"La experiencia de la literatura es necesariamente solitaria"

Su impronta se distingue con nitidez entre los prosistas del país. Tan original como perturbadora, la novelista y periodista Mariana Enríquez nunca deja de sorprender. Tras ganarse al público con sus impredecibles relatos de terror, su último libro ―Este es el mar― cambia bruscamente de planeta para sumergirse a fondo en el universo del rock. En charla con Cultura y Libros en un barcito de San Telmo, explicó las coordenadas de su tan peculiar como magnético universo.
10 de junio 2018 · 00:00hs

Cuando entra al bar que sugirió para la entrevista, Mariana Enríquez saluda con calidez, y la imagen de seriedad que devuelven las solapas de sus libros se desarma rápidamente. Es una mujer de modales pausados y amables. Parece una especie de hada oscura: viste suéter, pollera y borceguíes negros. Lleva el pelo suelto, a la altura de los hombros, y algo electrizado. Antes de tomar asiento quiere saber si llega puntual, porque tuvo que dejar primero unos papeles en Radio Nacional, donde participa como columnista en el programa que conduce Mario Wainfeld los sábados por la mañana. Más tarde, cuando termine la conversación, se irá al diario Página/12, donde se desempeña como subeditora del suplemento Radar. Pero ahora deja su cartera en el alféizar de la ventana y se sienta; lanza una mirada a la barra ―coronada por un arco de madera tallada, imponente―, llama a un mozo y luego pide dos cortados en jarrita. En el bar, una vieja casona ubicada en una ochava tradicional del barrio porteño de San Telmo, hay mucha gente: las mesas del salón están casi todas ocupadas, los mozos no dan abasto, los cortados se demoran. La poca luz del día y la iluminación artificial en tono sepia le dan al lugar cierto clima de antaño.

Mariana Enríquez convive con obsesiones particulares. Desde chica, se enamoró de los cementerios: hallaba goce en caminar entre pirámides, esfinges, ángeles sensuales y esculturas sugerentes. Casi todas sus obsesiones, sin embargo, tienen un rasgo en común: deben ser expelidas a través de la escritura, a riesgo de encontrarse hablando sola o de sentir que vive entre fantasmas más reales que la gente. Casi todas, también, terminan en un libro. La fascinación por los cementerios dio lugar, por ejemplo, a la publicación, en 2013, de Alguien camina sobre tu tumba, una crónica acerca de los viajes a distintas necrópolis del país y del mundo. Otras veces, asumen la forma de cuentos de terror, como los de Los peligros de fumar en la cama o Las cosas que perdimos en el fuego. Este último, editado en 2016 por Anagrama, fue traducido a veintitrés idiomas y publicado en veinte países, muchos de los cuales la autora recorrió el año pasado,―entre ellos Italia, España, Portugal, Inglaterra, Estados Unidos, Colombia, Bolivia, México, Francia. Viajar no la incomoda, más bien lo contrario: "Si puedo estar un año sin escribir y viajando, todo bien; escribo el año que viene, si no me muero", dirá más tarde, con voz clara y firme, antes de que la charla acabe.

En el medio de tanto viaje y compromiso y reconocimiento, apareció la novela breve Este es el mar (Random House, 2017), una historia de adolescentes fanatizadas con estrellas de rock, que no transcurre en el mundo sino en lugares míticos, y se vuelca totalmente hacia lo maravilloso.

¿Cuándo decidiste que Este es el mar iba a ser una novela y no un cuento?

—En un cuento no podés desarrollar tanto los personajes, y yo necesitaba desarrollarlos. El personaje de ella no es un ser humano, entonces no lo podés despachar demasiado rápido; en un punto, tenés que expandirlo un poco más. Y en el caso de él, también, porque no es una estrella de rock muy convencional, es un buen chico, tiene un pasado particular, y lo tenía que mostrar de a poco. En un cuento, eso se resuelve con otro tipo de equilibrio. Pero, además, esta es una novela breve, porque si era demasiado larga, tenía que expandirlos mucho más; contar el mundo de ella con muchísimo detalle, dar más explicaciones sobre cosas que son misteriosas. Preferí que quedaran preguntas.

¿Cómo fue pasar del cuento de terror a una novela anclada en lo maravilloso y lo fantástico?

