“El dedo de Colón al final de las Ramblas señala hacia la tumba de su madre en Rosario, Argentina” leemos en la contratapa de El para-simpático, de Edgardo Dobry, mientras que en el prólogo de Viaje a la luna, de Alejandro Hugolini, Julieta Lopérgolo pregunta si “es la muerte de la madre lo que pone al poeta a escribir”. De este modo, tomando la figura de la madre nos encontramos con dos libros de poesía tan diversos entre sí.
En el caso de Dobry, rosarino residente en Barcelona, que ya ha publicado Cinética, El lago de los botes, Cosas, Pizza Margarita y Contratiempo, crítico, traductor y profesor, nos topamos con poemas con un esmerado trabajo formal, en el ritmo, a través del uso de referencias culturales y mitológicas, y de recursos tales como el encabalgamiento, conviviendo con un tono que roza por momentos lo prosaico o lo cotidiano, o también lo humorístico. “No te dictan estas líneas el amor o la musa; / son respuesta a una voz que a la hora de la siesta / es neutra como de encuestadora”.
La obra –cuyo título referencia al sistema nervioso que regula las actividades del cuerpo en reposo– se divide en tres secciones, Peso neto, Como todo y El réquiem –este último, un largo texto dedicado a J. B., “psicoanalista, ensayista y maestro argentino” –.
Versos como “la monodia que releva al ruido / cuando la claridad se enfría y el agua / recogida de las duchas atraviesa tu cabeza, // después de recoger larga sentina // que al final del día se espirala” coexisten con una Meditación en la muerte del Trinche Carlovich en la que dice: “Ayer murió Carlovich y los diarios / hablan de Central Córdoba y del crack / que prefirió un equipo de tercera / a la gloria y carrera caudalosa”.
De esta manera surge un entramado donde el recorrido va desde la lírica hasta lo narrativo o anecdótico, con citas de Montale a Baldomero Fernández Moreno y el homenaje al tantas veces citado poema Solo para decirte de William Carlos Williams sobre las ciruelas, manteniendo el rigor de una misma voz que sostiene y da cuenta de lo poético. En efecto, la percepción y su decantación en imagen: “Nada de eso depende de nosotros / pero no existiría sin nosotros, / si no viéramos los dedos de la tarde / entre dientes de cobre y viola”.
Las manos del crepúsculo
En el caso de Hugolini, nacido en la vecina localidad de Ibarlucea, y quien publicara en narrativa Llueve sobre los rieles y La montaña y la noche, en su primer libro de poesía trabaja con un registro propio del sencillismo –pero en clave contemporánea, alejándose del clasicismo en lo formal de un Pedroni– la muerte, pero sobre todo la vida, de su madre; a la vez que el camino de la infancia a la adultez.
El poemario posee tres secciones, Tiempo, Mujer, Niños y aire –donde en un único poema con una cita del sacerdote y poeta Rogelio Barufaldi, una garza blanca “cruza el cielo con empeño / hacia el oeste / y pronto es un punto leve / que se disuelve / en la transparencia del aire”. No en vano dice Bachelard que “por el aire toda la vida y todos los movimientos son posibles”.
Poesía confesional y narrativa, que igualmente descansa en la imagen, como en el verso final antes citado, o en una “preciosa hilera de árboles / donde los tordos se acomodan / en las manos del crepúsculo”, y que se consolida en una especie de road movie por el tiempo –por la historia del autor–, como subidos al 404 de su padre que “devoraba los caminos”.
Y por supuesto, como un corazón palpitante en este Viaje a la luna, esa madre que pudo esquivar una vez a la muerte pero que finalmente es despedida con esos gestos que resuenan en el poema: “Te acaricio el pelo / como si lo peinara. / Hace cincuenta años / que estamos juntos / y hago esto / por primera vez. // Yo no puedo darte / la vida que me diste, / no puedo parirte, mamá. // Adiós, bella durmiente”.
De esta manera Hugolini busca serle fiel a su propia concepción de la poesía “como un intento desesperado por atrapar ciertas epifanías, cierta memoria, por plasmar en palabras lo que inevitablemente se lleva el tiempo”, en la concreción de “la historia de un vínculo”.