Los pliegues del pasado

Secretos del 17 de octubre

Una intriga palaciega pudo haber impedido el triunfo político de Perón en 1945. En ella tuvo destacado papel un célebre rosarino: el historiador Juan Álvarez

Domingo 18 de Octubre de 2020

Una vieja concepción de la historia les da protagonismo casi excluyente a los actores individuales. Pero los acontecimientos históricos son producto de circunstancias en las que intervienen numerosos actores sociales, políticos y económicos. Es el caso del 17 de octubre de 1945: se conoce y se ha discutido mucho acerca del protagonismo de las masas obreras en ese día. Se conoce menos lo que ocurría a nivel de lo palaciego en la aparente cúspide del poder. Como podemos imaginar y nos lo han contado innumerables novelas, películas y series, las tramas de esos lugares están plenas de intrigas y confabulaciones. Esta historia la enfocaremos en tres de los protagonistas de la trama: Juan Perón, el historiador y jurista Juan Álvarez y el político radical Amadeo Sabattini. Los dos últimos se habían conocido en el Colegio Nacional Nº 1 de Rosario en la primera década del siglo: Álvarez era profesor y Sabattini su alumno.

Perón y el líder radical se habían conocido en 1944 y el coronel le había propuesto ser su candidato a vicepresidente, propuesta que Sabattini había rechazado en nombre de su fidelidad a la Unión Cívica Radical y sus principios democráticos. A su vez Perón y Álvarez no se habían conocido personalmente que se sepa, pero habían coincidido en su apoyo al gobierno del general Justo, y en 1938 el teniente coronel Perón formó parte de un comité de publicaciones militares que incluyó entre sus libros Las guerras civiles argentinas, de Juan Álvarez.

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Juan Domingo Perón.

Juan Domingo Perón.

Probablemente la institución militar tenía un interés especial en el libro y en su autor, como posible formador para los oficiales del ejército. El libro trataba de explicar las guerras civiles del siglo XIX y los conflictos sociales posteriores y este contenido podía ser útil a un ejército que tenía preocupaciones que excedían lo estrictamente profesional, entre ellas, el conflicto social y su posible derivación en guerra civil.

Entre septiembre y octubre de 1945, se produjo una crisis en el gobierno militar de la revolución de 1943. Dicha crisis provenía del aumento del activismo de todo el arco opositor, cuya manifestación más contundente fue la Marcha por la Constitución y la Libertad, y el crecimiento de la figura de Juan Domingo Perón. En el seno mismo del gobierno se desató una intriga palaciega, cuyo objetivo era eliminar de la escena al ascendente coronel. La oposición política y la Federación Universitaria Argentina, plantearon la consigna de “Todo el poder a la Corte Suprema”, solución a la que eran adversos los militares aún en el poder.

El resultado fue que el 9 de octubre Perón fue destituido en todos sus cargos y su reemplazante en el Ministerio de Guerra fue su rival, el general Ávalos. Los acontecimientos se precipitaron y renunció todo el gabinete, que tenía elementos adictos a Perón como Hortensio Quijano y Atilio Bramuglia.

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Amadeo Sabattini.

Amadeo Sabattini.

El general Ávalos se había constituido en el “hombre fuerte” del alicaído régimen, y se oponía a esa salida. Éste había tenido tratos con uno de los líderes más importantes del radicalismo, Amadeo Sabattini, quien le sugirió una solución intermedia: la formación de un gabinete apolítico organizado por el procurador general de la Nación, Juan Álvarez. El historiador César Tcach ha señalado que Sabattini tenía como objetivo sacar del medio a Perón y constituirse él mismo en el candidato expectable a la presidencia. El líder radical especulaba con el prestigio del procurador para dirigir una transición y con el apoyo de su partido. Pero la Unión Cívica Radical no apoyó a Sabattini en sus gestiones y contribuyó a frustrar esa posibilidad.

El 10 de octubre de 1945, el presidente Edelmiro J. Farrell y el general Ávalos llamaron al procurador general de la Nación para proponerle la misión de formar un gabinete que llevase adelante un proceso electoral, en el cual reservaban para él el Ministerio del Interior.

La tarea que le encomendaron a Álvarez lo ubicaba en el centro de una trama que a la postre se revelaría como decisiva en la historia política argentina. Claramente se vio involucrado a partir de su propio prestigio, ya que era una figura que estaba conceptuada por todos los sectores como honesta. Por otro lado, era suficientemente conservador como para no provocar resistencias entre los militares y responder, parcialmente, con la demanda opositora de todo el poder a la Corte.

Álvarez legitimaba su aceptación en la invocación patriótica del presidente, y actuó, como escribió Félix Luna, a la manera de un primer ministro inglés a quien la reina daba la misión de formar un gobierno. Sin embargo esto revelaba su republicanismo, que quedaba por encima de sus planteos políticos más autoritarios ya que el objetivo era, claramente, normalizar institucionalmente el país a través de elecciones.

