-El teniente coronel está enojado con vos.

Por Laura Vilche
Foto: Sebastián Suárez Meccia/La Capital
Cicerchia fue locutor y redactor del informativo de la estatal LT3, más tarde, fue corrector de La Capital.
Foto: Sebastián Suárez Meccia/La Capital
"Fui a la radio dispuesto a decir 'puedo aprender'' Trabajaban Evaristo Monti y Raúl Granados, conducían la radio popular y escuchada del momento", contó Cicerchia.
Foto: Sebastián Suárez Meccia/La Capital
Cicerchia dice que la dictadura trajo a la radiodifusión rosarina devastación y silencio.
Foto de Archivo de La Capital
Anuncio publicado en La Capital el 10 de junio de 1976.
-El teniente coronel está enojado con vos.
-¿Por qué?
-Hijo, porque te negaste a hacer la nota ayer, te salvaste de que te mandara la patota a tu casa.
Así recuerda el diálogo que hace 46 años tuvo este periodista -locutor y redactor del informativo de la estatal LT3, luego corrector en La Capital - gremialista y abogado, Armando Cicerchia. Su interlocutor en la Radio Cerealista LT3 era Gilberto Juchly, mano derecha del teniente coronel José Candel, interventor de decana de las radios de Rosario. La radio bajo el control de las botas.
Cicerchia hace memoria y le cuenta a este diario. Dice que el día anterior había terminado su jornada laboral y quien era su mujer por entonces lo pasó a buscar por la radio para ir juntos al médico. Pero al salir, su jefe a quien recuerda como "un hombre meloso, servil y escurridizo" le dijo que tenía que ir a cubrir la nota de un músico famoso (posiblemente, no recuerda del todo, fue el pianista israelí Ilan Rogoff) que venía a la ciudad.
Quien le dio la orden a Cicerchia provenía de LT8 y había sido premiado con la conducción periodística en LT3 después de toda una vida de servicios a las Fuerzas Armadas, a través del programa Operativo Azul y Blanco dedicado a exaltar la acción militar.
"Un antiguo compañero de la Ocho, Osvaldo Malbrán, quien se atrevió a descalificar las aptitudes de Juchly para el cargo fue suspendido varios días y acabó perdiendo su trabajo. Así se trabajaba en aquel oscuro período", dice Cicerchia antes de volver a la anécdota de hace más de cuatro décadas y contar que se negó a cubrir la nota con el músico.
"Mi turno terminó -le aclaró a Juchly-, no sé ni quien es ese músico, no iré sin saber nada a una nota: ¡andá vos!", le contestó. Por eso al día después el jefe le dio la bienvenida con ese cuento amenazador.
"No sabía si era verdad o era una mentira más del jefe, un hombre alcahuete, rastrero", retrata Cicerchia quien decidió sacarse la voz del intermediario de encima e ir él mismo a hablar con el interventor que entre otras cosas había dictaminado que se prohibían las carcajadas y las improvisaciones al aire, a excepción de los momentos en que había personalidades invitadas y eran abordadas por los profesionales de la casa.
Cicerchia, entonces, subió la escalera de la radio, golpeó la puerta del despacho y escuchó que de adentro le decían con firmeza: "¡pase!".
-Buen día, quiero hablar con usted...
- Pero yo no sé si quiero hablar con usted-le dijo Candel.
- Es que no sé si el jefe le explicó que...
"Me interrumpió y me mostró dos papeles que tenía preparados sobre su escritorio. Los señaló solo con un movimiento de la barbilla", cuenta Cicerchia.
-Mire, usted tiene dos caminos: o renuncia o se ajusta a la ley de prescindibilidad.
Cicerchia renunció.
"Aceptar la ley indicaba que te echaban sin indemnización, no volvías a la repartición pública por cinco años y te marcaban como subersivo. Prefería quedarme sin laburo a pesar que ya tenía a mi primera hija, Maria Laura", asegura.
Pero el hombre que hoy tiene 72 años y recuerda todo con lujo de detalles no quiere que el episodio que vivió en el edificio de Balcarce 840 quede como lo más saliente e importante de esa historia. Cicherchia analiza políticamente esos años de terror por parte del Estado, donde el lenguaje y la tecnología de los medios eran otros, pero su poder casi tan importante como hoy.
Cicerchia dice que los crímenes que se desataron el 24 de marzo de 1976 fueron preanunciados por el accionar de la lopezreguista Triple A durante el breve ciclo isabelino y trajo a la radiodifusión rosarina una devastación y silencio "aún no suficientemente analizados". Así lo escribió para el Museo de la Memoria en 2021 y hoy continúa pensando lo mismo.
Cuando los grupos de tareas comenzaron su labor genocida, existían en Rosario sólo tres emisoras de radio, todas estatales, y apenas despuntaba la era de las FM.
"Y cuando la dictadura cívico-militar irrumpió a sangre y fuego con la excusa de la lucha antisubversiva para instalar su plan neoliberal al servicio de grandes intereses, una de sus primeras acciones fue dominar las radios con el claro propósito de controlar la información: no debían conocerse las violaciones a los derechos humanos que sucedían en las catacumbas del proceso", recuerda.
Tres interventores militares, todos designados por el Ejército, estaban al frente de las radios. Además de Candel, sucesor de Federico Hasenbalg, estaban el mayor ingeniero (R) Rodolfo Pérez, en LT2 Radio Splendid cuyo propietario, Alberto Gollán, tenía relación estrecha con el mayor y Comandante de la Gendarmería y jefe de la Policía de la provincia, Agustín Feced. Y el teniente coronel (R) Jaime Fábregas, encabezó LT8 Radio Rosario. Luego fue sucedido por el coronel (RE) Manuel Segovia, a quien se ve en una nota de octubre de 1979 en una nota, junto al jefedel departamento administrativo, Sergio Fernández Collazo y al director artístico, Jorge Cánepa.
