Amo demasiado la vida como para detenerme a pensar en la muerte. Pero a raíz de dos noticias periodísticas, empecé a escuchar otras voces y a pensar cómo a veces paraliza el temor a castigos indescriptibles más allá de la muerte. Algunos han registrado esos dogmas desde la infancia y los reciben de las personas que más los amaron. No es raro, entonces, el temor a la muerte. La muerte es un cambio fundamental y ante la simple idea hay gente que no goza de la vida. En general, los cambios nos desestabilizan, nos producen desasosiego, nos afectan más si no nos hemos preparado para él. Pero la muerte, por el contrario, es un cambio fundamental que nos compromete personal e íntegramente para el cual podemos preparamos emocionalmente. Tal el caso del director de orquesta británico y su esposa. Considerando que Downes disfrutó de una larga y distinguida carrera y ante el avance de su ceguera y sordera, decidió no ser una carga para su familia y poner fin a su vida junto a su esposa (ella con un cáncer terminal) después de 54 años de convivencia. La muerte de los gemelos encontrados en un contenedor, me parece espeluznante. Leyendo estas dos noticias, me pregunté: ¿por qué hay muertes que son aceptables y otras inconcebibles? Los muertos en guerras me parecen catastróficos (no justifico morir por territorios o ideologías), como los muertos en accidentes, cataclismos, etcétera. Pero hay muertes, que pueden ser consideradas justificadas, y sobre todo una decisión tomada en libertad sobre uno mismo, sin condicionamientos externos y con pleno uso de sus facultades.





























