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La otra nena

Lo despierta la voz del chofer que, desde la parte delantera del colectivo, dice un nombre confuso —Coronel ¿Manrique? ¿Martínez? No alcanza a oírlo bien— y anuncia que pararán durante veinticinco minutos.

Domingo 16 de Septiembre de 2018

Lo despierta la voz del chofer que, desde la parte delantera del colectivo, dice un nombre confuso —Coronel ¿Manrique? ¿Martínez? No alcanza a oírlo bien— y anuncia que pararán durante veinticinco minutos. Mía todavía duerme acurrucada en el asiento de al lado. Inclinado sobre el cuerpo de la nena, corre la cortina de la ventanilla para mirar hacia la noche, tratando de reconocer el parador al que están ingresando. No alcanza a ver ningún cartel ni nada que le permita identificarlo. Apenas un playón vacío y mal iluminado donde un hombre de cara chupada y gris fuma en soledad bajo un poste de luz.

Mía sigue durmiendo y aunque él se incorpora a medias en el asiento y estira la mano hacia ella, de golpe se detiene y duda. Pero quizás si la deja dormir se despierte dentro de una hora con hambre, en medio de la ruta, y él se empiece a preguntar por qué carajo no se bajó cuando pararon en Manrique, o Martínez, o cómo sea que se llame este lugar al que acaban de llegar. La madre sabría qué hacer. Odia pensar eso pero de golpe entiende que es así. Las madres siempre saben. O, si no lo saben, actúan con esa resolución que las vuelve convincentes, tranquilizadoras, irrefutables. Por un segundo se imagina llamándola a esa hora para preguntarle si despierta o no a la nena en la parada que hizo el colectivo y comprende que, de todas las opciones posibles, esa sería la peor. Todos los pequeños avances que logró desde la separación —o desde que ella agarró a la nena y se volvió a la casa de los padres poniendo 350 kilómetros entre los dos— se irían a la mierda en cuanto hiciera esa única pregunta. No. No puede mostrar sus dudas, sus vacilaciones, su irresolución de padre sin vocación ni experiencia. Tiene que dar la imagen de un padre que sabe lo que hace. Un hombre que puede hacerse cargo de una nena de cinco años a pesar de los temores de la madre, que no lo cree capaz.

Baja a fumar. El aire frío de la noche corta como navaja. Un muchacho con auriculares y una mujer que revisa el celular fuman al pie del colectivo. Hay un par de boleterías con las persianas bajas, un negocio de artesanías y alfajores regionales que también está a oscuras y un pasillo que lleva hacia los baños. Al fondo, donde se amontonan algunos pasajeros, se percibe la luz de lo que parece el único negocio abierto. Decide terminar el cigarrillo e ir a ver cuando Mía baja del colectivo, restregándose los ojos con una mano y con la muñeca colgando de la otra. Quiero ir al baño, dice. Él tira el cigarrillo al suelo, lo aplasta y la toma de la mano. En el pasillo los pasos resuenan de un modo extraño, como si hubieran entrado a un túnel o a una caverna.

Se detienen frente a los baños. Se asoma al de hombres: hay dos tipos en los urinarios que están contra la pared y otro que se peina ante el espejo. No puede entrar con su hija ahí. Mira la puerta cerrada del baño de damas pero no sabe si hay alguien adentro o no, y le parece inapropiado entrar a ese baño aunque sea para acompañar a su hijita. Justo entonces llega una mujer que él cree reconocer del colectivo. Es una mujer que pasó los sesenta con pinta, piensa, de directora de escuela o secretaria jubilada. Le pregunta si puede hacerle el favor de acompañar a su hija al baño. La mujer accede, claro, cómo no, vení nena que yo te llevo y así desaparecen las dos tras la puerta del baño, que todavía le permite verlas un par de veces más porque es una puerta vaivén, que después de ser soltada por la mujer le oculta por un momento el interior del baño para luego revelarlo otra vez cuando la inercia la empuja hacia afuera, permitiendo que las vea a las dos —la mujer le está desabrochando uno de los tiradores del jardinero de corderoy mientras Mía se sacude: no tendría que haberle puesto ropa tan poco práctica para el viaje, la madre lo hubiera previsto—, y después la puerta las vuelve a ocultar por un segundo aunque otra vez tiene un último vistazo en el que puede advertir a Mía que corre hacia uno de los cubículos y entonces sí, la puerta vaivén finalmente se cierra y sólo le queda esperar.

