He leído el pasado miércoles el artículo de Julio María Sanguinetti "Católicos, judíos y ciudadanos", donde comenta la decisión del Papa Benedicto XVI de incluir a partir de este año, durante la liturgia del Viernes Santo, una invocación a Dios para que los judíos reconozcan a Jesucristo, salvador de todos los hombres. En el artículo parece acusar a la Iglesia Católica de intolerancia y de dar un paso atrás en su evolución hacia el diálogo y la convivencia. Me llama la atención que equipare, de algún modo, este decisión con una actitud de condenación a los judíos, cuando es bien sabido el aprecio que el Papa manifiesta continuamente por el pueblo de Israel. Además, esta postura de la Iglesia está en concordancia con lo que escribe San Pablo a los romanos, cuando, refiriéndose al no reconocimiento de Jesucristo por parte de Israel, comenta: "Os digo la verdad en Cristo, no miento,(...): siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo, en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne (...). Hermanos, el deseo ardiente de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es que se salven. Pues doy testimonio en su favor de que tienen celo por Dios, pero sin discernimiento (...). Entonces digo yo: ¿es que Dios rechazó a su pueblo? ¡De ninguna manera! Porque también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín. (...). Digo, pues: ¿es que tropezaron hasta caer definitivamente? ¡De ninguna manera! Al contrario, por su caída vino la salvación a los gentiles, para provocar su celo. Pues si su caída es riqueza de los gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud! (...) Porque no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio (...): que la ceguera de Israel fue parcial, hasta que entrara la plenitud de los gentiles, y así todo Israel se salve". Entiendo que para un agnóstico liberal es difícil entender esta postura de la Iglesia. Pero no se trata de intolerancia, ni de considerarse mejor que los demás por creer en Jesucristo como Salvador. Pedir a Dios por la salvación de todos, respetando la libertad de cada uno, significa para un cristiano ser coherente con la conciencia y con la propia fe, que empuja humildemente a pedir la fe para los demás, junto con el gozo de recibirla y de salvarse.



























