Dos chicos de 7 u 8 años observan una obra de Berni de los años 70, un Juanito Laguna compuesto en gran parte con latas aplastadas. De pronto salen corriendo a comunicar su descubrimiento: “¡Mami, la basura es de verdad!”. La joven mamá, que lleva en el cochecito a un tercer crío, les explica que Berni recurría a la basura para representar la miseria en que vivía Juanito. Los nenes vuelven a los saltos y se plantan, como dos suricatas, para seguir contemplando ese cuadro con “basura de verdad” que los tiene fascinados. Berni acaba de dar de nuevo en el blanco.
La diminuta historia, registrada esta semana en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de la ciudad de Buenos Aires, explica mejor que cien monografías la vigencia del maestro rosarino y esa atracción que atrae multitudes a cada retrospectiva que se hace de él.
Esta vez, Berni recibe el homenaje de otra gran retrospectiva, con motivo del Bicententario. Todo viene bien cuando se trata de armar una muestra del rosarino. La exhibición se hace hasta el 12 de septiembre en avenida del Libertador al 1400 de Buenos Aires, bajo el título “Berni, narrativas argentinas”.
La fortuna perdurable del pintor nacido en 1905 en la calle España suma, a la canonización de la crítica y los mercados internacionales, la del público no especializado, que lo sigue a todas partes como una hinchada fiel. Valgan como recordatorios el éxito interminable de “Berni para niños”, o las salas llenas, también en el MNBA, durante los hoy repudiados años 90 de Jorge Glusberg, cuando se hizo una gran muestra con un centenar de obras. Ahora, en el elegante museo de Libertador al 1400, optaron por un conjunto mucho más conciso, 31 cuadros, pero también apuestan a recibir, en plenas vacaciones de invierno porteñas, grandes cantidades de público. La entrada libre y gratuita actúa de aliciente, pero sin dudas es la obra de Berni, tal legible, narrativa, dramática y contundente, la que llama multitudes desde siempre.
La exhibición se hace en el edificio anexo del MNBA, un espacio muy bien proyectado. Allí las obras, muchas de grandes dimensiones, parecen flotar dentro de globos de luz cálida, en un estudiado ambiente de penumbra que semeja a una caverna o a una catedral. Sobre la izquierda, una sala más chica está dedicada a los retratos de los años 30. Obras de caballete, de una elegancia y calidad superlativas.
En el gran espacio central dominan tres grandes obras de los años 30 que pusieron a Berni en la élite de la plástica argentina: “Desocupados”, “Manifestación” y “Chacareros”. Obras pintadas en Rosario, pero que forman parte de colecciones porteñas. Otras muy posteriores, de las series de Juanito Laguna y Ramona Montiel, completan este espacio central. En la última sala se ubicó a la patética “Medianoche en el mundo”, de 1937, junto a la muy posterior “Pesadilla de los justos” (1961), obra que, por su ubicación, se hace notar ya al ingresar a la muestra. El curador ha optado por una disposición rigurosamente no cronológica, una elección que puede desconcertar o gustar, según el caso.
Mirando con atención dentro de los Juanitos, se detecta un rastro material del paso de Berni por Nueva York en los años 70: las latas y etiquetas de Budweiser sustituyen a las de Cera Suiza o Alba. Pero la potencia plástica lograda con este material “innoble” y la ternura del personaje son las mismas. Es esta conjunción de contundencia visual y dramática representación del desamparo la que da perdurabilidad a Juanitos y Ramonas, que compiten a la part con la grandiosidad muralista de los tres grandes cuadros de los años 30 con los que comparten el espacio principal de la exhibición.
El artista siempre reivindicó al “nuevo realismo” como mejor opción estética y comunicativa, y seguramente esto explica esta repercusión perdurable que logra a casi 30 años de su muerte. Como dice el curador Roberto Amigo, para Berni el realismo era el modo de zanjar el creciente divorcio que percibía entre el público y el arte. Un objetivo plenamente cumplido, se puede agregar.
La impresión final que deja el recorrido de la exposición es esa lograda obsesión de Berni por retratar a una humanidad sufriente, por representar el dolor y el desamparo. Una pietas humanista y en fin de cuentas cristiana, en las antípodas de ese otro realismo, el de la URSS, que el comunista Berni detestaba sin fisuras ni concesiones. En fin, Berni aún hoy “funciona” y atrae, como lo acreditaba la incesante corriente de público, políglota y multicolor, que esta semana recorría las salas del MNBA.
Datos y una yapa
La muestra estará abierta hasta el próximo 12 de septiembre en avenida del Libertador 1473. La entrada es libre y gratuita y la exhibición está abierta de martes a viernes de 12.30 a 19.30, y sábados y domingos de 9.30 a 19.30. Una yapa de lujo: cuando el visitante va en busca de la muestra en el anexo, atraviesa varias salas. Si se detiene un momento, podrá apreciar un Gauguin, más allá un Manet, una tira de tres Sorollas, un Van Gogh.