Enfoque

Hacerle frente al negacionismo

Ayer se evocó un nuevo aniversario del genocidio turco contra el pueblo armenio, perpetrado entre 1915 y 1923. La autora de esta nota evoca el horror y convoca al reconocimiento, necesario para restablecer la memoria y curar el presente

Domingo 25 de Abril de 2021

“El esfuerzo por eliminar el rostro no puede contra él cuando todavía se lo puede mirar de frente”.

David Le Breton

La colectividad armenia de Rosario recordó ayer, 24 de abril, 106 años del Genocidio llevado a cabo por el Estado turco entre 1915 y 1923, con una consigna: con los rostros del pasado, de cara al futuro.

El Estado turco sigue negando el genocidio. Aún hoy, pleno siglo XXI, lo niega. Asesinaron a más de un millón y medio de personas y muchos de quienes pudieron sobrevivir lo hicieron huyendo hacia otras tierras.

A la Argentina llegó una de las diásporas más grandes. En Rosario viven hoy alrededor de medio millar de personas que descienden de los armenios que escaparon de la matanza. Son aquellos cuyos apellidos difíciles de pronunciar terminan en “ian” (como Karadajian, Nalbaldian, Sarkissian, etcétera), de rasgos bien marcados, narices grandes, ojos rasgados y tupidos y cabellos oscuros y enrulados. Todas esas características: el rostro de la armeneidad, ese que quisieron aniquilar los turcos. Pero cada armenio, cada armenia lleva además de su propio rostro, su singularidad. Con las huellas y las cicatrices de los de sus familiares.

El 26 de septiembre del año pasado las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán, apoyadas y financiadas por Turquía, lanzaron un ataque a gran escala contra el territorio de Artsaj. Bombardearon e incluso atacaron y asesinaron a miles de civiles armenios que vivían allí.

En medio de una pandemia, cuando los medios de comunicación tenían su agenda llena de covid, azeríes y turcos apuntaron nuevamente contra los armenios. Otra vez hablaron de “guerra” y de “conflicto territorial”, pero era agresión, era califato y pudo ser un nuevo genocidio. “Hasta hace un año, nuestro objetivo era transmitir la cultura armenia, la historia, las recetas y pedir que se reconozca el genocidio. Pero el año pasado tuvimos que difundir y pedir que no vuelvan a matar a los armenios en sus propias tierras, tal como les pasó a nuestros abuelos. Fue muy movilizador. Visibilizamos una masacre en pleno siglo XXI”, dice Anabela Avedisian, miembro de la comisión directiva de la Colectividad Armenia de Rosario, y agrega: “Por eso insistimos en que el riesgo de negar el genocidio es repetirlo”.

Mirar de frente

“Con los rostros del pasado, de cara al futuro” es el lema que las y los descendientes de armenios eligieron para conmemorar el 106º aniversario del genocidio.

La guerra librada por Azerbaiyán los obligó a mirarse en el espejo de sus antepasados. Se encontraron con el horror de que no solo seguían sin reconocer lo sucedido, sino que estaba ocurriendo nuevamente: asesinaban y torturaban a los armenios que vivían en Artsaj para ocupar ese territorio.

Los armenios de la diáspora miraron de frente a sus familiares que migraron, se reconocieron en ellos y su historia y hoy recuperan sus rostros para hacerle frente al negacionismo turco. El presidente de la Colectividad, Juan Danielian, cuenta que este año invitaron a todos los descendientes a buscar fotos de sus antepasados que llegaron a la Argentina huyendo de la muerte, y a sumar también fotografías de los rostros de las nuevas generaciones, para producir un audiovisual. Una sucesión de rostros como narración de aquella historia del pueblo armenio. Un sintagma de rostros como indicios de aquello que los atravesó, pero que aún no es nombrado por sus causantes. Aquellos rostros, que quisieron borrar, hoy miran de frente.

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Anton Sahakian, bisabuelo de la autora de la nota, sobrevivió al genocidio armenio.

Anton Sahakian, bisabuelo de la autora de la nota, sobrevivió al genocidio armenio.

