regalo de Navidad para los niños que ofrecía el Ejército de
Salvación.
Willingham dijo que trató de rescatar a las niños, pero fue rechazado por el humo y las llamas.
En un momento su pelo se prendió fuego. Como el calor se intensificó, las ventanas explotaron y él
saltó afuera. Tenía 23 años y el horror le hizo tratar de meterse en ese infierno. Sólo la policía
pudo evitar su intento suicida esposándolo.
No había ninguna razón para no creer que el fuego se había generado por un accidente.
Pero los investigadores de incendios, moviéndose lentamente a través de la casa en ruinas,
comenzaron a “interpretar” el siniestro. La carbonización profunda de algunas paredes y
los patrones de los rastros de hollín que les hizo sospechar otra cosa y no tardaron en apuntar a
Todd.
Sin motivo real a la vista, el fiscal de distrito local, Pat Batchelor, fue citado diciendo
durante el desarrollo del juicio que esa fatídica mañana “los niños estaban interfiriendo con
la manera de beber cerveza y el lanzamiento de dardos” de Todd.
Cuando la sospecha oficial cayó en Willingham, el testimonio de testigos comenzó a cambiar.
Mientras que al principio, los vecinos del acusado recordaban que él estaba desesperado por
rescatar a sus hijas (gritaba “mis niñas se están quemando”), después consideraron que
no había hecho lo suficiente esfuerzos para salvar a las criaturas.
El jurado tardó apenas una hora para llegar a un veredicto de culpabilidad, y Willingham fue
condenado a muerte.
Se quedó en el “corredor de la muerte” durante 12 años, pero fue sólo en las semanas
previas a su ejecución que la evidencia científica sólida sobre el incendio comenzó a ser tomada en
cuenta. Un científico de renombre y de investigador de incendios provocados, Gerald Hurst, educado
en Cambridge y ampliamente reconocido como un químico brillante, revisó las pruebas en el caso de
Willingham y empezaron a caer todos los indicios de incendio provocado.
Sin embargo, Willingham fue ejecutado por inyección letal el 17 de febrero de 2004.Pero en un
informe remitido en agosto último a la comisión de ética de Texas, un reconocido especialista en
escenarios de incendios concluye, al igual que los hiciesen en 2004 y 2006 otros dos colegas, que
el incendio fue accidental.