La Ciudad

El arte como medida de una mágica ciudad

El poeta y traductor Jorge Fondebrider conoce Dublín como la palma de su mano y en un libro recientemente publicado revela secretos de su peculiar encanto.

Domingo 17 de Mayo de 2020

Irlanda es un país especial, donde la poesía tiene peso específico propio y se confunde con la vida cotidiana. El poeta, ensayista y periodista cultural Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) ha dedicado gran parte de su vida al estudio de la literatura irlandesa, y ha visitado Dublín en innumerables ocasiones. En un reciente y recomendable volumen, Dublín, publicado en España, Fondebrider dispara: "Sospecho que sus escritores, sus músicos, sus artistas en general son la auténtica medida de Dublín. Ellos leen en la gente lo que la gente ofrece y ayudan a preservarlo construyendo la versión de la ciudad que seguramente va a perdurar más allá de la absurda Spire of Dublin, una aguja de metal, carente de toda gracia que, con sus 119 metros de alto afea O'Connell Street".

La colección Cosmópolis de la prestigiosa editorial Pre-Textos cuenta con textos sobre ciudades escritos por autores de la talla de Jules Laforgue y John Ruskin. Sabiendo esto, ¿cuáles fueron tus cuidados literarios a la hora de escribir este volumen?

—Cuando escribo un libro, trato de que sea el mejor posible. Por prestigiosa que sea la colección —y, sin duda, Cosmópolis lo es— no tengo en cuenta el marco en que se va a publicar lo que escribo. Mi única responsabilidad es que la parte que me toque esté bien escrita. Yo, sin embargo, no me remontaría a Laforgue y a Ruskin. Diría más bien que me da mucho gusto saber que Miguel Ángel Petrecca —que escribió un espléndido libro sobre Beijing— y yo estamos en una misma colección.

Dublín es un trabajo historiográfico-enciclopédico y entra en diálogo con muchas tradiciones. Sin embargo, funciona por sí solo, y los géneros literarios desaparecen en su lectura. ¿Cómo se gestó la construcción de este libro?

—Me da mucho gusto que me digas eso. Para explicarme, empiezo por decir que desde hace muchos años no leo novelas ni crítica literaria argentina, lo cual, por un lado me permite tener mucho tiempo para leer historia, ciencias sociales, divulgación científica y no ficción en general y, por supuesto, poesía, que es mi primer amor; por otro, me da libertad para encontrar cosas que narrar más allá de la ficción. De todos los temas posibles de narrar, uno de los más inmediatos es la ciudad, porque ofrece una historia y un paisaje por el que transcurren no sólo nuestros días, sino los días de quienes nos precedieron. Hice dos libros testimoniales: uno sobre Buenos Aires vista por extranjeros y otro sobre París vista por argentinos. Escribí una historia de la Patagonia, donde cada hecho se relata a través de versiones encontradas de ese mismo hecho. Como viajé unas diez veces a Dublín, el tema se me impuso. Llegué por su literatura y por su música. Luego la ciudad me dio amigos a quienes les pregunté todo lo imaginable. Ahí está el germen de la obra.

¿Cuál es el poeta y el lugar que más representan a esta ciudad?

—Todo el mundo dice que el norte y el sur de la ciudad son distintos. Algunos, incluso, lo admiten en público. Supongo que la ciudad es tanto el norte como el sur, como en todas partes. En Buenos Aires, están La Boca, San Telmo, Barracas, San Cristóbal, todos barrios que detesto y evito, pero que, no me queda otro remedio que reconocerlo, forman parte importante de la ciudad. A mí, por lo que llevo visto, el sur de Dublín me gusta más que el norte, pero el norte es tan Dublín como el sur. El hecho de que los poetas vivan en uno u otro sector es, para mí, bastante irrelevante. Puesto a elegir un lugar, siempre me sentí muy a gusto en Saint Stephen's Green, un gran parque situado al sur del sur de la ciudad, rodeado por casas georgianas del siglo XVIII.

Fuiste muchas veces a Dublín y allí pudiste conocer a poetas como Seamus Heaney. ¿Cómo es posible que en un país como Argentina estos datos no resulten importantes?

—Justamente, porque la Argentina es como es. Para ser claro: nadie conoce a Susana Rinaldi en París, pero ella se encargó de contarle a todo el mundo que había "triunfado" en L'Olympia, teatro, donde, por otra parte, se presenta muchísima gente todo el año. Yo no ando por la vida presentándome como "triunfador". Tampoco busco ser simpático. Lo que hice y aquellos a quienes conocí están en mis libros. Muchos de ellos no tuvieron ninguna reseña en los medios. Esa no es mi responsabilidad. Vuelvo al principio: mi trabajo consiste en tratar de escribir de la mejor manera que pueda aquello que me propongo escribir. Borges decía que no se puede confiar en quien publicite los méritos de algo o de alguien cuando es parte interesada. Me parece un punto de vista sólido.