“Imagino las historias detrás de esos rostros, imagino el miedo que deben haber sentido y una profunda admiración por su capacidad de resiliencia, y me pregunto cómo hubiera sido si alguno de esos rostros hubiera sido el mío”, dice Iara Yousoufian, también miembro de la comisión directiva, tocándose la panza donde está su primera hija, y cuenta que sumará a las fotografías del video una captura de la ecografía de Olivia.

“El genocidio armenio y las atrocidades que vivimos son conocidos por todo el mundo. Pero desgraciadamente, aún no es reconocido por todos los países. Por eso seguimos luchando y pidiendo justicia”, explica Danielian.

Esta es su forma de hacerle frente al negacionismo turco: mirando a la cara. Esos rostros son sus referencias para seguir pidiendo justicia, para que horrores como el que vivió la humanidad en 1915 no vuelvan a ocurrir.

Los rostros como evidencia

Las manos y el rostro son las únicas partes del cuerpo que llevamos “desnudas”. Durante el genocidio armenio hay una historia de huellas que aún hoy son un discurso susurrado, poco narrado, porque es una historia de mujeres. De las mujeres armenias y su desnudez luego del genocidio.

Las mujeres que sobrevivieron, además de marcas invisibles, llevan cicatrices de tinta. A las que no mataban, los turcos las tatuaban en sus rostros y manos, para identificarlas como de su propiedad.

Tatuaban las únicas partes de sus cuerpos que podían llevar desvestidas. Y esos tatuajes significaban también secuestro, violación, maltrato, esclavitud. Anulaban sus rostros con aquellas manchas, los deformaban.

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Mujer armenia tatuada por los turcos.

Mujer armenia tatuada por los turcos.

Aquellos rostros de mujeres son también evidencia de lo que los turcos aún no reconocen. Esos estigmas como firmas de una obra atroz. Violentadas por un régimen patriarcal que deseaba destruirlas, marcarlas, fijarlas, a ellas, las valientes mujeres armenias.

Las que sobrevivieron debieron arreglárselas solas con su cuerpo, con las manos ultrajadas, ya sin líneas de vida, tatuadas con líneas de negra muerte. Con rostros de rasgos marchitos por un frío que ya nunca se les iría del cuerpo.

Los turcos les habían desnudado las únicas partes de su cuerpo que podían llevar sin tapar. Se sintieron obligadas a taparse las manos, a vestirlas, a usar guantes para ocultarlas, a intentar remover los tatuajes con ácido o hacerse cirugías plásticas. Les hicieron sentir vergüenza de las partes más humanas del cuerpo. Y muy pocas pudieron hablar sobre esto, porque qué puede decir un rostro que no se reconoce.

La espera

Recep Tayyip Erdogan, el actual presidente turco, aún afirma: “Nadie puede decir que Turquía haya cometido un genocidio contra los armenios”. Los nietos y bisnietos de aquellos que pudieron migrar para buscar refugio en otras tierras, sí pueden: fue genocidio. Siguen esperando aquella pronunciación que puede ser reparadora para las generaciones actuales. “Porque el reconocimiento de algo, en todos los aspectos de la vida, es habilitar. Es el primer paso para poder hablar y cambiar”, dice Anabela Avedisian.

“Cuando veo en el tiempo todo lo que hicieron, todo lo que forjaron en la ciudad de Rosario nuestros antepasados, me produce mucho orgullo. Nunca se quejaron, nunca hablaron del pasado sino del futuro. Trabajaron de sol a sol para reconstruir todo. Lo que les pasó fue terrible, pero su supervivencia fue más fuerte que eso que atravesaron”, relata, por su parte, Danielian.

Ver los rostros de sus antepasados junto con los de las nuevas generaciones es también una esperanza. Un legado que sobrevivió y una herencia que insiste en que reparen la historia, en que lo reconozcan. Porque negarlo es repetirlo.

En clase de armenio aprendimos que “abril” se dice igual en armenio que en castellano. Pero en armenio, además del mes, quiere decir “vivir”. El mes en que comenzó la matanza es el mes que para el pueblo armenio significa vida. Desde su origen, desde su lengua materna, se hacen fuertes y resilientes. Quisieron enterrarlos en el mes en que el pueblo armenio germina.

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