—La escribí mientras trabajaba en los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, para salir un poco del clima de escritura de ese libro, que era medio homogéneo. Son cuentos con distintas voces, pero transcurren de una manera bastante realista, y después, en cierto punto, ocurre como un quiebre de la realidad. Son cuentos de horror, y no es lo único que me gusta escribir cuando se trata de ficción. No me aburría, pero tenía ganas de hacer algo con otro tono, en otro mundo, con otras cosas que no entraban ahí y que me interesaban. La escribí en paralelo y fue creciendo más de lo que pensaba. Después me gustó como quedó y se publicó.

En la novela abordás un tema que conocés bien, el del rock, y también hablás de las mujeres, de las fans.

—La presencia de la mujer desde el lugar de la fan, de la consumidora de esa música, y el tema de cómo, en la mayoría de los casos, las chicas deciden cierta estética en una banda, están generalmente ninguneados. Hay una idea totalmente machista y errónea que es pensar que a las mujeres les gusta el músico. Sí que les gusta el músico, pero no como novio, les gusta porque quieren ser ese músico, porque hay una identificación igual a la que pueden tener los varones. Yo escuchaba a los Rolling Stones y quería ser Mick Jagger. Hay una androginia en el rock que fue terriblemente negada, más allá de la presencia de las mujeres. El fenómeno es totalmente andrógino, totalmente transexual, digamos. Eso me interesaba en la novela: meter a las chicas ahí y decir que participan de este fenómeno y que, de alguna manera, lo crean, le dan mitos. Sin las chicas que gritaban por los Beatles, no hay Beatles. Sin las chicas que gritaban por Elvis, no hay Elvis. Ellas también los hicieron famosos. Y hay un poder en ese hacerlos famosos que suele ser muy ninguneado. El público, en general, es muy ninguneado, y más si es un público de chicas. Me interesaba hablar de esa parte de creación que aportan, porque Helena, la protagonista de la novela, en algún punto, lo crea a James, lo convierte en Estrella.

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Entonces, en cierto modo, querías reivindicar el aporte creador de la mujer en la música.

—Su aporte creador desde el lugar de ser público, de ser receptor, no como algo pasivo. Hay una retroalimentación que hace que el artista cambie. Pero, de todos modos, no escribo libros con algún propósito; es solamente una de las cosas; en esta historia también se trata de los personajes, de ellos dos, de esos mundos, de esos seres extraños que producen cambios. Es una historia que transcurre en espacios míticos: aunque yo diga Los Ángeles, no es Los Ángeles, es una idea de Los Ángeles, para la cual me sirvieron, en parte, las películas, no los lugares reales.

¿Tuviste en mente alguna película en especial?

—Un poco, a lo mejor, Mulholland Drive, de David Lynch, por esa Los Ángeles fantasmal y un poco secreta. Lo que quiero decir es que Los Ángeles tal como aparece en el libro —y es poco— es un lugar que conozco más por el cine que por haber ido; fui una vez sola hace mucho. Y el Los Ángeles de las películas está editado, apenas se parece al real, y yo quería un poco eso.

¿Cuál dirías que es el principal punto de contacto entre tu narrativa y la relación que mantenés con el cine como periodista cultural?

—Yo diría que casi ninguno, no soy una escritora cinéfila. Me gusta el cine, veo mucho cine, pero no es una influencia para mi narrativa; al menos, no directa o conscientemente. La música sí, pero el cine no.

¿Escuchás música a la hora de escribir?

—La música me ayuda, en ciertos casos, para crear algún clima cuando lo necesito. No siempre lo hago, pero hay partes de textos que las escribo escuchando música bien fuerte. A veces con los auriculares, como para ayudar al trance o para darle un ritmo a lo que estoy escribiendo, un ritmo hasta de puntuación, que tiene que ver con la música. No es demasiado consciente, después lo corrijo. Cuando digo música, no me interesa que tenga el virtuosismo del jazz o de la música clásica, sino más bien que esos tramos sean parecidos a una canción pop o a una de rock; que tengan cierta fluidez de las canciones, que no sean demasiado perfectos.

En Este es el mar dejás flotando la idea de que la era del rock se terminó, ¿es algo que realmente pensás?