En Dublín hay muchos momentos en que recurrís a la poesía para explicar determinados aspectos. Esto es algo admirable en una época donde los estudios culturales y la sociología se ponen por delante de verdades esenciales. ¿Qué podrías decir al respecto?

—Uno debe servirse de aquello que tenga a mano. Antes de llegar a Dublín, como te dije, estaba la música irlandesa, que me llevó a la poesía irlandesa y ésta, a la literatura irlandesa en general. Vi muchas cosas, me informé sobre ellas, leí para documentarme y terminar de entender, volví a mirar y a preguntar y, a veces, llegué a un punto en que descubrí que alguien, mediante un poema, había expresado con total claridad lo que yo quería decir. ¿Por qué no recurrir a ello? Al principio del libro, sin ir más lejos, menciono un ejemplo: Louis MacNeice, uno de los mayores poetas irlandeses de todos los tiempos, en un magnífico poema suyo habla de las bolsas de arena delante del Correo. Son las bolsas que los revolucionarios irlandeses pusieron para defenderse de las balas británicas en la Pascua de 1916. La referencia es transparente para un irlandés, pero no para alguien que no sea nativo. Citar esos versos me permite develar la historia que hay detrás de ellos. Es, me parece, una de las varias funciones que tiene la poesía.

Fragmento de "Dublín"

Al ir más hacia el sur, resta mencionar las extensiones de verde que ocupan buena parte de ambas márgenes del Grand Canal que, como el Royal Canal —ubicado en este caso en el norte de la ciudad—, definen generalmente los límites de lo que se denomina "ciudad interior". Ambos canales fueron construidos con el propósito de proporcionarle a Dublín una vía navegable que permitiera tanto el transporte de pasajeros como el de carga, entre la ciudad y el río Shannon. El Grand Canal fue construido entre 1756 y 1804 y recorre unos 132 kilómetros antes de llegar al Grand Canal Dock, en Dublín. El Royal Canal, en cambio, se construyó entre 1790 y 1817 y, luego de recorrer 140 kilómetros, termina en el Spencer Dock, en cuyos alrededores se encuentran las sedes de una serie de organismos públicos y privados.

Un paseo que hice muchas veces es el que va desde el Macartney Bridge (conocido por todo el mundo como el Baggot Street Bridge) hasta el La Touche Bridge (al que se identifica como Portobello Bridge), pasando por el Eustace Bridge (también, Leeson Street Bridge), el Luas Bridge y el Charlemont Bridge. Se trata de una sucesión de veredas generalmente arboladas, separadas por los mencionados puentes y una serie de esclusas, que, hacia el norte, suelen dar a casas residenciales, restaurantes diversos y pubs. Guardo un especial recuerdo del área cercana a Portobello: en ese lugar, una increíble noche de invierno, después de visitar al poeta Michael O'Loughlin y su esposa, vi cómo se desplazaba sobre el agua, envuelta en la bruma, una fantasmal bandada de cisnes gigantescos, de los que viven en esa parte del canal. Más abajo, sobre Mespil Road —una de las veredas que bordean el canal— está la estatua del poeta Patrick Kavanagh. Allí, todos los años, el 17 marzo, coincidiendo con el día de San Patricio, se reúne un grupo delante del banco en donde espera pacientemente sentado el poeta hecho en bronce, leen textos suyos y brindan por él, como quizás, si nos atenemos a los versos de Lines Written On a Seat on The Grand, Dublin, un poema que escribió a la memoria de Mrs. Dermot O´Brien, le habría gustado que se hiciera":

Versos escritos en un banco del Gran Canal, Dublín

Recuérdame donde haya agua,

preferentemente, agua de canal,

muy calma

y verde en el corazón del verano.

Hermano, recuérdame así,

bellamente donde, junto a una esclusa, ruge como un Niágara

de cascadas para aquellos sentados

en el tremendo silencio

de mediados de julio. No hablará en prosa nadie que encuentre en su camino hasta estas islas parnasianas.

Un cisne va con la cabeza gacha de

muchas disculpas,

luz fantástica mira a través de los ojos

de los puentes…

¡Miren! Una barcaza llega trayendo de Athy y de otros pueblos remotos

mitologías.

Oh, recuérdenme sin tumba de valiente héroe; apenas un banco en el canal para el paseante.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario