Economía

Estados Unidos, un mercado para alimentar

Es una economía que crece y con la cual todavía hay resto cambiario. El mercado norteamericano gana terreno como opción para exportadores.

Domingo 11 de Octubre de 2015

Con uno de los mayores ingresos per cápita del mundo y una moneda que sigue fortaleciéndose en medio de devaluaciones en varios países que son importantes clientes, Estados Unidos debería ser un mercado más que prioritario para la Argentina.

Por ahora, lo es para muchas empresas, que individualmente o en consorcios intentan incrementar sus ventas a ese destino. Pero no para la política exterior oficial, que ha encontrado distintas maneras de enemistarse con ese país, con capítulos destacados como el del canciller argentino dirigiendo la apertura con alicate de una valija secuestrada en un avión de la Fuerza Aérea estadounidense, los conflictos ante el Ciadi, la pelea con los buitres, el alineamiento con Venezuela cuando Hugo Chávez insultaba a Barack Obama por televisión a diario, la amenaza de echar al encargado de negocios de la embajada norteamericana o las diatribas antinorteamericanas de la presidenta.

Aún si Estados Unidos encarnara la maldad suprema de las organizaciones humanas, seguiría siendo un comprador poderoso que paga un altísimo precio por productos que la Argentina produce y le sobran para exportar. El poder adquisitivo de sus habitantes es uno de los mayores del planeta, con un ingreso promedio de u$s 54.800 anuales per cápita.

De acuerdo con un informe que circula en ámbitos oficiales, el año pasado la Argentina exportó a Estados Unidos bienes por u$s 2.828 millones, de los que la mitad fueron productos agroindustriales. Pero mientras que en el total del comercio bilateral, lo que le compramos al país del Norte fue tres veces superior a lo que le vendimos, en lo agropecuario fue una quinta parte. Puesto en cifras, la balanza comercial total entre ambos países es negativa en u$s 4.695 millones, pero, si se considera solo lo que hace a la agroindustria, es positiva en u$s 1.195 millones. Y creció 140% en los últimos diez años, pese a los conflictos diplomáticos.

De acuerdo con el informe mencionado, Estados Unidos duplicó sus importaciones de alimentos en la última década, en una tendencia que sigue creciendo. Con compras por u$s 147.700 millones el año pasado, es el 2° importador de comida del mundo, detrás de China. Casi la mitad de esas compras fueron productos listos para consumir, es decir, con mayor valor agregado, como vinos, cervezas, frutas y hortalizas, golosinas, carnes frescas, productos lácteos, jugos de frutas, nueces. En tanto, un 17% fueron productos intermedios (aceites vegetales y esenciales, animales), un 13% productos de pesca, un 11% productos a granel y otro tanto forestales. Es sabido que las personas con las necesidades básicas satisfechas y con una cultura dispuesta a probar cosas nuevas consumen más y más variados alimentos, entre otras cosas.

Para la Argentina, Estados Unidos es el cuarto comprador de alimentos, detrás de Europa, Brasil y China. Pero para las economías regionales en particular, pasó a ser el primer destino, tras desplazar a Brasil, según un reciente informe de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (Copal). Claramente, en esto ha incidido una caída de las ventas a Brasil por la devaluación del real, que vuelve menos interesantes los precios que puede pagar el país vecino, y los conflictos comerciales/sanitarios, como la veda a las peras y manzanas argentinas, que tanto afectó a los productores de frutas de pepita del Valle de Río Negro.

Pero Estados Unidos es también el primer destino de los alimentos argentinos considerándolo por el valor de la tonelada exportada (alrededor de u$s 1.800), y esto es porque en gran medida se le envían productos que van directo a la góndola. De los u$s 1.480 millones de exportaciones agropecuarias que la Argentina le vendió en 2014, el 56% fueron productos para el consumidor final, como vinos, frutas, hortalizas frescas y procesadas, golosinas, quesos. También le despachó productos no tradicionales, como té, jugos de frutas, miel, arándanos y yerba.

“Para Estados Unidos, la Argentina es uno de sus principales proveedores de alimentos, ocupando el puesto N°18”, indicó una fuente diplomática. El país, que importa el 40% de las frutas que consume, el 21% de las hortalizas y el 75% de los mariscos, incrementaría cerca de un 50% sus compras de alimentos en el exterior en diez años, particularmente en rubros que la Argentina exporta: frutas y hortalizas frescas y procesadas, vinos y cervezas, animales y carnes, lácteos y azúcar y derivados.

Desde un punto de vista cualitativo, el envejecimiento de la población y la amplitud de la obesidad potencian la demanda de alimentos más sanos. Y la mitad de lo que los norteamericanos gastan en comida lo hacen fuera de su hogar, lo que “supone la oportunidad de posicionar productos de calidad, como por ejemplo, nuestras carnes y vinos”, indicó la fuente.

las dos caras.. Marcelo Elizondo, ex presidente de la Fundación Exportar y actual de la consultora DNI, hace hincapié en una cuestión que complica un poco las cosas: “A diferencia de otros mercados a los que les vendemos, con Estados Unidos también somos competidores en alimentos, con lo que el tipo de comercio que se entabla es distinto, claramente menos confortable”.

