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Inagotable Herrero

Oscar Herrero Miranda (1918-1968) es uno de los artistas plásticos más valiosos que haya dado la ciudad. Sin embargo, por razones no develadas, su figura se ve postergada constantemente. En el Castagnino, una muestra permite volver a valorar su inmenso talento.

Domingo 10 de Febrero de 2019

Hace exactamente treinta años, cuando dirigía el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino —y compruebo que muchos de los jóvenes que en este momento llevan la voz cantante del arte contemporáneo (local y nacional), o no habían nacido o concurrían al kindergarten—, en 1988, digo, le dediqué un apasionado comentario a una muestra de Oscar Herrero Miranda que su hija Corina conservó y que, con motivo de esta nueva exposición de la obra de su padre, conmemorativa del centenario de su nacimiento y del cincuentenario de su muerte, amablemente me hizo llegar.

Enfrentado al viejo texto —¡más viejo que un artista emergente!—, no dejan de sorprenderme varias cosas: la vehemencia de mi propio discurso, evidentemente admirado y saturado de adjetivación elogiosa, la absoluta vigencia de ciertas apreciaciones, como cuando hablo del "voluble, fértil e inagotable Herrero", y, por fin, la insólita circunstancia de que un rosarino (por adopción) que en 1956 representó al país en la codiciada Bienal de Venecia -la misma en que Antonio Berni obtendrá el Gran Premio de Grabado varios años más tarde-, haya sido tan injustamente olvidado o, para mejor decir, tan injustamente "ninguneado", y conste que si apelo a la espantosa palabreja, es después de haber confirmado que el diccionario ya la admitió y, en consecuencia, la registra.

¿Cuál habrá sido el pecado de Herrero, para que se torne una tarea tan ardua el tratar de recordarlo, homenajearlo, y ponerlo en valor? ¿Ser demasiado talentoso, quizá? Cuando se asiste a la entronización de figuras que son un puro bluff urdido por teóricos y curadores, y que solo merced al padrinazgo oficial acceden a los espacios de legitimación, el olvido de Oscar Herrero Miranda, con la magnitud y calidad de una producción que tan sólidamente lo respalda, resulta doblemente indignante.

Una vez hechas estas salvedades, lo único que cabría agregar es que sumergirse una vez más en el mundo personalísimo de este gran artista sigue siendo una experiencia fascinante, y cuya renovada frescura el transcurrir del tiempo nunca podría malograr...

La muestra que el Castagnino exhibirá hasta el 31 de marzo de 2019, denominada Encuentros dialógicos, tiene carácter itinerante —antes de recalar allí recorrió, como si de un humilde peregrino se tratara, otros puntos de la ciudad—, con la simpática modalidad de que su configuración se fue modificando en cada sitio, gracias al concurso de colecciones públicas y privadas, de modo que, si bien el Museo aporta ahora piezas de su patrimonio tan emblemáticas como El matador de 1965, Las Pacheco de 1954 o La espera de Mec de 1956, también es posible descubrir en el contexto general de la exposición otras obras mucho menos vistas, y hasta me atrevería a decir que desconocidas.

Pero lo cierto es que el "inagotable Herrero" sigue seduciendo en todas y cada una de sus infinitas propuestas, ya sean estas de pequeño o gran formato, acromáticas o coloreadas, figurativas o abstractas, dibujadas o pintadas, sobrias en la dosificación de la materia pictórica, o pródigas hasta devenir costras de un volumen decididamente táctil.

El conjunto de dibujos, pinturas y collages que ha sido reunido en esta oportunidad, al provenir de diversas etapas productivas, a veces muy distantes en el tiempo, lo que ratifica y subraya es lo que ya todos conocíamos: la multiforme poética del autor y la versatilidad de sus recursos expresivos, consolidados siempre por una calidad plástica sin fisuras.

Así es como desfilan ante nuestros ojos abstracciones como velos flotantes, que luego se imbrican en un equilibrio trémulo y perfecto, seres grotescos que se burlan del contemplador, poniendo en evidencia la cuota de idiotez que todos llevamos adentro, una mujercita ingrávida aferrando la luna como si se tratara de un espejo, esas otras mujeres secas y espectrales —tan herrerianas—, devoradas por la desmesura del paisaje y, utilizando solo una paleta de acromáticos, el escorzo de un pescador que, pese a sus pequeñas dimensiones, adquiere una grandeza solemne y monumental.

Finalmente, se reaviva aquel famoso estereotipo de la figura femenina que Herrero instalara —¡cómo clama la muestra por la contundente presencia de alguna de sus célebres Totó!— y que, tal vez, se haya convertido en su sello identificatorio por excelencia: gordas de Rubens, pero planas, con la nariz recta, muy recta, la boca exigua, el mentón groseramente voluminoso, sensuales, tiernas, cómicas —de cómic—, tan amorales como Eva antes de la caída, y deliciosamente absurdas...

Y como Oscar Herrero Miranda fuera además un educador nato, no solo refrenda aquí el carácter "proteico" de su arte —Proteo era aquel dios marino de la mitología, que podía cambiar de forma cuando se le antojase—, sino que imparte una clase magistral sobre el sabio oficio de pintar, y de abordar (también con enorme sabiduría), todos los registros que conforman el repertorio del lenguaje plástico.

Data

Oscar Herrero Miranda
Encuentros dialógicos

Curadores: Corina Herrero Miranda y José Claudio Ruiz.
Museo Juan B. Castagnino.
Avenida Pellegrini 2202.
Martes a domingos, de 15 a 21.
Hasta el 31 de marzo.


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