Economía

"En 2002 estaban desatadas las peores fuerzas de la Argentina"

El ex ministro asegura que cuando asumió en abril de ese año se disputaban el poder “la derecha retrógrada y el populismo facilista”.

Domingo 04 de Diciembre de 2011

El 27 de abril de 2002, Roberto Lavagna aceptó abandonar una holgada vida europea como embajador argentino ante la UE (Bruselas) y la OMC (Ginebra), para hacerse cargo del Ministerio de Economía de un país quebrado que parecía irse a pique hacia la disolución social. La decisión le ampliaba inmensamente las posibilidades de incidir en la realidad y de ocupar un lugar en la historia, así como el riesgo de arruinar todo. Si algo de eso lo inquietaba, no se le notó. Su semblante era calmo, el mismo que muestra ahora, casi diez años después.
  —¿Estaba así tranquilo como se veía?
  —No, sin duda no estaba tranquilo como puedo estar hoy. Sí había una decisión muy firme. El presidente me había llamado a Ginebra para que viniera a Buenos Aires, no me dijo para qué. A la mañana siguiente viajé a Bruselas, y tuve todo un día para hablar a Buenos Aires, con amigos y demás, y el mensaje unánime era “Si llega a ser para?, que ni se te ocurra aceptar”. Y en el viaje desde Bruselas hasta acá había tomado la decisión de que, si esa circunstancia se presentaba, iba a aceptar. Supongo que ahí procesé parte de los nervios. Después, se trataba de hacer lo que uno quería y punto.
  —¿Y se podía hacer lo que uno quería? Porque había indicios de un colapso social inminente.
  —Sí. Dos cosas pueden dar una idea de lo extremo de la situación: por un lado, un economista muy importante que ya falleció (Rudiger Dornbusch) había propuesto intervenir desde el exterior el manejo de la economía argentina, como se había hecho con Austria tras la Primera Guerra Mundial; por otro lado, el cardenal primado (Jorge Bergoglio) dijo casi textualmente que estábamos al borde de la guerra civil. A una crisis de esa naturaleza se llega porque mucha gente durante mucho tiempo dijo lo que creía políticamente correcto. Y solo se podía salir diciendo lo políticamente incorrecto: cambiando el enfoque de manera total. Creo que fue parte de lo que ayudó al éxito.
  —¿Qué fue lo políticamente incorrecto? ¿Decir que las provincias no tenían la culpa del déficit fiscal del país, como dijo usted al segundo día de asumir?
  —Bueno, eso era políticamente incorrecto porque hacía diez años que se decía lo contrario. También decirles a los bancos: “Olvídense de un bono de compensación, no se los vamos a dar”. También decirle al director gerente del FMI que Argentina retiraba el pedido que le habían hecho los últimos tres o cuatro ministros de Economía, un crédito de unos 25.000 millones de dólares para evitar el default. Nosotros, al revés, asumimos que el default que había decretado el gobierno de (Adolfo) Rodríguez Saá, si bien pudo haber sido más prolijo, era inevitable, y que no era nuestra intención pedir más créditos, sino hacer una renegociación muy dura, como la que se hizo.
  —¿Pudo haber sido más prolijo el default?
  —Sí, porque después, cuando tuvimos que negociar con los privados y con el G-7, uno de los reclamos era que Argentina había actuado de mala fe, que para ellos era un presidente y un Congreso festejando el default. Y la verdad que un default no se festeja, es una manifestación de que algún error muy grave se cometió, a lo mejor no los mismos que lo estaban declamando, pero en términos de país hay una continuidad. Costaba mucho explicar que el modo no había sido correcto pero que el default era inevitable, porque el monto de la deuda era tal que no había posibilidad alguna de que se pagara.
  —¿También se podría haber hecho de otra manera la devaluación?
  —Sí. Yo creo que toda la primera etapa, desde el corralito hasta prácticamente abril de 2002, estuvo llena de desprolijidades e incoherencias, aunque no quiero criticar a quienes estuvieron en ese momento tan confuso.
  —¿Pero había que devaluar, más allá del modo?
  —Sí, por supuesto, era otra cosa inevitable. Lo que pasa es que la diferencia entre hacer las cosas bien y mal es que la devaluación sirva o termine generando una hiperinflación, como cuando yo asumí: en abril de 2002, el índice mensual de inflación de precios minoristas fue de 10,4%, y el mayorista, de 19,9%. Ese tipo de devaluación desordenada y fuera de contexto no sirve, lo único que hace es desencadenar una espiral dólar-precio-salarios. La devaluación logra corregir algunos problemas cuando no genera inflación. Por eso nuestra tarea primera fue lograr que esa devaluación, que venía muy mal, sirviera, generara cierta estabilidad de precios que llevara el dólar real a un valor distinto. El dólar real que nosotros dejamos era 1 a 1,8, y ahora está en 1 a 1,05. Va camino a la convertibilidad. Recuperar eso cuesta muchísimo.
