Cultura y Libros

Rosario hecha canción

En el otoño de 1982 llegó a las bateas el primer disco de Juan Carlos Baglietto y su banda, Tiempos difíciles. Fue el punto de partida de la Trova Rosarina, un grupo de talentos que conmovió al país y quedó en la historia. Un reciente libro —La rosa trovarina— hace un singular recorrido por aquellos años seminales y turbulentos. Juan Aguzzi, uno de sus autores (el otro es Adrián Abonizio), dialogó con este suplemento y entregó claves para comprender una época tan intensa como entrañable.

Domingo 04 de Agosto de 2019

Afuera hace frío y amenaza con llover. Juan Aguzzi llega al bar situado en la zona del bajo y se sienta ante una de las pequeñas mesas de madera. El reconocido periodista de espectáculos, viejo lobo de las redacciones locales, viene a conversar acerca de su último libro, que escribió junto a Adrián Abonizio. ¿El tema?: la Trova rosarina, que ya cumplió nada menos que treinta y cinco años. Cargado de datos, con un material gráfico excepcional y el aporte de firmas de calibre, el volumen editado por Ciudad Gótica y diseñado con gusto por Mauricio Chiaraviglio atrapa al lector y revivió en este cronista una época intensa, seminal, controvertida: aquellos años finales de la dictadura, cuando el desastre de Malvinas dejó servido en bandeja el retorno de la democracia.

Fue en ese período lleno de dolor e incertidumbre que un grupo de desconocidos rosarinos liderados por un pelilargo de aspecto crístico pateó las puertas de lo sublime con un disco que quedó en la historia popular. Tiempos difíciles (1982) fue una bisagra en el rock nacional, y también en la música argentina. Juan Carlos Baglietto, acompañado por un auténtico seleccionado que incluía los nombres de Ruben Goldin, Silvina Garré y Fito Páez, rompió con el modelo imperante de los cantautores (cuyos ejemplos más obvios son Luis Alberto Spinetta y Charly García) e interpretando temas de otros (fundamentalmente Adrián Abonizio y Jorge Fandermole, además de Goldin y Páez) se convirtió en un éxito masivo, sin realizar ninguna concesión a lo comercial.

Pero ese LP emblemático no había surgido de la nada. Detrás suyo había un pasado tan rico como oculto, que Aguzzi y Abonizio —integrante crucial del movimiento— intentan develar en La rosa trovarina, apelando a la propia memoria y a testimonios tan múltiples como significativos.

¿Cómo surgió la idea de escribir sobre la Trova? ¿Y por qué armaste esa dupla truquera con Abonizio?

—Dupla truquera, bien dicho (risas). El origen de esta aventura fueron unos fascículos que en su momento publicó, justamente, La Capital. Con Adrián, por otra parte, nos une una larga amistad. Yo fui partícipe de esa movida, estuve ahí, en los recitales, en las zapadas, en los bares, en las salas de ensayo. Y con Adrián creímos siempre que la historia de la Trova no había sido contada.

La bibliografía, sin dudas, es escasa...

—El único libro sobre el tema es el que escribió Sergio Arboleya, que es un buen periodista. Se trata de una historia contada de manera lineal y con una mirada nítidamente porteña. Nosotros, digamos, jugamos con ventaja. Nuestro background es mucho más importante. Y la idea que tratamos de poner en práctica fue ver el fenómeno desde otro lado, contar el "fogón" de la Trova. Ese auténtico misterio que permitió que un grupo de tipos nacidos y criados en Rosario fueran reconocidos nacional y hasta internacionalmente. Sin embargo, y eso es lo que nos importaba de manera especial, detrás de ellos había una gran cantidad de gente y de espacios que tal vez fueron los que permitieron que todo cuajara. Esa es la historia que quisimos contar.

El gran momento es la salida de Tiempos difíciles, en 1982, pero el libro larga desde una especie de prehistoria de la Trova, desde el mismo Litto Nebbia. ¿Por qué?

—Lo de Litto surgió naturalmente. Todos los miembros de la Trova lo adoran: él es su mentor, los acompañó siempre. Y además aman a Los Gatos Salvajes, que son los primeros que cantaron rock en castellano. La Trova bebe mucho de allí. Claro que el magma del movimiento es mucho más amplio: además del rock incluye al pop, el tango, el folclore, música brasileña, música uruguaya. Y Litto tiene mucho que ver con esa búsqueda, que es de rasgos bien urbanos.

