Hace ya un buen tiempo, desde que Rosario adquirió aires de "ciudad turística", he estado tentado de considerar un tema que debe preocupar a las autoridades, aunque más no sea por lo del turismo. En el fondo creo que debieron preocuparse desde antes, pero así son las cosas. Por razones profesionales (giras artísticas) he tenido oportunidad de conocer otras tierras, y las hubo de todo color y pelaje. Me tocó recalar en hoteles de cinco estrellas, de dos y de ninguna, albergues estudiantiles, y tener necesidades urgentes en estaciones de ferrocarril de pequeñas aldeas europeas y en grandes centros urbanos. Siempre encontré baños relucientes y con olor a limpio, no con el desagradable olor a "mataolores". En nuestra ciudad la cosa es terrible y no existen prácticamente categorías. Como norma los baños dan asco, con las muy contadas y lógicas excepciones. Otro aspecto que ha llamado mi atención es la altura a que son colocados los mingitorios o urinarios. Somos un pueblo de estatura media y estamos lejos de las correspondientes a la raza escandinava. Existe un libro escrito por un arquitecto alemán (Ernst Neufert, "El arte de proyectar en arquitectura") que considera estos problemas en particular y da las medidas lógicas para la colocación de esos artefactos sanitarios. ¡Hola, arquitectos…! Me pregunto, además: ¿y los niños? Creo que si pretendemos atraer al turismo, las autoridades deberán considerar seriamente el problema. "El que quiere celeste que le cueste". La dejo picando.



