  —Cuando llegó de Bruselas antes de asumir, usted dijo: “Hay que caminar por una línea muy delgada en la que, sin cerrarse al mundo, se preste atención a la producción, a la gente y a la situación del interior del país”. Parece premonitorio de lo que empezó a pasar tras su salida del gabinete. ¿Ya había una presión fuerte en esa dirección?
  —¡Pero por supuesto! Una de las primeras cosas que hice fue pedir la renuncia del secretario de Comercio (Pablo Challú), que planteaba controles de precios; también se fue (José Ignacio) De Mendiguren del Ministerio de la Producción, que asumí simultáneamente con Economía. Ese sector tenía un enorme peso en el entorno de Duhalde. Y, por el otro lado, estaba toda la derecha argentina que había estado con (José Alfredo) Martínez de Hoz, con (Domingo) Cavallo, pronosticando la hiperinflación, pidiendo la dolarización, la banca off shore, ese tipo de cosas. De manera que estaban desatadas, para mí, las peores fuerzas que suelen estar en la vida argentina: una derecha muy retrógrada y un populismo facilista y voluntarista y, si se me permite la palabra, chanta.
  —¿Que después fue ganando terreno?
  —Porque están ahí, esas dos fuerzas están ahí. Parte del fracaso de la Argentina de los últimos 40 años es el permanente péndulo entre un conservadorismo retrógrado, financiero, muchas veces ligado a gobiernos dictatoriales, y el bombo, los buenos deseos y el Estado haciéndose cargo de toda la economía.
  —¿Qué ranking de prioridades armó al asumir?
  —Bueno, había que darle tranquilidad a la población sobre un tema vital, los créditos indexados por inflación, porque el ritmo de inflación que había implicaba que la gente no pudiera pagar y corriera riesgo de perder su casa, su auto, etc. Una de las primeras medidas fue cambiar el indexador del índice de precios al índice de salarios, que venía muy detrás. Nadie podía tener comprometido, por créditos que se le habían concedido, más del 30% de su ingreso. Eso significó un respiro muy grande: había que evitar que se repitieran episodios muy traumáticos, como la 1050, con Martínez de Hoz. Lo otro fue que abrieran los bancos. Solo en 2002, los bancos habían estado cerrados 24 días sobre 85 hábiles, y cuando asumí hacía como una semana que estaban cerrados. Al segundo día de asumir, que era sábado, tuve una reunión con los banqueros y les anuncié que abrían el lunes, y ellos dijeron que no.
  —¿Por temor a ataques?
  —Por temor, y yo les dije que tenían toda la razón, que eso podía ocurrir, pero una economía colapsa porque la gente asalta los bancos o sencillamente porque los bancos están cerrados. Así que les dije: “Abren o abren”, y si no abrían, los nacionalizaba. Pidieron un cuarto intermedio, y luego dijeron que si abrían necesitaban redescuentos ilimitados. Les dije que no. Segunda ronda de deliberación, y finalmente abrieron el lunes.
  —¿Tenía el apoyo de Duhalde para nacionalizarlos?
  —Para ubicarse en la situación de Duhalde en ese momento: un día antes de que yo llegara, él había recibido un ultimátum del conjunto de los gobernadores, a través de De la Sota y Romero. Le daban 30 días para que lograra calmar la situación. De manera que, tomada la decisión de nombrar un ministro, Duhalde aceptó y esperó resultados.

  —¿Por qué Duhalde lo eligió a usted, lo conocía? Hasta entonces se manejaban nombres muy disímiles.
  —No, nos conocíamos de nombre nada más. La historia en estos momentos complejos tiene mucho que ver con el largo de la nariz de Cleopatra: está llena de casualidades. La convocatoria que me hace Duhalde se la hace simultáneamente al economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, Guillermo Calvo, que era una especie de (Mario) Monti o de (Lucas) Papademus: gente confiable para el establishment de los organismos internacionales. Muy serio y respetable, pero era otra cosa. Pero su avión llegó una hora después que el mío.
  —¿Pero alguien lo había recomendado a usted?
  —Estoy casi seguro de que fue Ruckauf. Muchos meses antes, cuando él era gobernador de Buenos Aires y De la Rúa era presidente, me había llamado a través de un amigo por las cuasi-monedas, y mi mensaje fue que no dudara, si el gobierno se había vuelto loco y estaba rompiendo las cadenas de pagos y generando una recesión brutal, que siguiera emitiendo. Creo que él se acordó de eso y le dijo a Duhalde.
  —Aquí hubo unos días en que no se sabía quién iba a ser el ministro.
