Al avecinarse una elección, los candidatos que se postulan a ocupar los cargos en cuestión prometen, tal vez exageradamente, ocuparse de que sus proyectos, loables en su mayoría, se hagan realidad. Los logros que se obtengan serán no sólo para sus votantes sino para toda la sociedad. Da la impresión de que el candidato no obtiene ningún beneficio para sí. Es más. De existir, algunos confiesan que no lo necesitan dada su solvencia personal. Parecería entonces que asistiéramos a una especie de apostolado del cual sólo la población puede resultar beneficiada. Las próximas elecciones italianas no constituyen una excepción. Según se cuenta, cuando se llegue al Parlamento, otra será la vida para los italianos que vinieron a poblar (y a hacer) la Argentina y que por diversas circunstancias se empobrecieron. Tampoco se van a descuidar las relaciones culturales, comerciales, etcétera, que tradicionalmente nos unen. Una cosa es clara: todo será financiado con el dinero de los contribuyentes italianos que, es bueno recalcarlo, no lo están pasando nada bien. A juzgar por lo que se dice se logrará, el futuro será inexorablemente venturoso, ya que todos los candidatos tienen proyectos que asombran por su magnanimidad. Ahora bien, los mismos candidatos estaban aquí y entre nosotros cuando el Hospital y el Club Italiano se iban paulatinamente endeudando llegando actualmente a cifras decenas de veces millonaria entre ambos. Creo que debieran contarnos cómo pudo haber pasado semejante despropósito sin que ellos pudieran hacer algo para evitarlo.



























