Con respecto a la carta del lector Aníbal Castañeda del pasado 3 de marzo, en la que se refiere al desaliento que va a provocar en la construcción el nuevo Código Urbano, quiero comentar que estoy en un todo de acuerdo con él. Pero quisiera agregar algunas cosas más. Indudablemente la Municipalidad sabía que para sostener y llevar a buen puerto este código necesitaba indefectiblemente de un cierto apoyo popular. Por eso, y creo que muy astutamente, instauró la idea entre los rosarinos de que esta medida iba destinada a golpear duramente a las grandes y poderosas empresas constructoras que tanto dinero han ganado en esta ciudad. Es sabido, aunque desconozco la razón, que muchos experimentan un cierto placer cuando se enteran de que algún poderoso está en problemas o la está pasando mal. Pero en este caso nada más alejado de la realidad. Las grandes empresas que construyen en Rosario no van a perder nada. Ellas operan acá porque resultó ser un mercado muy rentable. Una vez que entre en vigencia el nuevo código y el negocio deje de ser lucrativo, levantan carpa y se van a otra ciudad (Córdoba, Buenos Aires) donde van a ser recibidos con los brazos abiertos porque saben que con ellos vienen las inversiones y sobre todo los miles de puestos de trabajo. Los que vamos a perder somos todos los rosarinos, pero en especial todos los que están ligados laboralmente al sector de la construcción (que son muchísimos). Me pregunto ¿tan lejos quedó en Rosario el flagelo de la desocupación que nos podemos dar estos lujos? ¿Y en pos de qué? Sería bueno que todos tomemos conciencia de esto para que, llegado el momento, no nos quieran volver a engañar diciéndonos que todo el desastre fue producto de la insensibilidad de los empresarios.



