Espera. El viento, afuera, aúlla como trayendo rumores lejanos que se deshacen en la noche. La mujer sale del baño acompañada por una nena que se parece a Mía. Se parece a Mía.

Algo indefinible le dice que no es. Algo que, aunque tratara, no sería capaz de explicar. Como una alarma interna y silenciosa que se hubiera activado en cuanto la vio salir. Como un conocimiento secreto e inmarcesible, una especie de instinto atávico: un sentido nuevo que se hubiera abierto paso a través de millones de años de evolución para detectar que hay algo fuera de lugar.

—Esa no es mi hija —dice él.

La mujer mira a la nena. Instintivamente le suelta la mano. Después, la mujer que parece una directora o una secretaria pregunta si es una especie de broma o qué. La nena abraza la muñeca de trapo y se va a sentar contra la pared, como si se desentendiera de la conversación. No es mi hija, repite él, y perdiendo ahora sí los reparos que lo habían mantenido fuera del baño de mujeres se precipita al interior empujando la puerta vaivén con violencia al tiempo que llama a su hija a los gritos. Mía, Mía, Mía. La mujer, confundida, asustada, lo observa golpear cada una de las puertas de los cubículos individuales y mirar por debajo en busca de unos pies diminutos que señalen la presencia de su hija —su verdadera hija— detrás de alguna puerta. Afuera, el chofer del colectivo y algunos pasajeros acuden ante el escándalo de golpes y de voces para ver qué está pasando. La mujer les está diciendo que no entiende. Que no sabe qué pasó. Trata de explicar, pero repite que no entiende: ella sólo acompañó a la nena al baño y cuando salieron el hombre le dijo que no era ella.

—Qué quiere decir con que no es.

—¡Esa no es mi hija! —repite entre dientes, y trata de abalanzarse sobre la mujer. Lo detienen entre el chofer y el ayudante.

Los pasajeros asisten extrañados a la escena. Alguien pregunta qué pasó, alguien da una información equivocada —parece que le hicieron algo a la hija, dice—, alguien rectifica. La mujer que parece directora o secretaria trata de explicar lo inexplicable: que entró al baño con una nena y salió con la misma pero el padre dice que no es. Cuando la escucha él se remueve entre los brazos que lo sostienen, trata de soltarse y hacer quién sabe qué. Trata de explicar lo inexplicable: que esa mujer entró al baño con su hija y, cuando salió, la acompañaba otra nena que es igual pero no es. La madre sabría qué hacer. Qué decir. No importa que tan absurda o inexplicable sea la situación. Las madres siempre saben y él, en cambio, está ahí, sin poder hacer otra cosa que repetir algo que suena como una completa locura.

Lo miran. Por un momento nadie es capaz de decir nada.

El chofer, por fin, pregunta si alguien los vio arriba del colectivo. O bajar del colectivo. A mí me parece que es la misma nena, dice alguien. Pero estaba oscuro, no sé. El chico de los auriculares se encoge de hombros cuando le preguntan, como si más que desconocer la respuesta no terminara de entender la pregunta. ¿Qué quieren decir con si es la misma? La mujer que fumaba al pie del colectivo dice que no está segura. Lo vio bajar. Pero le parece que iba solo.

Alguien le pregunta entonces a la nena, que sigue sentada en un rincón. Juega con la muñeca, como ajena a todo, la espalda apoyada contra la pared. Murmura algo en voz baja, o a lo mejor canta. Nena, nena, dice el chofer, y toda la gente la rodea de pronto, arman una especie de semicírculo alrededor de ella, expectantes, curiosos. La nena que se parece a Mía se toma un instante más y después levanta la vista; va paseando una mirada impávida por todo el grupo hasta que se encuentra con la de él y algo oscuro y secreto brilla en sus ojos.

Está a punto de decir algo.

Está a punto de decir algo y él se pregunta cómo será su voz, si se parecerá a la de Mía o no.

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