Es una premisa fundamental que, ya sea en forma velada o manifiesta, el arte no puede dejar de aludir a la realidad en que está inmerso.

Por Rubén Echagüe
Es una premisa fundamental que, ya sea en forma velada o manifiesta, el arte no puede dejar de aludir a la realidad en que está inmerso.
Y si esto es válido para el “gran arte” que exhiben los museos, ¿cómo no habría de serlo para otras formas de expresión, mucho menos prestigiosas, tal vez, pero también más inmediatas, directas y espontáneas, y que permiten fijar la fugacidad de una idea genial para compartirla con los demás, aunque sea por muy escaso tiempo?
Los graffitis lejos están de ser un invento contemporáneo, y los que quedaron apuntados para siempre en las paredes de un prostíbulo de Pompeya, la ciudad que el Vesubio sepultó en lava y ceniza allá por el año 79, trasuntan una obscenidad tan burda como encantadora, aunque el que brillara años atrás, nada menos que sobre la fachada majestuosa de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, los supera ampliamente en refinamiento y profundidad: “Masturbarse es hacerse justicia por mano propia”.
Tan esplendoroso despilfarro de ingenio (y que no ostenta copyright, puesto que es anónimo), hace no muchos días eligió como “blanco” el Barquito de Papel emplazado en Puerto Norte –nuestro costoso sueño de ser Nueva York–, y lo intervino con un significativo graffiti que rezaba “El Narquito” (en lugar de el barquito), pero esta vez pocos fueron los que pudieron disfrutar de la feroz ironía, porque la pintada efectuada con aerosol rojo fue removida muy prontamente, con lo cual la escultura recuperó de inmediato su impecable blancura –y no sería impropio recordar aquí que, según lo que explica el Pequeño Larousse Ilustrado, impecable significa “incapaz de pecar” –.
En otras circunstancias, en cambio, el arte callejero no hace gala de tan fulminante laconismo, y su discurso se explaya más morosamente, se torna más alegórico y hasta conlleva un relato que merece ser decodificado con cierto detenimiento.
Eso es lo que ocurre, precisamente, con un muy deteriorado mural pintado sobre una medianera, poco antes de que la calle San Martín desemboque en el río, donde, si bien en una primera aproximación, lo que se percibe es la referencia a ese icono de la cultura popular que es King Kong –el mono gigantesco que, desde las pantallas de los cines, logró seducir a varias generaciones de espectadores–, una lectura más minuciosa de la obra revela pormenores que ameritan ser tenidos en cuenta.
Aquí el barco representado no es un cándido barquito de papel sino un negro transatlántico –posiblemente el “Venture” que navega en la película– y a su derecha flota una botella, con un enigmático mensaje depositado en su interior.
Pero la imagen del poderoso King Kong parece haberse multiplicado, porque en total los simios suman cuatro: uno nos observa en actitud acechante, otro descansa sobre lo que semeja el platillo de una balanza, mientras simboliza con dos dedos de su mano izquierda la “V” de la victoria, y un tercero pende de un manojo de globos.
No obstante, los roles están perfectamente demarcados, y esos tres personajes solo operan como actores de reparto, en tanto que el verdadero protagonista –el mono más imponente y más esmeradamente reproducido por el autor–, en lugar de replicar la célebre escena de King Kong encaramado en la cima del Empire State, con la bella Ann Darrow en sus brazos, lo que hace es abrazar dos estructuras muy similares a nuestras torres Dolfines, a las que aferra con gran energía, casi como si fueran el equivalente de la blonda muchacha por la que terminará inmolando su vida. Todo esto mientras un helicóptero sabiamente delineado sobrevuela la escena.
El arte, y por qué no el arte callejero, tienen el raro privilegio de poder transmitir mensajes lo suficientemente ambiguos como para capturar todos los aspectos de una realidad infinitamente enmarañada y compleja, y de transmitir también el misterio… un misterio como el que encierra una botella arrojada al mar (o a nuestro más cercano río Paraná).