Las gestiones del procurador fueron morosas, ya que consultó primero a la Corte Suprema, y mantuvo reuniones con quienes él consideraba que podían encajar con el perfil de apoliticismo y conocimiento técnico que requería el gabinete. Podría pensarse que era la oportunidad de llevar a la práctica, así fuera parcialmente, su idea de que debían gobernar los más aptos.

Sin embargo, también estaba claro que ese gobierno era puramente transicional, su único objetivo era presidir el proceso electoral. Finalmente, el 17 de octubre de 1945, Álvarez entregó una lista al presidente Farrell de cinco ministros con su correspondiente currículum vitae:

Agricultura: Dr. Tomás Aurelio Amadeo.

Hacienda: Dr. Alberto Hueyo. Ex ministro de Hacienda de la Nación. Ex secretario de Hacienda de la Municipalidad de Buenos Aires.

Relaciones Exteriores y Culto: Dr. Isidoro Ruiz Moreno.

Justicia e Instrucción Pública: Dr. Jorge Figueroa Alcorta.

Obras Públicas: ingeniero Antonio Vaquer.

Las ostentosas trayectorias que exhibían los personajes que había elegido como sus colaboradores mostraban que lo importante para Álvarez era la capacitación técnica e intelectual de los funcionarios. La propuesta la estaba presentando al mismo tiempo que se estaba desarrollando la movilización popular organizada en apoyo a Juan Domingo Perón, y minutos antes de que éste diera su discurso en Plaza de Mayo.

El presidente Farrell agradeció, en una nota formal, los servicios prestados y desechó la propuesta. Los ministros elegidos tenían una amplia trayectoria en sus especialidades, pero eran miembros de familias de notables y cuando habían ejercido algún cargo público fue durante gobiernos conservadores. Como escribió la historiadora Élida Sonzogni, esta lista fue un elemento más para la construcción de la oposición populista pueblo-oligarquía, que construyó el peronismo a posteriori. Claramente esos nombres representaban el polo oligárquico, por sus apellidos y actuación pública; Perón tenía un elemento más para constituirse en el héroe de la jornada, al evitar que se efectivizara ese gobierno. Álvarez quedó entrampado en la interna palaciega y de las fuerzas de oposición, sin vislumbrar que el movimiento obrero se estaba constituyendo en un actor político relevante, por fuera de las estructuras políticas conocidas. Juan Álvarez desdeñó el hecho de que la política de masas era una realidad que se había instalado en la sociedad y que sus efectos no eran fácilmente manejables por decisiones institucionales.

El autor de Las guerras civiles había advertido en sus libros y en su Historia de Rosario de un peligro revolucionario que podía venir del creciente protagonismo social y político de las masas. Podríamos pensar que Perón había leído el libro de Álvarez que contribuyó a editar, y que tenía preocupaciones similares. Así lo revela su discurso frente a la Bolsa de Comercio de 1944, en el que explica que la prevención de la guerra civil y de la agitación social era posible con la organización de las masas y atendiendo parcialmente a sus intereses. Álvarez consideraba que la agitación social solo tenía una respuesta represiva, en los casos en que las masas no utilizaran vías más institucionales para demandar por sus intereses. En síntesis, uno montó su estrategia en función de aceptar y liderar esos cambios, y el otro se aferró a la situación anterior.

Amadeo Sabattini había demostrado sus dotes de líder de la política de masas y su empatía con los sectores populares, punto en el que se acercaba de algún modo a Perón. Sin embargo, tampoco advirtió que su fidelidad al partido no iba a ser correspondida y era una forma de estar aferrado a unas instituciones que no representaban las nuevas demandas sociales.

El final de esta historia es conocido: Juan Domingo Perón terminó siendo el político más importante del siglo veinte argentino, Juan Álvarez fue destituido de su cargo por el gobierno peronista y Amadeo Sabattini fue una figura más en la Unión Cívica Radical del Pueblo.

Algunos actores y analistas señalan que el final podría haber sido otro si la UCR hubiese apoyado las gestiones de Sabattini y si Juan Álvarez hubiese sido más rápido de reflejos. La hipótesis contrafáctica tiene asidero: si uno ve lo que pensaban los actores del momento, las cosas no estaban todavía resueltas para ellos y había margen para la incertidumbre. Veamos la carta que le escribió Perón a Eva el 14 de octubre de 1945:

“(…) Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro; en cuanto salga nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos.

“(…) Tesoro mío, tené calma y aprendé a esperar. Esto terminará y la vida será nuestra. Con lo que yo he hecho estoy justificado ante la historia y sé que el tiempo me dará la razón.

“Empezaré a escribir un libro sobre esto y lo publicaré cuanto antes; veremos entonces quién tiene razón…”.

El coronel se sentía derrotado, el caudillo radical confiaba en sus gestiones con Ávalos y en su posible victoria electoral, y el procurador general de la Nación creyó en el éxito de su misión patriótica. Pero la historia es como una película sin guionista ni director, en la que cada actor escribe su propia trama y el producto final surge de la interacción de todos, y se parece muy poco a lo que cada uno imaginó por separado.

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