Poesía/Crítica

Cuando amar y escribir se vuelven lo mismo

En su último libro, El revés, el también narrador Marcelo Scalona hace una fuerte apuesta por un discurso netamente confesional

Domingo 29 de Noviembre de 2020

El revés es el tercer poemario del escritor rosarino Marcelo Scalona. Revés etimológicamente refiere a la parte contraria de algo, como la que el yo poético declara preferir en el poema inaugural (“me gustan cosas que otros rechazan:/ gritar, mojarme, el mate lavado/ (…) // Que se corte la luz algunas veces/ los cementerios/ me gustan los senderos entre las tumbas/ más que los pasillos del sanatorio/ aunque tengo fetiche con las enfermeras”), pero también significa golpe, infortunio, desgracia o accidente, como todos esos reveses de los que se da cuenta en este libro: los íntimos, los familiares y los políticos. Ya desde el epígrafe de García Lorca, se nos invita a pensar en las múltiples significados del título, “No soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,/ pero sí un pulso herido/ que ronda las cosas del otro lado”.

El libro inicia con un poema torrencial de título homónimo elaborado como un collage donde lo cotidiano y trivial, lo infraordinario como le habría gustado a Perec, se mezclan con referentes de la alta cultura. Así Virginia Woolf o Alfonsina Storni aparecen mencionadas en el mismo verso en que se habla de la abuela del poeta, y Macedonio Fernández, junto a los borrachos y las calles de tierra. En este primer poema, y a la largo de todo el libro, Scalona parece afirmar que lo íntimo es político y viceversa. En palabras del propio poeta: “La cicatriz de un bebé/ es la costura del mundo”.

Ese pulso y estética iniciales se mantienen constantes a lo largo de casi todo el poemario, excepto por un haiku y algunos poemas de aliento más breve y contenido. Porque el poemario es cercano al gesto expresionista y más afín a la impureza vallejiana que a la estética nerudiana. En él se despliegan alusiones y escenas sobre la belleza femenina y el (des)amor (pienso por ejemplo en los poemas “Xia”, “Trenes”, “El corazón chino de la soledad” o “No”: “¿Por qué nos enamoramos/ de las cosas más simples?”); el movimiento placentero de los viajes y el menos acogedor, el de los vaivenes políticos argentinos. El revés está también trufado de versos que refieren a los desclasados y a la pobreza (destaco especialmente ese gran poema que es “Joker”, que arranca con estos versos desgarradores acerca de la pérdida del poder adquisitivo del yo poético: “Las compras vuelven a caber en las manos”) y de referencias culturales. En este sentido, los poemas de este libro tienen su lado B, como los viejos longplays: el acervo literario, pictórico, musical, en suma, las referencias culturales de su autor.

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Podría argüirse que toda la poesía, por definición, es confesional, en tanto que registra los estados de ánimo, los sentimientos y la visión del mundo del poeta. No obstante, algunos poemas de El revés son más abiertamente revelatorios, más detallados en su exposición analítica del dolor, la pena, la tensión, la alegría o la melancolía, como en el conmovedor poema “Mamá”, uno de mis favoritos, en los que el amor y la escritura y lo indecible de la muerte forman un solo magma (“Con el tiempo lo recuerdo así:/ yo escribía en la oscuridad/ con el velador de la mesa de luz apagado/para no molestar a mi madre enferma./ (…)// Supongo que ella quería estar segura/ antes de irse/ de que pasara lo que pasara,/ yo podría escribir en la oscuridad”). En consonancia con esta línea confesional, se advierte en Scalona un uso del lenguaje crudo, íntimo y psicológico. Las palabras del poeta norteamericano Walt Whitman en relación con su poemario Hojas de hierba son una excelente definición de la impresión que me dejó la lectura de El revés: “Quien toca este libro toca a un hombre”. A un hombre que, en “Plaza Zabala”, comprendió que amar y escribir eran lo mismo, y da cuenta de ese amor en cada verso. Y quizá por ello, propone en los versos de su último poema “Fade” una muerte amorosa e indolora que se parezca a la desaparición del poeta francés Rimbaud: “Nadie/ lo hizo mejor que Rimbaud:/ una retirada lenta,/ y cuanto más despacio/ más lejos se va/ para que desaparecer/ no se sienta/ como una herida/ que hacemos a los otros”.

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