Aquí la represión se realizó en los barrios periféricos y los asesinatos ocurrieron en el primer día. Por eso se vuelve un libro necesario para entender ese momento.
“De las 9 víctimas 3 eran mujeres: las dos Gracielas y Yanina; y 5 eran menores de edad: Walter Campos, Rubén Pereyra, Yanina García, Marcelo Pacini y Ricardo Villalba. No puedo dejar de mencionar a lxs cientos de heridas y heridos que tampoco fueron ni asistidxs ni reconocidxs durante esta década y media, con todo lo que eso implica en la vida de estas persona”, dice Celeste Lepratti en el único texto de esta antología que no es literario, pero sirve de contexto, de cantera que permitirá reconocer la zona donde se moverán los siguientes. Pertenece al discurso que realizó en el aniversario 15to del asesinato de Pocho, su hermano. Cada pedido y reclamo vertido allí se mantiene intacto.
Los poemas de Eduardo D'Anna tienen una mirada mordaz sobre esa clase media que pareció no enterarse de cómo se iba degradando todo a su alrededor en un fatuo intento de sostener su modo de vida hasta que se despertó golpeando con los utensilios de cocina las puertas de los bancos, algo que está magníficamente desarrollado en “Rollo revelado”, y resumido en “Cacerolazo”.
La chica tonta y bella / lee su horóscopo falso/ mientras suenan los latones
¿Quién sabe más del Futuro?/ ¿Quieren plata, o ser felices?/ ¿O que todo sea un sueño?
La chica tonta examina/ el pronóstico, y recuerda/ que tres semanas atrás
era el mismo. Lo copiaron./ No es tan tonta. Los latones siguen/ sonando, angustiosos.
Beatriz Vignoli parece encajar las escenas en un surrealismo donde Vikingos aterrizan en el Bingo, las imágenes de Camboya se instalan en el suelo rosarino y uno ríe con aquellos que seguirán golpeando mientras haya memoria.
Denegado nos estaba el acceso a lo real,/ toda crisis era interna, todo cambio era mental.
Mas la mano hizo contacto con el mundo: ¡un continente,
un continente nuevo descubrimos!
Hartos de la mezquina clemencia impasible del azar
agarramos y empezamos a agarrar, a agarrar, a agarrar…
¡Tengamos, hermanos, tengamos! ¡A saquear!
¡La representación ha muerto! ¡Viva la voluntad!
Si quieren figuritas,/ ¡que nos filmen y fricen las imágenes!
“El niño obedece y sube a la terraza. Desde lo alto alcanza a ver a un grupo de gente que se amontona frente al almacén de su padre, entrando y saliendo, abriéndose paso a los empujones, llevándose mercadería en cajas de cartón o en bolsas de plástico. Desde la altura el Nico no puede ver a su padre, aunque sus palabras retumban en su cabeza como si provinieran de lo más profundo de una caverna. Entonces asoma la cabeza a la calle y siente vértigo, pero toma aire, cierra los ojos y suelta la botella de aceite que no tarda en estrellarse sobre el pavimento”, relata Luciano Trangoni en su cuento, que se ubica en unas de las situaciones más confusas y caóticas de esos días: los vecinos que son arrimados por la policía diciéndoles que van a repartir bolsones, para luego reprimir mientras la gente, desesperada, termina saqueando mientras ante la violenta respuesta de algunos supermercadistas intentan detenerlos a la fuerza.
Si los poemas de D´Anna apuntaban a la clase media, los míos registran toda la ebullición de los movimientos sociales, de los estallidos, de “unpaís” (escrito todo junto) que es una falsa idea que se desarma sobre la línea que divide lo que se ve de lo que no se ve.
mire la cosa es así/ el ruido aturde/ por el golpe que aturde en el lugar
donde antes el hambre se apagaba/ y ahora se ruida la bronca
por el golpe que aturde/ los muros vidriados de la nueva jericó
si fuera el muro de berlín ya habría caído
pero este jodido cambia de forma constantemente/ sube y baja como operación bursátil
y sabe abrirse de piernas como política internacional
usted podría agregar/ que para que caiga es tarde
tarde tarde/ y quizás tenga razón/ sin embargo cada vez que el muro se astilla
la multitud lo festeja como si hubiese conseguido/ la victoria
con un gol sobre la hora
La crónica de Betty Jouve refleja la velocidad de los sucesos a través de lo que va arrojando la pantalla. Eso y la voz detrás de los guardapolvos, clave siempre en su escritura. “Al Pocho lo conocía de vista nomás, de haberlo cruzado en alguna marcha. Aprendí de él por lo que me contaron mis alumnos, los que participaban en su grupo. El que más me hablaba de él era un pibe al que le decían ‘El Cana’. No por policía, sino porque a pesar de los trece que tenía, en su cabecita había partes blancas”.
Los fragmentos de la novela Empalme, de Marcelo Britos, registran el deterioro de la economía, del trabajo, la explotación del asalariado que ya venían anunciando la caída desde el cordón industrial con los cierres de las fábricas que eran una constante. “Arístides y el robusto sonrieron cuando ya llegaban a su lado. Entre bromas idiotas y risas le ofrecieron compañía hasta la casa. Otra vez el alcohol adormeciendo la mente –Lobo se fastidiaba de esa repetición, pero a la vez gozaba de lo que parecía previsible sólo para él- agitando la valentía aparente, empujando al abismo. Sabía que jamás iban por ese rumbo, que la ubicación que habían tomado, uno de cada lado, no era azarosa. Ya tenía la mano derecha apretando el dinero de la indemnización (él hubiera hecho lo mismo, hubiera elegido alguien no querido para borrar todo vestigio de culpa, para
justificarse ante la posible acusación de haber escogido un compañero, alguien que hasta hacía horas lo ayudaba a llevar las bolsas hasta los hombros) y la otra cerrada en el bolsillo, maneando lo inesperado, lo que sus dos acechadores podrían haber previsto y no lo hicieron, porque no se preguntaron por qué Lobo, por qué ese nombre”.
Raúl Astorga centra el suyo en un acto reparador de aquellos que a quienes le quitaron toda posibilidad, en una última carta
—El plan está en marcha, Carmen.
—A veces me da miedo.
—¿Qué cosa?
—Esto del plan, Cedrón. Lo decís como si se tratara de un
acto de delincuencia.
—No lo es. No tengás miedo. Sabés que es un acto de justicia.
Sólo hay que actuar con cautela, para que todo salga bien.
—No conozco a esa gente, pero te veo tan confiado que
me preocupa.
Completan el libro las viñetas realizadas por Santiago Rosado sobre el conocido texto Canción con nombres para hacer la gran Goethe. La ilustración de tapa es de Javier Oliver y el cuidado del libro está a cargo de la Editorial Último Recurso, colectivo que intenta un camino “más democrático con respecto a la licencia ya desde su atribución de los derechos. La mayoría de los textos que integran esta antología fueron escritos en esos días o en los años siguientes, lo que realza su valor ya que es testimonio de la palabra ejercida en el momento, en el acto, podríamos decir. Todo esto hace de Rosario, Diciembre, 2001 un libro necesario para sumar piezas a ese rompecabezas que nos sumergió en el levantamiento popular que cumple veinte años en estos días, que encuentra a muchas caras dirigenciales de esos días regresando a bancas, pero también a un pueblo que ha hecho un curso acelerado para no entregar su memoria en manos de cualquiera.