¿Y cómo influye Rosario en el carácter de esa música?

—Difícil de definir. La ciudad portuaria, fenicia como dicen muchos, y la época terrible en que sale el disco —signada por la más dura represión—, definen los rasgos dramáticos de la Trova.

¿Y cómo era el panorama cultural y musical en Rosario en los años iniciales de la dictadura?

—Fueron años crueles, donde hasta lo más elemental estaba puesto en tela de juicio, como tener una sala de ensayo o un simple lugar donde tocar. En ese clima se mezclaban todos: los músicos convivían con poetas, narradores, actores, militantes políticos, humoristas gráficos. Me acuerdo de la sala donde ensayaba Irreal, a metros de la plaza Buratovich. Allí hacíamos revistas de poesía, El Ángel Subterráneo, por ejemplo, de la cual salieron tres números. En uno había poemas de Fito.

¿Y la política aparecía en escena?

—Claro, me acuerdo muy bien de los militantes del PST, por ejemplo. En lo que tiene que ver con la música específicamente, se creó la Asociación de Músicos Independientes (AMI). Nos juntábamos en la Asociación Cristiana de Jóvenes para ver dónde hacer recitales de música y poesía.

—¿Y los grupos de rock?

—Había varios, e importantes. Pienso en Irreal —donde Baglietto reemplazó como cantante a Abonizio—, Pablo el Enterrador —donde estaba Lalo de los Santos—, El Ángulo. Los músicos se cruzaban en distintas formaciones... Ante tanto cerco represivo, que generaba verdadero miedo, hacíamos lo que podíamos. Caímos en cana un montón de veces, con los instrumentos en la mano, y nos dejaban adentro hasta el otro día. Nos comíamos un garronazo. Aquel era un mundo casi impensable hoy día. La Lavardén fue un gran refugio. Nosotros le hacemos un homenaje especial en el libro, así como a los bateros, los bajistas, los tecladistas, los personajes (como Carlitos Lucchese o el Topo Carbone) y hasta los plomos.

—Dame nombres de los que pululaban por ahí…

—A ver, ahí van algunos: Lalo, Goldin, Zappo Aguilera, el Muerto Sainz, Abonizio. Fander llega después. Y también Fernando de la Riestra, el Pichi De Benedictis, Alberto Callaci, Charly Pagura, lo que después va a ser la base de Acalanto. Y también Rafael Bielsa, Jorge Llonch, Fito, Fabián Gallardo, Charly Bustos, Rogelio Chanquía. Y las mujeres: Patricia Larguía, Irene Cervera, Ethel Koffman, Myriam Cubelos, además de Silvina. Me olvido de un montón más. Pero si empezamos a tirar del carretel, seguimos tirando nombres hasta la madrugada (risas).

—Contame de Fito, que era un nene.

—Claro, estuvo en bandas como Staff y El Banquete. Era el más pibe y no le dieron cabida así nomás. Entrar le costó lo suyo porque al principio, digamos, se lo subestimaba.

—¿Y alguna guarida emblemática de aquellos años?

—La casa de Cerrito entre Necochea y Chacabuco. Se sostenía con un alquiler que pagábamos entre todos. Ni te cuento de la malaria que había, comprábamos cigarrillos sueltos. Y fue allí y entonces que, creo, se tuvo la vaga idea de que algo en serio podía surgir. Pensá que hasta dos o tres años después del concierto de Obras no había una real conciencia de grupo.

—La clave parece haber sido Baglietto.

—Baglietto fue el gran nucleador, el tipo carismático que seduce a Julio Avegliano, que es quien lo lleva a EMI y ahí viene el ofrecimiento de grabar un disco. Pero el ofrecimiento fue a él solo. Sin embargo, Juan dijo que sin su gente no podía tocar y así sumó a toda la banda. Baglietto es la figura del juglar, el tipo lindo, con pinta de chico desamparado, andaba con una boina roja, jardinero blanco y muchas veces hasta descalzo... Esa figura conquistó a los porteños. La conciencia de que había un peso específico propio en el grupo no surgió sino mucho después. Ni siquiera Juan se dio cuenta.

—¿Y qué opinás de ese mote de aburrida y depresiva que le adjudican, con maldad, a la Trova?

—Es una gran exageración. Algún tema “aburrido” puede haber. Pero son apenas excepciones. La mayoría son grandes canciones.

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