Hay cosas que se vuelven cíclicas en la vida de El Desubicado, como en la de cualquier mortal, a pesar de que él es un personaje de ficción regido por otras leyes aún más arbitrarias que las que rigen a los mortales e incluso a los inmortales, lo cual no quita, empero, que El Desubicado viva esas situaciones extremas que también afectan a los habitantes del mundo real, como el calor. ¿Otra vez, tanto calor? ¡La que lo tiró!
El Desubicado descubre un atajo para lograr refrescarse un poco en el ambiente refrigerado de un paseo de compras al que ingresó para mitigar los taladrantes efectos del sol y donde, a pesar del funcionamiento constante de los equipos acondicionadores de aire, no para de sudar frente a una vidriera que en este momento exhibe equipos acondicionadores de aire que se disponen a ser vendidos como simpáticos cachorritos apilados en cajas de cartón en busca de dueño un sábado al mediodía en San Martín y Córdoba. Saldrá ahora, El Desubicado, a enfrentar los rayos de Febo para juntar el calor suficiente que le permita volver a refrescarse en el ambiente, en rigor no tan refrigerado, del paseo de compras al que ingresó para mitigar los fra-fra-fra-fra efectos del sol y bla-bla.
Pero una trampa lo aguarda: ni bien pone un pie en el cementoso piso de las afueras del templo de consumo de marras, la goma de la suela de su zapatilla derecha queda incrustada en una esponjosa capa de brea ardiente. Eso no es todo: el impulso que llevaba en su afán por salir a recalentarse para luego regresar a refrigerarse hace que inmediatamente la suela de su zapatilla izquierda quede incrustada en la misma esponjosa bla,bla,bla, sólo que un par de centímetros más allá.
Y eso que salí con el pie derecho, se lamenta El Desubicado, mientras hace equilibrio para no sumar su trasero como tercer punto de apoyo -para ser más gráficos: no caerse de culo- sobre la brea ardiente.
Es muy loco, ¿no?, lo que pasa con el calor. Cómo trastoca las mentes y los espíritus. Y ni hablar de cuando es ayudado por el sol que trepana verticalmente las mollejas al punto de dejarlas como huevos fritos babeé, desplegando con todo su poder celestial la energía calórica que su cercanía con tal o cual hemisferio le permita aportar. En este caso, muchíííííísima energía calóóóóóóóóóóóricaaaaaa.
-¿Qué te pasa a vos? ¿Algún problema con mi desempeño? -. El Desubicado siente que el mismísimo sol le está hablando. Por un momento, haciendo equilibrio en su problemática posición, casi atina a responderle. Pero mejor no: los parroquianos del shopping pensarán que está loco.
Mejor comunicarse telepáticamente con el sol (por suerte El Desubicado lleva puestos sus lentes para sol).
-Loco -ruge El Desubicado con su pensamiento-, bajá un cambio, gordo. ¿Qué te pasa? ¿Sentís que no te damos pelota y querés recordarnos tu existencia? Andá a romper los huevos a Inglaterra, que allá te viven ignorando y ahora se están muriendo de frío.
El sol le contesta, también en silencio, lanzándole bolas rojas de magma ionizado a fuerza centrífuga de 675 milijercios de emboquillada. Pese a la inmovilidad de sus pies, con increíbles movimientos de torso El Desubicado esquiva un par de balazos hasta que uno le impacta justo en medio de la frente provocándole un cortocircuito neuronal del cual se corporiza, sin querer, un espejo. El espejito devuelve ahora los rayos al sol, que al beber de su propia y furiosa medicina, se quema y se apaga.
Entonces todo se pone oscuro.
Apagué el sol con la mente, lucubra El Desubicado al encontrarse en absoluta oscuridad. Ahora sí vendrá el caos, ahora sí que el alerta roja será más que un eslogan mediático.
Pero en vez de caos lo que viene es una soberana bofetada. "Flaco, te insolaste", le dice un paramédico que intenta despertarlo. Por suerte, en la ambulancia está fresquito.