Recuéstese el lector sobre algún costado de su memoria, para darse cuenta desde allí lo mucho que significan veinte años en la vida de alguien. Piense luego qué significarían los primeros veinte años en la vida de ese mismo alguien o en la vida de cualquier otro. En el tiempo de existencia de las instituciones acaso esa medida sea un tanto menos trascendente, dado que pudiera presumírseles a ellas una longevidad mayor. Sin embargo, veinte años de una organización del tipo de Fundación Libertad, en un país frágil en muchas de sus más mínimas institucionalizaciones, es sin lugar a dudas algo significativo. Para empezar habría que reconocer el acierto de sus fundadores, o al menos la convicción de sus ejecutores. Pero además, es necesario resaltar el renovado apoyo de todos y cada uno de aquellos que con su esfuerzo empujaron y financiaron el proyecto, o en el crédito que tantos otros más le hubieron otorgado al fruto de sus realizaciones. Planes que son ideas en acción, pero a la vez, sentimientos en continua ebullición. Porque lo bonito de la libertad es que parece ser una idea hasta que uno toma nota de que se trata en verdad de un sentimiento. Un sentimiento que nos lleva a profesar su culto para promover la realización "felicitaria" de más y más gente. Personas que asumiendo sus propias responsabilidades son capaces de ascender económica y moralmente. No a la coacción, no a la dominancia de algunos sobre algunos otros. No a las imposiciones de las minorías sobre la mayoría, ni tampoco a la inversa. Decir no al otorgamiento de privilegios a terceros, pero tanto más a los que uno mismo hubiera podido quedar en condiciones de recibir. Por ende la libertad es, tal como sugiriera Hayek, el único modo de hacer posible la elevación moral de las personas.



























