Julio fue el simpático perrito de los Tribunales provinciales, con domicilio allí, y que alguna vez fuera adoptado por un gran juez en lo penal que impidió que fuera desalojado declarándolo oficialmente mascota de aquel imponente edificio y de todos sus ocupantes. Era el clásico perrito mediano callejero de pelaje marrón y negro, de orejitas caídas, con algunas canitas en su hocico. Guardián en su juventud y casi dueño de la plaza del Foro, a la que concurría diariamente para jugar y además marcando territorio, cuando no existían rejas al frente, para evitar que algún congénere intruso pretendiera ser parte de sus dominios (léase Palacio de los Tribunales de Rosario). Con el paso de los años permitió la entrada de algún otro can que ahora vemos deambulando por los pasillos. Vivió casi quince años y una fría mañana del 22 de junio de 2012, al mediodía, lo vi nuevamente acostado frente a la Intendencia y a sus amigos y guardianes permanentes (los policías de custodia del tribunal, mujeres y hombres) pero esta vez, lo vi mal, respiraba pero no se movía, rodeado de colegas del edificio. Sabía que no lo volvería a ver. Tenía un nudo en la garganta, que ante su recuerdo me vuelve. Recuerdo que hace casi diez años un día de invierno lluvioso lo vi entrar por calle Montevideo, cuando yo llegaba (siempre entraba y salía por Balcarce, su parada). Entró todo mojado, me le arrimé y le dije "qué hacés, estás hecho sopa". Me miró con esos ojos pardos hermosos y parándose en dos patas me las apoyó en mis piernas agradeciéndome mi preocupación y mis caricias en su cabeza y sus orejas. Se dio cuenta de mi amistad y mi despreocupación por mis pantalones mojados. Desde ese momento siempre que lo llamaba, aun en los últimos tiempos, invariablemente dio el paso al frente para acercárseme a que lo acariciara. Jamás mordió a persona alguna, nunca ladraba dentro del Tribunal, fue sumiso, fiel y amable. En otras palabras se hizo querer. Hoy descansa en el cantero central de su "casa", donde no podrá llevar cruz ni la estrella de David, pero donde lo alcanzarán los rayos del sol. Nunca lo olvidaremos.























