Cultura y Libros

Seppuku

El gran escritor japonés Yukio Mishima, autor de cuarenta novelas, dieciocho obras de teatro, veinte libros de relatos y, al menos, veinte libros de ensayos, se suicidó el 25 de noviembre de 1970 mediante el tradicional método ritual nipón. Antes, en compañía de integrantes de la Tatenokai (Sociedad del Escudo), milicia privada compuesta por jóvenes estudiantes patriotas que estudiaban principios de artes marciales y disciplinas físicas, había tomado el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Una vez dentro, el grupo procedió a instalar barricadas y atar al comandante a su silla. Con un manifiesto preparado y pancartas que enumeraban sus peticiones, Mishima salió al balcón para dirigirse a los soldados reunidos abajo. Su discurso pretendía inspirarlos para que se alzaran, dieran un golpe de Estado y devolvieran al emperador a su legítimo lugar. Pero la única respuesta que recibió fueron burlas y carcajadas. Entonces, regresó a la oficina del comandante y se quitó la vida.

Sábado 06 de Octubre de 2018

¿De qué puede servirme este vientre de héroe, vientre esculpido esforzadamente ―vientre de Antínoo y de Patroclo―, si no es para ofrendarlo a la caricia definitiva del seppuku?

He vivido cuarenta y cinco años, y es hora ya de atravesar el mar helado del espejo ―el sudor coagulado de todos los espejos―, y de suscitar el asombro de unas vísceras que disfrutarán su liberación inesperada, y de una sangre que humeará, por fin, como lo haría la lava ardiente de un volcán...

No estaba en mí ofrecerle a la muerte ―a esa bella― el innoble cuerpo de un intelectual viejo y achacoso, y hasta mi katana, de ilustre linaje, se hubiese negado a perforar una carne fofa, y una piel manchada y anotada por la burocracia del tiempo, inexorable...

En el mismo momento en que mi esperma infantil se derramó ante el San Sebastián de Guido Reni, supe que cuando formalizara yo mis esponsales con la muerte, si ella aportaba su dote de inconmensurable "nunca más", yo debería sacrificarle, a cambio de tamaña dación, el enigma de un bello cuerpo corruptible.

(El Emperador derrotado al que sirvo ya no refulge como el sol, sino como un débil relámpago que se entreviera a ratos y a lo lejos. ¿Acaso el revólver triunfante de MacArthur no lo forzó a la deshonra de negar él mismo su condición divina?).

Tenía apenas quince años cuando escribí: "Yo rehúyo el sol y arrojo mi alma / al abrigado foso".

Por eso yo, el niño sabio Kimitake, que elegí ser Mishima como un pueblo que repta al pie del Monte Fuji, y Yukio, como el latigazo dulce de la nieve, hoy, 25 de noviembre de 1970 tomaré por asalto la plaza fuerte de mi cuerpo, y cortaré el puente de seda ―tan tenue, tan delicado― que une la irisada costa de la vida, con la fatigada de la muerte...

Ya licencié a mi ejército de soldaditos de plomo, inofensivo, y arengué a las tropas regulares, que me abuchearon con desprecio. Ya los helicópteros sobrevuelan el cuartel como si fueran insectos de otro mundo, y ya la televisión duplica, encandilada, todo el absurdo de mi insensata puesta en escena...

Solo me resta ―cruelmente, bárbaramente, y respetando la suntuosa fórmula de rigor― internarme en las desiertas calles de la nada.

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