Domingo 18 de Febrero de 2018

A Rafael Ielpi


No fue la cuarta de Mahler inyectada en los huesos de una audiencia devota, extática, petrificada... Esto fue distinto: fue un ondular furtivo en el que la música aflige las articulaciones —sobre todo cuando ya están gastadas—, y en que la profusión del perfume da cuenta del deseo inclaudicable de seducir y de enamorar...

Llegamos al bar temprano, con mi amiga, y sin haber caído en la cuenta de que era un día viernes. Pero pronto comenzaron a ocurrir cosas extrañas, que no entraban en nuestros cálculos: alguien dispuso un altoparlante en la escalinata, los brasileros de la mesa de al lado se alborotaron y se pusieron todavía más ruidosos que antes, y el público que empezó a llegar tenía algo de recién bañado y de vestido como para el bautismo de un nieto, que no podía pasar inadvertido. Su camaradería también denotaba que compartían algún credo común, y no sé por qué la asocié con la camaradería que exhiben los evangelistas cuando, biblia en mano, se reúnen frente a la puerta de una iglesia que está en la otra cuadra de mi casa.

(También se excitó el perro peludo y mugroso que había simpatizado con mi amiga, por lo que nunca se lo había podido sacar de encima).

Pero si bien el altoparlante profería ya, gangosamente, algún tema de Flores y Pracánico, la milonga se fue armando sin apuro, con paso tardo y, hasta diría, con una suerte de estudiado desgano...

Aprovechando esa previa, que preludiaba el lucimiento en la pista, una señora alta y canosa se sacó los zapatos con los que había venido, y se calzó otros lujosos, rutilantes de strass, que hubiesen hecho las delicias de una marquesa de Goya.

El veterano altoparlante, como recién salido de una compraventa, recita ahora a Luis Rubistein: "Mi barrio está de fiesta con su mejor sonrisa/ y una ternura extraña me invade el corazón./ Parece que las horas corriesen más deprisa/ y que del mismo barro brotase una canción".

Ya se caldeó el ambiente, y mientras una hermosa pareja de viejos se acuna suavemente con cadencia artrósica, una muchacha joven revolea unas piernas cónicas y blanquísimas, dibujando cierta coreografía absurda que solo ella conoce, pero que no deja dudas sobre la salud de su osamenta.

Como en el tango de Rubistein, también a mí "una ternura extraña me invade el corazón", y no sabría explicar muy bien el motivo...

Aunque tal vez sea porque cuando mi amiga y yo dejamos la plaza —Pinasco, Montenegro o como se llame—, la ciudad es un páramo y, contemplados a la distancia, los bailarines parecen girar sobre una iluminada plataforma que flota, a la deriva, en medio de la nada. O para mejor decir, en medio de un universo hostil y desconocido, al que solo se le puede hacer frente de a dos, y fundidos en el abrazo de un tango.

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