Cultura y Libros

Síndrome Praga

Una reciente novela nacional despliega su atractiva y fantástica trama por una de las ciudades más misteriosas del mundo. Su autor también es poeta y periodista. Un fragmento.

Domingo 14 de Julio de 2019

Me levanté temprano. Por suerte encontré el cargador del celular que pensé que había perdido durante el viaje. Estaba en un bolsillo de la mochila y me prometí no volver a quedarme sin batería para no pasar otra vez por lo de ayer.

De hecho, lo primero que hice cuando el celular volvió en sí fue buscar en Google Maps cómo tendría que haber hecho ayer para ir desde la estación de trenes hasta el hotel: apenas dos estaciones del subte C, un trayecto de sólo seis minutos.

La noche en el hotel incluía un módico desayuno y en la recepción me dijeron que a las seis de la tarde me esperaba una tal Kateřina en el centro de la ciudad.

Ella es la encargada del tour de la cerveza y, al parecer, me va a informar sobre mi trabajo.

En el hotel me cambiaron los euros que traje y me vendieron una tarjeta para usar cualquier transporte público durante treinta días y no depender más de la buena voluntad de nadie.

Salí a la calle y me subí al primer tranvía. Pero la ansiedad y la belleza de las calles me obligaron a bajar.

Empecé a caminar derecho y sin pausa por una avenida y, cada tanto, me iba deteniendo en algunas fachadas de edificios que me llamaban la atención. Por ejemplo, uno ubicado en una esquina que decía "Prolog", que creo que era un bar, aunque estaba completamente cerrado. Algunas cuadras después entré en una plaza grande que, por momentos, me hizo acordar a la plaza San Martín.

Me detuve en el monumento a las víctimas del comunismo: una serie de esculturas rotas dispersas en una escalera. Saqué algunas fotos, tal como me recomendó Iván antes de viajar.

Vi un cartel que, a manera de mapa, mostraba la impresionante extensión del parque. Avancé y entré por una puerta bastante oscura que llevaba a un estrecho pasillo con dos grandes molinetes. Dudé unos instantes hasta que distinguí una figura humana dentro de una cabina con vidrio polarizado. Crucé el umbral y de la nada apareció un funicular. Me subí.

Un conductor gordo y sonriente dijo unas palabras incomprensibles y cerró el vehículo que, luego de llenarse de gente y tras una serie de ruidos, empezó a funcionar. Justo delante de mí, había una familia formada por padre, madre, hijo y una hija que tenía una especie de hipo o eructo y, cada vez que sonaba, como la panza de un sapo, todos, pero especialmente el padre, largaban una carcajada casi tan fuerte como el propio hipo de su hija. Mientras tanto, el paisaje que se veía por la ventanilla del funicular me hizo sentir bien: una vista aérea de lo que, me parece, es el centro de la ciudad enmarcado por una densa vegetación.

Supongo, como dijo Iván, que este diario me va a ayudar a armar un discurso de guía de turismo. Después de una parada intermedia, el funicular me dejó en lo más alto del trayecto.

Cuando empecé a caminar sentí un olor rico, similar al de la carne a las brasas que tienta a los peatones en las obras en construcción porteñas.

Me acerqué a ver de dónde venía y descubrí un negocio donde cocinaban, en algo similar a nuestra parrilla, un aro de pan trenzado con un nombre difícil.

Al lado de ese negocio estaba lo que la mayoría iba a ver: una especie de Torre Eiffel en miniatura.

La puerta de ingreso de esa torre cuyo nombre tampoco recuerdo ahora (tengo que empezar a resolver el tema de la memoria si quiero ser guía de turismo) estaba cerrada y, sin embargo, ya había una fila importante de gente esperando para entrar.

Aproveché para sacar fotos y, mientras lo hacía, abrieron la puerta.

El precio de la entrada era caro, teniendo en cuenta que sólo se trataba de subir a la torre, pero decidí pagarlo. Cuando llegué al último piso, no podía dejar de admirar la vista.