—Creo que se convirtió en una cultura juvenil más. Durante mucho tiempo, en el mundo occidental, el rock era la cultura juvenil más importante; ahora no lo es. El rap, el hip hop, el mundo de la música latina, los ídolos del deporte son igual de importantes como cultura juvenil. Siempre las grandes estrellas fueron del pop, pero estaban más cerca del rock; al menos, en su estética. La primera Madonna era como una chica rockera, punk. Taylor Swift no es eso, es como una chica… "supereducada". El rock sigue existiendo, pero es algo más que hacen los jóvenes, y los no tan jóvenes. Además, se volvió transversal; es una cultura transgeneracional que siguen adoptando los jóvenes en algún momento o con algunas bandas, pero cambió totalmente. Se convirtió en otra cosa.

¿El periodismo también se convirtió en otra cosa?

—El problema con el periodismo gráfico es que está en extinción. Todo se transforma en una experiencia digital, y lo que más rinde en internet no son los textos largos. Pero buscar la manera de que eso sea rentable, como lo fueron las revistas, es un desafío que excede al periodismo. Creo que es un momento de transición, que no se puede acelerar nada. Sabemos que el papel fue, pero no sabemos qué va a pasar: cómo se va a reconvertir eso, si le van a encontrar la vuelta para que sea un negocio o si va a dejar de existir. No lo sabemos y no se puede aventurar nada. Los medios digitales están pidiendo dinero para las suscripciones porque no le encuentran la vuelta para sostener a los periodistas como trabajadores. Entonces ser trabajador de prensa es muy complicado en este momento, cada vez más. Es muy difícil trabajar de esto, tener un buen ingreso.

La realidad virtual también impactó en el mundo de los espectáculos masivos como los recitales, ¿cómo te llevás con eso?

—Si es muy complicado ir a un recital, no voy. Percibo la dificultad y no voy; no hago colas de días enteros ni loca. ¿Qué me puede dar esa experiencia que no pueda ver en youtube? No tengo rollo con la cuestión de la experiencia en vivo o la experiencia diferida; me parece que está sobrevalorada la experiencia del vivo. Es una mística que tiene que ver con aferrarte a un mundo que cambió, y capaz que te relajás y la pasás bien igual. Hay una cosa con la que no puedo conectar emocionalmente a esta altura que son esas decisiones tipo Misa Ricotera. Ni loca paso tres días en el barro y después viendo nada con un millón y medio de personas por el pogo más grande del mundo. Tengo bastante facilidad en aceptar las pantallas, no me parecen menos reales; puede ser una experiencia igual de intensa y placentera. No necesito la voz de la tribu alrededor para pasarla bien.

(La prescindencia de ciertos entornos, la tendencia a desacralizar la experiencia, son rasgos de Enríquez tanto en el mundo de la música como en el de la literatura, al que conduce nuevamente el hilo de la conversación).

¿Los viajes del año pasado por Las cosas que perdimos en el fuego afectaron tu proceso de escritura?
—El año pasado viajé mucho, pero es la primera vez que me pasa, y me quería dar el gusto. Si puedo estar un año sin escribir y viajando, todo bien; escribo el año que viene, si no me muero. Para mí la vida de un autor no debería ser una cosa tan monacal. Me tomo muy en serio la escritura cuando estoy trabajando un texto; ahora, por ejemplo, terminé una novela muy larga, de casi quinientas páginas. La leí dos veces, la imprimí y la volví a revisar. Estoy horas pensando en cómo resolver tal o cual cosa, y suelo pasar hasta catorce horas trabajando en la novela durante los fines de semana. Cuando estoy metida, estoy metida; pero no creo que eso tenga que ser todo. En algún momento tenés que conectar con lo que pasa afuera, si no, ¿de qué escribís? No lo digo en el sentido de la experiencia; no creo demasiado en eso, no escribo desde ahí. Me refiero a salir y captar cosas que tienen que ver con la vida: cómo hablan las personas, qué ropa llevan, ciertas configuraciones sobre el amor. Encuentro las historias con la imaginación o en cosas muchísimo más relativas que vivir día a día, pero estar en el mundo y estar en contacto con la gente le da matices a tu forma de pensar. Y si no tenés matices, no vas a escribir bien.

