
Los trabajadores argentinos han sufrido a lo largo de las últimas décadas no sólo una sensible disminución en sus ingresos relativos (desde ya preocupante), sino también una desvalorización por parte de nuestros dirigentes del significado de la palabra "trabajo". Palabra que dignifica y que se la reemplazó con un peregrino invento denominado "asistencialismo". Esto se inicia demagógicamente en la década de los `80, pero no ha dejado de ser aplicado por ninguno de los gobiernos posteriores a esa época. El asistencialismo ha desmenuzado la dignidad humana y la ha convertido en servidumbre humana. Hoy, el hombre cuyo abuelo fue "changarín" porque no tenía trabajo fijo, que esperaba pacientemente en algunos lugares clave de la ciudad que alguien lo contratara para descargar un camión, para cavar un pozo, o desmalezar un terreno, y que una vez terminada la eventual tarea regresaba a su casa con unos pesos con qué alimentar a sus hijos; hoy, el nieto de aquel hombre pobre pero digno, se pasa las tardecitas sentado a la puerta de su vivienda precaria, tetrabrick "a le main" (como dicen los franceses), esperando el día que le toca cobrar el "plan jefes". Pero nada de esto es casual. Todo tiene que ver con un plan pacientemente elaborado para hacer del hombre un vasallo del feudalismo político que nos gobierna, que en base a eslóganes que pregonan la solidaridad social le quita a quien gana el pan con el sudor de su frente, para (en el mejor de los casos) favorecer aviesamente a un elector cautivo que le asegure la perpetración en el poder. Y por favor, no le echemos toda la culpa a Bush ni a las multinacionales. Así como Aristóteles le decía a su discípulo Alejandro: "El enemigo está dentro de nuestro propio ejército", no olvidemos que nuestros gobernantes no son "importados". Los gobernadores, presidentes, legisladores que tenemos, vivían aquí no más a la vuelta o en la otra cuadra, eran "del barrio" e iban a nuestra misma escuela.
Carlos Cambiasso Picasso, [email protected]