Me pareció un buen primer contacto con la ciudad mirarla desde arriba, hasta que me di cuenta de que empezaba a hacerse tarde para mi reunión.

No tenía idea de cómo hacer para llegar al centro pero decidí no volver por el mismo lugar. Probé yendo hacia la derecha y, en la puerta de una especie de castillo de juguete, vi un cartel que anunciaba un laberinto de espejos. Seguí caminando y, cada tanto, iban surgiendo distintas vistas aéreas de la ciudad.

Unos metros más adelante vi una especie de paredón abandonado, algo así como las ruinas de una antigua fortificación romana o, incluso, de un observatorio.

Del otro lado del paredón, vi que se acercaban dos señoras y, antes de consultar Google Maps, me animé a mostrarles la dirección de la reunión y a pedirles, en inglés, que me indicaran cómo llegar: una de las dos se alejó como si yo fuera una bomba pero antes de hacerlo me señaló a su amiga que, al parecer, entendía algo de inglés.

Mientras le hablaba vi que tenía una extraña cicatriz en la frente. Me escuchó con atención y hasta creo que podía entenderme. Pero no hablaba nada de inglés y sólo capté una seña según la cual debía bajar.

Le hice caso pero al primero que me crucé en el camino le volví a pedir que me orientara: esta vez tuve más suerte. No sólo porque el hombre sabía español sino también porque se ofreció a acompañarme.

Efectivamente había que bajar por un camino bastante empinado unos diez minutos durante los cuales le pregunté de dónde era y me respondió que de Sintra, Portugal.

Quise saber cómo había llegado a vivir acá y, en lugar de contestarme, me dijo que ya en unos días se volvía a su país.

Le pregunté por qué y me respondió, con un poco de pánico, que era para alejarse de una mujer.

—Es duro porque no le quedan muchas horas de vida —agregó, y tardé unos segundos en confirmar si había escuchado bien.

Hicimos contacto visual.

Tenía los ojos llorosos y supe que si me había contado algo así era, justamente, porque no me volvería a ver.

—¿Qué tiene? —le pregunté mientras me daba cuenta de que lo raro era que él decidiera irse estando su mujer enferma.

Me dio la mano y me dijo que ya habíamos llegado al puente, que estaba muy cerca del lugar adonde tenía que ir.

Le agradecí y me quedé con ganas de pedirle un mail o teléfono para, eventualmente, consultarle por algún trabajo porque ya empezaba a descreer bastante de la convocatoria de Iván.

—A Praga sabemos cuándo venimos pero no sabemos cuándo nos vamos —me dijo antes de irse.

Llegué sin problemas a la Plaza. Había montones de vendedores y guías de turismo con paraguas en la mano. Algunos venían a ofrecerme paseos y recorridos por el castillo, la ciudad vieja, el barrio judío; vos ponés el precio, lo que consideres que vale el trabajo del guía.

Cuando terminaban de escupir sus ofertas, les preguntaba con timidez por una tal Katerina. Nadie sabía quién era. Me cansé y empecé a preguntar por Iván.

Ahí todo cambió: algunos se me quedaban mirando en silencio y luego me daban vuelta la cara como si yo no existiera. Otros me preguntaban para qué quería verlo y hubo uno que directamente me insultó y me dijo que los amigos de Hus eran sus enemigos.

No entendía qué pasaba ni quién carajo es este tipo con el que, hasta ahora, sólo hablé por mail.

Seguí caminando. Compré un poco de jamón viejo de Praga y, mientras lo comía, me resultó familiar una música. Necesité algunos segundos más para reconocer que estaban tocando —él, violín; ella, bandoneón— Por una cabeza.

Me acordé de Bar Sur y, por supuesto, de Oscar.

Me di vuelta y saqué una foto panorámica de la plaza.

Hay algo entrañable en la extrañeza de esta ciudad.

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