  —Bueno, hubo un decreto hecho por el cual (Alieto) Guadagni iba a ser el ministro de Economía. Nunca entendí muy bien esa historia, me dicen que estuvo no a horas, a minutos de jurar. Algunos dicen que intervinieron los gobernadores, otros, la embajada.
  —¿Usted puso condiciones para asumir?
  —No, era absolutamente inútil. Usted no pone condiciones en esa situación. Si se está incendiando el edificio, usted no puede decir “quiero tal tamaño de manguera”. No: usted ahí se mete y hace lo que tiene que hacer, o se va. Sí mi equipo sabía al asumir que podían no estar más ahí en 48 horas. La consigna fue “si la recomendación es esta y se rechaza, hay que irse”. Pero la verdad no hizo falta ejercerla, Duhalde aceptó todo. El día 13, alguien de mi equipo pidió café para brindar porque habíamos superado al ministro más fugaz que tuvo la Argentina, (Ricardo) López Murphy.
  —¿Hubo algo en especial que usted valorara en Duhalde?
  —Bueno, esto. El no me conocía y creo que se guió por resultados, y los resultados se notaron rápidamente, a nivel de la reacción de la gente. Cuando los bancos decían que si abrían el lunes los quemaban, y abrieron el lunes y no los quemaron, eso ya fue un resultado. Y dio pie para hacer a las 24 horas dos decretos cambiando el indexador, y eso fue otro elemento que tranquilizó.
  —O sea, lo primero fue poner calma.
  —Se calmó la histeria, y eso da margen para trabajar un poquito más tranquilo. Por ejemplo, los bancos, en esa reunión del sábado, pretendían que yo viajara inmediatamente a Washington para resolver el préstamo de los 25.000 millones de dólares. Yo tardé creo que tres semanas en ir, y cuando fui formalicé que retiraba esos créditos.
  —¿Y eso como cayó en el FMI?
  —Casi como una bomba, porque tuve un día y medio reuniones con (Anne) Krueger, que era la responsable del caso argentino, con todo su equipo, y no le dije nada porque quería escuchar en directo cuáles eran las condiciones. Era como que estábamos tan asustados que ni siquiera hablábamos del crédito. Cuando llega la entrevista final con el director gerente del Fondo (Horst Köhler), yo le informo que la Argentina retiraba el pedido de crédito, porque salía sola o no salía; ya habíamos tenido con Machinea el blindaje, y con Cavallo el megacanje, y eso no servía. Lo tuve que decir tres veces. El la miraba a Krueger como preguntando qué le estaba diciendo, y Krueger le hizo gesto de que no sabía tampoco. A lo mejor si lo que pedían era más razonable...
  —Ah, no tenía decidido de antemano rechazar el crédito.
  —No, no tenía una decisión filosófica: yo creía que eso no andaba, pero la verdad que nunca había tenido una reunión uno a uno, equipo versus equipo, donde me dijeran lo que querían. Cuando apareció que había que privatizar el Banco Nación, tener 4 puntos de superávit fiscal, bajar de vuelta los sueldos, dije “ya está”. Pero no se lo dije a ella antes de la entrevista con la máxima autoridad, como es normal.
  —Tuvo algo divertido también.
  —Sí (se ríe), lo digo ahora... En ese momento, había que hacerlo.
  —¿Cómo es tomar decisiones de peso sobre un país y en momentos críticos?
  —Creo que eso en definitiva, bien entendido, le da valor a uno. Si el blindaje y el megacanje habían sido un desastre, ¿qué sentido tenía repetir la receta?
  —¿Cómo fue el pasaje al gobierno de Kirchner? Usted dice que él logró en 2003 llegar al balotaje con Menem tras confirmar su equipo económico.
  — Sabía que esa había sido la carta ganadora. Había dentro del peronismo mucha gente presionando para que yo fuese el candidato a presidente, incluso la CGT formalmente. Ahí hubo 50 y 50 de responsabilidad: yo no lo tenía en la cabeza, estaba compenetrado en no hacer nada que pudiera perjudicar el inicio de la recuperación económica, y Duhalde dijo que el candidato siempre tenía que ser un gobernador.
  —Cuando usted asumió hacía énfasis en reactivar el consumo, que, tal vez de otro modo, es algo que conservó el kirchnerismo.
  —Es exactamente así, los dos programas económicos —a ellos les gusta hablar de modelo— tienen al consumo como variable fundamental; ahora, según el contexto, es sustentable o no. En la primera etapa, se combinaba con un muy fuerte aumento de la inversión, creación de empleo, mejora de la productividad y tipo de cambio competitivo. En esta segunda etapa, se combina con inversión insuficiente, salida de capitales, inflación y tipo de cambio no competitivo.
  —¿Su hincapié en el consumo era como para despegar?