Todos ellos dirigieron el tríptico radial en un contexto de represión de toda resistencia popular. Una de sus primeras medidas fue extender la jornada laboral de seis a siete horas y reducir el descanso semanal de dos días a uno.
"Quienes se cobraban vidas sin juicio previo no iban a detenerse en leyes laborales como el estatuto del periodista profesional o los convenios colectivos de trabajo. El estado de derecho ya no funcionaba, la Junta Militar sustituyó al Poder Ejecutivo, la Comisión de Asesoramiento Legislativo al Congreso y la actividad política y sindical fueron prohibidas. El Poder Judicial se convirtió en un apéndice que negaba hábeas corpus y los abogados que se atrevían a defender a presos políticos y sociales corrían la misma trágica suerte que los desaparecidos", dice Cicerchia quien en la charla con La Capital recordará a su ex compañero de la Facultad de Derecho de laUniversidad Nacional de Rosario, el desaparecido Eduardo Garat.
Este hombre nacido en Venado Tuerto, quien una vez en un acto escolar había oficiado de locutor y migró a Rosario para estudiar ingeniería, cuenta cómo fueron sus primeros pasos en el periodismo.
Tenía 20 años y había empezado a conocer la ciudad, la militancia, vivió el Rosariazo y el Cordobazo. Vivía en pensiones y trabajaba como lavacopas, diez horas, en un cabaret. Lo social le empezaba a interesar, lo político también y no quería estar tras una bacha toda la vida: necesitaba ganar más dinero para poder vivir y estudiar en la facultad.
"Escribía bien, me acordé de esa anécdota adolescente de locutor y fui a la radio dispuesto a decir 'puedo aprender' Trabajaban Evaristo Monti y Raúl Granados, conducían la radio popular y escuchada del momento. Granados me tomó una prueba de lectura de avisos y empecé a trabajar, pero no me pagaban. Me fui a los tres meses.
En el 70 vuelve a la radio. "Le pido trabajo en el informativo a Antonio 'Espectador' Noya. Le confieso que no sé escribir a máquina. Me dió cinco cables para que haga un boletín informativo. Con dos dedos, como escribo hasta hoy, armé algo casi en una hora. Tenía una necesidad voraz de aprender, todo. Me tomó", recuerda.
El plantel informativo de la radio estaba formado por once trabajadores, todos varones a excepción de Sara Blanco la primera locutora y redactora de Rosario. Era hasta ese momento uno de los equipos más comprometidos y profesionales de la época. Es más, dice Cicerchia, que la radio era el medio más informativo y la incipiente programación televisiva era la que entretenía.
"Pero en el 76, la radio fue rápidamente diezmada con cesantías o renuncias forzadas por el temor o la extorsión. Sus integrantes se redujeron en dos años sólo tres con aquella ofensiva, cuyo claro propósito fue silenciar la información para contribuir el siniestro plan, concebido y ejecutado en la clandestinidad, que la historia posterior denominaría –justificadamente– terrorismo de Estado. Los periodistas no estábamos preparados para resistir: teníamos solo una birome, ellos los tanques, las torturas, violaciones, desapariciones y amenazas, los juzgamientos sin derecho a proceso, los asesinatos arrojando genrte de los aviones. Aquella política de lesa humanidad necesitaba de la complicidad mediática que, si no podía conseguirse persuasivamente, era arrancada por métodos menos escrupulosos".
Cicerchia, tras su intempestiva renuncia en LT3, se refugió años más tarde en la redacción publicitaria y en el periodismo gráfico a partir de su ingreso en La Capital, época de las viejas linotipos, armadores, tipiadoras y correctores y donde la fuente de información solo era recibidadesde las Fuerzas Armadas y la policía.
"Tras Malvinas, con otros compañeros formamos la Agrupación Rosarina de Trabajadores de Prensa (Artrap) que logró rescatar el sindicato que había quedado formalmente en manos de dos personas", dice Cicerchia, al referirse a Ernani "El Negro" Soto, quien trabajaba como administrativo, y Antonio Do Reis, en la obra social, cuando el Sindicato de Prensa Rosario (SPR) funcionaba en calle Mitre, frente a la actual plaza del Che.
Se recuperó la democracia, Cicerchia militó en favor de la Lista Unidad que ganó las primeras elecciones con el periodista y poeta Hugo Diz a la cabeza. Uno de los primeros pasos de esa dirigencia fue impulsar una nueva ley de radiodifusión. Un propósito que debió esperar un cuarto de siglo para que se retomara como ley de servicios audiovisuales y aun no se terminó de poner en práctica.
No fue la última lucha gremial de Cicerchia. En 2010 tanto LT8 como LT3 y La Capital pertenecían al Grupo Uno Multimedios de Daniel Vila y JoséLuis Manzano y en solidaridad con los 26 trabajadores despedidos de ambas radios, el 31 de marzo de 2010, los trabajadores de "el decano de la prensa argentina" pararon por completo las tareas en el edificio de calle Sarmiento 763 y en la planta impresora, durante siete días con sus noches.
Cicerchia era secretario, un cargo superior en la Redacción pero en esos días no dudó y fue uno más entre los trabajadores. Otro gesto de lucha colectiva de este periodista que no se rindió ni en dictadura ni en democracia y mantiene la memoria en pie.