El momento político paupérrimo por el que atraviesa el país, con candidatos que sólo privilegian intereses personales, me hace reflexionar sobre las condiciones de decencia y honestidad que como condición excluyente deben tener los postulantes a ocupar con serias pretensiones cualquier cargo, motivo por el cual quiero referirme a verdaderos ejemplos de civismo. Muchas fueron las palabras pronunciadas y escritas por la desaparición de Raúl Alfonsín. Muchas lágrimas corrieron por los rostros de adictos, pero también de enemigos y traidores. Las épocas se repiten. Estoy convencido de que es muy importante establecer un parangón entre dos verdaderos caudillos que en su tiempo dieron al país lo mejor de sí, aún con los errores lógicos del ser humano, pero defendiendo sus ideales a ultranza. Me refiero a Don Hipólito y a Don Raúl. De ellos se trata. Cada uno en su época y transitando momentos difíciles, les tocó padecer la incomprensión del pueblo. El mismo que los votó, ovacionó en la asunción y contribuyó en sus derrocamientos. El mismo que los lloró a su muerte. El mismo que en el año 1928 aclamó a Yrigoyen cuando asumió su cargo y que le hizo expresar: "El pueblo que hoy me aclama, es el que a corto plazo me derrocará". No se equivocó. El 6 de septiembre de 1930 se cumplió su vaticinio. El 3 julio de 1933 falleció en su humilde vivienda de la calle Sarmiento. Fue un calco de esa historia la muerte de Alfonsín. En ambos casos la multitud ganó las calles y acompañaron los restos a pie hasta La Recoleta. En ambos casos habían muerto, con diferencia de años, los padres de la democracia.





