  —Era lo mejor que se podía hacer más rápido. No quiero hacer juicios de expectativas. Yo fui a la jura de mi sucesor y no me fui peleado, y un grupito a la salida cantaba “ahora va a empezar la distribución”. A lo mejor creían que se podía hacer más, que era más fácil, qué sé yo.
  —¿Cuál fue el punto de ruptura con Kirchner en 2005?
  —Yo le puedo contar la reunión, que fue extremadamente normal, amable. Dijo: “Mirá, vos habías puesto los puntos necesarios para la elección, hasta ahora gobernábamos juntos, pero ahora gané yo (en las elecciones legislativas), y vos no te quisiste jugar contra Duhalde”.
  —¿Qué pasaba con Duhalde?
  —Con criterio estrictamente político, Kirchner entendió que si no dominaba provincia de Buenos Aires no tenía todo el poder, y Duhalde todavía tenía allí un poder muy grande. Y se vino una lucha, a mi juicio, inútil en términos de país. El creyó que tenía que dar esa batalla. Cuando me dijo lo que iba a hacer, le dije “conmigo no cuentes, contá para que siga manejando la economía y las cosas sigan lo más normales posible”.
  —¿Pero qué pretendía de usted Kirchner?
  —El pretendía..., no sé qué pretendía exactamente, pero me dijo “vos no te jugaste en la pelea que teníamos con Cristina, que para nosotros era vital”. Y, objetivamente, tenía razón. A partir de eso dijo “quiero cambiar la política y necesito cambiar los equipos”. Tenía su derecho, entre el presidente y el ministro, el fusible es el funcionario no electo; si uno no lo toma dramáticamente, listo, se va y a otra cosa. Después guardé silencio, hasta que en mayo de 2006 empecé a señalar algunas cosas que me preocupaban y desnaturalizaban la marcha de lo que había sido el programa económico y social.
  —¿Qué cosas?
  —En 2006 se reimplantan los superpoderes presupuestarios, que habíamos eliminado en 2005, con mi firma y la de Kirchner también, porque había terminado la emergencia; se modifica el Consejo de la Magistratura, dando prácticamente poder de veto al Ejecutivo; se aprueba una ley por la cual un Decreto de Necesidad y Urgencia requiere solo una Cámara, cuando una ley requiere dos; se impulsan intervenciones en materia de precios. Como muchas de esas cosas se fueron acentuando, opté por la candidatura (a presidente, en 2007).
  —Ahora que está tan presente el tema de las tarifas, ¿cómo fue cuando usted era ministro? Scioli mencionó en 2003 que se estudiaba aumentarlas y fue llamado al silencio por años.
  —Yo subí tres veces las tarifas con Duhalde, y tres veces la Justicia en primera instancia lo anuló, porque los jueces hacían demagogia, y cómo. Todas esas decisiones estaban apeladas, pero cuando vino Kirchner no quiso seguir con la apelación. Y después ya salió de mi área, pero yo me manifesté varias veces en público y sí, fue un tema de discusión con él. A él le molestaba que yo ejerciera la independencia de opinar en contra, hubo algún roce por estos temas. Pero el error siguió. Cuando yo me fui, los subsidios eran de 3.500 millones de pesos anuales; hoy son de 76.000 millones de pesos: se multiplicaron por 21. El superávit fiscal era récord histórico, 4,5 puntos, y hoy hay déficit. Recién ahora están tomando un camino razonable.
  —¿Qué se mantiene de su gestión, aparte del énfasis en el consumo?
  —La idea del desendeudamiento aún persiste, aunque alguien ya habla del regreso a los mercados voluntarios de crédito, que es un negocio de los banqueros, que venden plata como los verduleros venden tomate. También la distancia con el Fondo, aunque sobreactuada y excesiva. Por ejemplo, mientras estaba Kirchner, no solo siempre aceptamos la revisión del artículo 4 (de la Carta Orgánica del FMI), una de las condiciones cuando uno ingresa, sino que autorizábamos su publicación inmediatamente, mientras los otros dos grandes deudores en ese momento, Brasil y Turquía, no la autorizaban hasta un año después. A la vez, como la revisión siempre era muy crítica, presentábamos un contra-informe.
  —¿Cuál fue el momento más difícil de su gestión?
  —Los trece primeros meses, los que cuento en el libro: levantar el corralito, el corralón, reabsorber las 14 monedas, cambiar el eje de la relación con el Fondo, haber estado en default con el Banco Mundial más de 30 días, decir por primera vez que la quita iba a ser del orden del 75%, refinanciar la deuda de las provincias con la Nación. Ese fue el período donde hubo más cosas. De todas maneras, lo que siguió fue muy duro, porque era lo que quedaba, la renegociación de la deuda privada.
  —¿Hay riesgos ahora de tener una situación como la de 2001?
  —No, no. La crisis del 2001 es solo comparable a la de 1890. •

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