En un país como el nuestro —y en el interior— durar dos décadas es una hazaña. No es un secreto que los argentinos somos adoradores de lo efímero, de lo transitorio, de lo circunstancial. El denodado esfuerzo, la continuidad en la calidad, el afán por perdurar, son tres aves raras en nuestro cielo cotidiano. Por eso hay que felicitar y felicitarnos por la Fundación Libertad de Rosario. La perseverancia en el alto nivel —nunca negado— es la piedra de toque del homenaje. Porque la Argentina, nuestro atribulado país, no tiene otro camino para salvarse que la altura. Sólo por arriba coronará la tarea inconclusa de la formidable generación del 80 del siglo XIX. El puñado valioso de gobernantes de entonces nos enseñó para siempre cuál era la clave de bóveda del progreso individual y colectivo: "ostinato rigore". Esa frase, inaugurada por Leonardo en las paredes de su estudio en Florencia, resume y compendia lo que es la civilización occidental, el primer mundo, el plano de vida de una sociedad libre y plena. La Fundación Libertad se propuso educar esa cultura. Encarnó el destino que deseaba Juan Ramón Jiménez para sus poemas. El, los dedicaba siempre a la inmensa minoría. La minoría que piensa y que siente. Una minoría inmensa. Que rompe la trama y la trampa de cualquier oligarquía. La gente que protagoniza desde hace veinte años esta aventura de aletazo y de vuelo tuvo y tiene esa misma estrella polar. Labora sabiendo que la aristocracia es siempre fundadora; nunca hereditaria. Que esa aristocracia puede ser alcanzada si se cuida la cabeza y el alma de cada aspirante. No son sólo los veinte años transcurridos en plenitud lo que aplaudimos. Es Ωsobre todoΩ esta aristocracia del espíritu.



























