Cuántas veces hemos votado a los hombres más que a las ideas. Y cuántas veces nos equivocamos porque en lugar de tener en cuenta las maneras naturales nos dejamos impresionar por las reglas artificiales de la etiqueta y la retórica, que no siempre reflejan fielmente la naturaleza interior y pueden usarse para representar un papel seductor. Alguien dijo que la política es el arte de exteriorizar interés por los demás sin sentir por ellos afecto alguno. Hay quienes tienen la habilidad de saber adoptar poses y embellecer la exposición de sus conceptos para deleitar, impresionar, persuadir o ganar votos. Como la buena estampa, el patriotismo, la vocación de servicio y el altruismo que ofertan al electorado algunas propagandas parecen alquiladas en una tienda de disfraces. La elocuencia, la cortesía, la elegancia y todos los adornos de nuestro porte son insuficientes para el engrandecimiento de la patria si no se asientan sólidamente en la bondad interior. La honradez vale mucho más que la gracia más exquisita, la pureza de pensamiento es preferible a la finura de expresión y el aseo del espíritu al del cuerpo.





