¿Tenés rituales a la hora de escribir?
—No. Soy periodista, no sacralizo las cosas. Estoy acostumbrada a escribir hace veinte años en una redacción con gente que grita todo el tiempo a mi alrededor. La instancia literaria es distinta al periodismo en un montón de cuestiones, pero tengo una capacidad de concentración bastante entrenada en una situación que resulta muy hostil para escribir, como es una redacción. Estoy acostumbrada a escribir en acción, en medio del quilombo. Generalmente, se me ocurre algo y lo escribo. No lo digo con arrogancia, en mi caso es así. Nunca armé un plano. Tengo amigos que no escriben una página sin tener armada la estructura del cuento que van a escribir. Depende de cada uno, todos lo hacemos distinto.

¿Cómo describirías tu relación con la literatura, con el acto de escribir?
—La paso bien con la escritura, y me gusta pasarla bien. Me gusta escribir dentro de un género, como el terror, por ejemplo; y me gusta escribir cosas bastante desprejuiciadas, jugar un poco. Pero también me importa la trama, soy bastante clásica. No me gusta tanto lo posmoderno, prefiero el relato menos desgastado, me gusta el cuento.

¿Cuándo sentiste que encontraste tu voz?
—No sé si la voz es tan importante ni si es una cosa que buscás. No sé cómo hubiese escrito los cuentos de otro modo. Por supuesto, tenés que tener una voz, pero no sé si hay una manera de buscarla. A lo mejor es un problema mío. Me parece que cuando escribís, eso sale, es como si fuese la personalidad. Y cuando eso no está en un texto, a lo mejor la literatura no es tu lugar de expresión. Si no va, no va. A un cantante le podés enseñar la técnica o cómo poner la voz, pero eso ¿va a hacerlo un buen cantante? Por otro lado escribir, como cualquier experiencia artística, tiene su punto de vanidad, pero la experiencia de la literatura es una experiencia necesariamente solitaria. Hay un momento en el que no te tiene que importar cómo está escribiendo el de al lado; no me importa en serio, quiero escribir sola y mis cosas. A mí no me interesa el grupo de pertenencia en la literatura.

Retrato

La aparición de Mariana Enríquez en el mapa narrativo nacional fue temprana y estruendosa. En el año 1995, cuando tenía 21 años, se publicó —en el sello Planeta, en una colección dirigida por Jorge Lanata— Bajar es lo peor, una novela que fue promocionada en ese momento con bombos y platillos: “La escritora más joven del país”, decían los spots de radio. Juan Forn lo describe como uno de los recuerdos más lindos de su época de editor: “Yo leyendo, ella fumando, yo preguntando a contaduría si podían preparar un contrato tipo y habilitarme un cheque por mil pesos-dólares para que aquella minipunk humeante e indiferente llamada Mariana Enríquez pudiera ir a comprarse una computadora, tipear la novela y traérmela, porque ese día mismo quedaba contratada”. Ha publicado, también, las novelas Cómo desaparecer completamente (2004) y Chicos que vuelven (2010), las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009), Cuando hablábamos con los muertos (2013) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016), los relatos de viajes a cementerios Alguien camina sobre tu tumba (2013) y el perfil La hermana menor.

Un retrato de Silvina Ocampo (2014). Hija única de la unión entre Juliana —médica— y Salvador —ingeniero mecánico—, Enríquez nació en 1973 en Lanús. Cuando tenía diez años, la familia se mudó a La Plata por razones laborales, y allí se convirtió en una adolescente punk que no quería ser escritora sino música o periodista de rock. Por esa razón, después de intentar infructuosamente con la música, estudió Comunicación Social y empezó a trabajar como periodista freelance en varios medios, hasta ingresar a Página/12. Un día, trabajando en la sección Sociedad del diario, le hizo una entrevista a un australiano que había viajado seis años en bicicleta por África. En medio de aquella nota, el hombre se levantó y le dio un beso. Desde entonces Mariana Enríquez y Paul Harper empezaron una relación a distancia y, años más tarde, se casaron. En 2009 se mudaron a una casa del barrio porteño de Parque Chacabuco, donde viven actualmente. Escritora, periodista, docente, Enríquez parece ser dueña de una pluma anfibia: su prosa se mueve con igual fluidez y precisión entre la crónica, los perfiles, las reseñas, y el terror, el realismo y lo fantástico. Este mes estará en Rosario dando una charla en Oliva Libros y un taller de cuentos: “Voy a hacer una anatomía del cuento. Es muy difícil porque no sé bien qué es; se me ocurrió y lo escribí”.

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