Ligado a esto está que, aunque Estados Unidos “tiene una economía abierta con un reducido arancel promedio de importación, la protección del Estado se concentra principalmente en el sector agropecuario, donde una serie de restricciones limitan la exportación de los productos de Argentina”, entre ellas, cuotas arancelarias, medidas de defensa comercial, nuevos requisitos de importación, medidas sanitarias y fitosanitarias y demás. Así, el gobierno estadounidense ha demorado el acceso de varios productos de interés de la Argentina, al solicitar condiciones más exigentes que las requeridas internacionalmente, sin justificación científica.

El caso paradigmático en este sentido parece el de la carne fresca, rubro que hizo famosa a la Argentina en el mundo y podría volver a ser importante, aunque desde hace unos años las exportaciones estén muy reducidas. Estados Unidos, que cerró su mercado a la carne fresca con los brotes de aftosa de 2000/1, viene demorando la reapertura pese al status de libre de aftosa con vacunación (y sin vacunación en el caso de la Patagonia) que le dio al país la Organización Mundial de Epizootias, la autoridad global en el tema, y pese a que la UE ya en 2002 volvió a comprarnos, seguida de la mayoría de los mercados que se habían cerrado.

Vaqueros poderosos. En este caso, el lobby ganadero estadounidense, que tiene mucho dinero, logró sumar fuerzas con los tenedores de bonos en default y así demorar la reapertura, al menos, desde 2008. A fin del año pasado, luego de incontables dilaciones y demoras, de haber oído todas las voces en varios meses de audiencia pública, y a sabiendas de que se le venía un fallo en contra por parte de la Organización Mundial de Comercio por este tema, el organismo sanitario del Departamento de Agricultura de EEUU (Aphis/Usda) concluyó que el Senasa estaba en condiciones de controlar el riesgo de aftosa y que, por tanto, Estados Unidos podía volver a comprar carne argentina fresca y congelada. Tras cartón, la OMC efectivamente falló a favor de la Argentina.

Sin embargo, todavía no hay novedades concretas: Estados Unidos no vino a hacer las auditorías planta por planta (que es el paso que seguiría en lo formal), mientras los lobbistas iniciaron nuevas rondas de presión en el Congreso esperando dilatar más las cosas. La decisión política de reabrir debería venir de Obama, pero los que conocen de estos asuntos aseguran que no llegará mientras gobierne Cristina Kirchner.

Esto además demoraría además la reapertura de Canadá, que se anunció estaría operativa en unos dos meses. Pero, dicen los frigoríficos, si Estados Unidos no hace lo mismo se dificultará seguir la vía con la que se despachaba a ese país, es decir, en barco hasta Filadelfia y Baltimore y de allí en tren hasta Montreal o Toronto.

“Supongo que los lobbys pueden demorar la reapertura, pero no evitarla. Primero empezarán con las habilitaciones de las plantas, quizá sea en 2016”, dijo Elizondo. Pero mientras, para el experto, “hay algunos productos en los que el comercio bilateral es bastante fructífero y podría ser más: alimentos elaborados, como galletitas, pastas o vinos, entre otros productos”.

Fundamental para productos de valor agregado y regionales. Pese a que en noviembre de 2012 Estados Unidos excluyó a la Argentina de su Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) arancelarias, afectando u$s 262,7 millones de exportaciones de productos agropecuarios que utilizaban el programa, Estados Unidos se convirtió en el principal destino para las economías regionales, con un 17% de participación. Brasil quedó desplazado al segundo lugar en importancia, con una caída de ventas de 38,5% en valor y 17,8% en volumen desde 2011.

Pese a que es tan importante como destino de la producción agropecuaria con valor agregado, la participación de las exportaciones argentinas en el total de las importaciones estadounidenses alcanza solo el 1,4%. “Con la excepción de algunos productos que nos colocan entre los principales proveedores de ese mercado, como los jugos de frutas, arándanos, peras y vinos, entre otros, la participación en general todavía es baja”, señaló un funcionario.

Y “muchos de los productos que se envían son escasamente identificados por los consumidores según su origen, salvo vinos, peras, manzanas y arándanos, que llegan directamente a la góndola, o los productos conocidos como de la “nostalgia” que se venden en los supermercados latinos (yerba, galletitas, dulces de leche, dulce de membrillo, entre otros)”, mientras que los demás son procesados y fraccionados en Estados Unidos, con la consiguiente pérdida de identidad.

Así, todavía hay bastante terreno que ganar en el agregado de valor, tanto avanzando en el fraccionamiento como identificando las marcas con el origen argentino, como en el caso de quesos, miel, jugos de frutas, carnes bovinas cocidas y té, que en su mayoría se exportan a granel. Avanzar en certificaciones con estándares sociales, como comercio justo, eco-etiquetado, natural, sin hormonas y/o antibióticos) o en mercados de nichos (orgánicos, kosher, hispano), cuya demanda se proyecta en aumento, aparece como una gran vertiente a explorar. Pero antes, quizá sea necesario que el próximo gobierno baje los decibeles antiimperialistas.

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