Solidaridades y conflictos en la guerra de Malvinas: el Grupo de Artillería 3
A 40 años de Malvinas

Solidaridades y conflictos en la guerra de Malvinas: el Grupo de Artillería 3

¿Cuáles fueron los principios morales y dispositivos funcionales en las relaciones formales e interpersonales entre el jefe, oficiales, suboficiales y soldados del Grupo de Artillería 3 durante la guerra de Malvinas?
2 de abril 2022 · 00:48hs

“Cuando estaban bombardeando también salíamos a reparar los cables de teléfonos y en medio del campo no teníamos ningún pozo de zorros o refugio donde cubrirnos. Una vez un avión cortó los cables [...] yo salí igual con un soldado. No sé cómo llegamos. Nos tirábamos al suelo cuando sentíamos que nos iba a caer un proyectil, nos levantábamos y seguíamos [...]”

El orden jerárquico, el ejercicio del mando, la obediencia y disciplina constituyen principios morales y dispositivos funcionales clave en la conformación de una organización militar y en su eficacia en el combate. Dichos principios y dispositivos eran aprendidos e interiorizados por el personal de cuadros desde su formación básica en las escuelas de oficiales y suboficiales, y por los soldados conscriptos desde su incorporación a una unidad en cumplimiento del servicio militar obligatorio. Las experiencias de combate en la guerra ponían a prueba la consistencia de esas relaciones, tanto en su dimensión formal o institucional como en las tramas de vínculos interpersonales.

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Al respecto, en Malvinas. Gesta e incompetencia, el General Balza sostenía: “En el combate el soldado [oficial, suboficial o conscripto] pone de manifiesto no sólo su adiestramiento militar, sino su educación, sus amores, temores, pasiones, creencias, simpatías, amistades, lealtades”.

En la extrema realidad de la guerra, cuando los combatientes se exponían cotidianamente a la muerte, se suscitaban conflictos en las relaciones jerárquicas entre oficiales, suboficiales y soldados, al interior de cada uno de esos estamentos castrenses, entre personal propio del Grupo de Artillería 3 y los “agregados”, y en los vínculos interpersonales de todos los individuos. Pero en esos contextos se evidenciaban también comportamientos altruistas, solidaridades y lealtades excepcionales. Esas solidaridades y conflictos producidos en la guerra, a su vez, muchas veces proyectaron su influjo –no sin modificaciones– durante la posguerra.

De modo que buscaré dar cuenta de algunos de esos comportamientos y relaciones en situaciones concretas ocurridas en la guerra, tal como fueron contadas por veteranos del Grupo de Artillería 3 y por “agregados” a dicha unidad. Soy consciente que esos relatos refieren a hechos ocurridos hace muchos años y, por ende, están sujetos a reelaboraciones. También –tal como reza el epígrafe que encabeza esta nota– asumiendo que a los veteranos de todas las guerras les resulta difícil transmitir a un no combatiente como el autor de este texto sus perspectivas y experiencias de guerra y que, además, quizá algunas de esas perspectivas y experiencias quedarán transitoria o definitivamente confinadas en los estrictos límites de las memorias individuales y grupales de los combatientes.

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Historias de artilleros

Un soldado relata esta situación, donde pueden reconocerse algunas circunstancias conflictivas en las relaciones entre oficiales y soldados:

“Un oficial se iba de la posición que teníamos en Sapper Hill y lo dejaba solo al soldado que estaba con él. En la guerra se ven las peores miserias [...] Balza lo mandó llamar [al oficial] y lo mandó al continente. Después supe que el tipo iba al pueblo a una casa a bañarse y –decían– hasta una mina [una amante] tenía. Yo jamás salí de mi posición. Cumplía órdenes. Balza nos cuidaba. Recorría las posiciones. Conversaba con vos. Preguntaba cómo estábamos, cuánto tiempo llevábamos de guardia. Hizo gestiones para que pudiéramos hablar por teléfono a casa. Dos veces pude hacerlo. Eso te cambiaba el ánimo. Igual que bañarte”.

Por otro lado, había situaciones en las que, al contrario, se destacaban actitudes de oficiales que tenían buen ascendiente sobre soldados y suboficiales. Tal es el caso del jefe de Personal, el teniente Oscar Martínez Conti. Como integrante de la plana mayor de Balza permanecía en el Puesto Comando, pero salía a recorrer las posiciones de las baterías en cumplimiento de una orden o bien a conocer personalmente el estado de sus miembros. Esa actitud tuvo su reconocimiento positivo. Para el soldado Hugo Mango: “Oscar fue un gaucho bárbaro en la guerra. Venía todos los días a conversar con nosotros a la batería a la hora en que se te cae el ánimo, a la tardecita. Algunos no entendían por qué hacía eso. Se enganchaba con nosotros, buscaba una relación más de afecto como superior”.

Sin embargo, que aquel joven teniente investido de una enorme responsabilidad como jefe de Personal cumpliera cabalmente con sus funciones y fuera un “gaucho bárbaro”, esto es, un hombre dispuesto a ayudar a los otros, no lo dejó al margen de conflictos circunstanciales con sus subalternos. El suboficial principal Cosme Hipólito Luna me relató que:

“Cuando estaban bombardeando también salíamos a reparar los cables de teléfonos y en medio del campo no teníamos ningún pozo de zorros o refugio donde cubrirnos. Una vez un avión cortó los cables que nos comunicaban con Sapper Hill. Como nos estaban tirando, Balza no me dejaba salir, pero yo salí igual con un soldado. No sé cómo llegamos. Nos tirábamos al suelo cuando sentíamos que nos iba a caer un proyectil, nos levantábamos y seguíamos [...] Otra vez Balza nos dijo que habíamos hecho no sé qué cosa mal con el tendido y me mandó a arreglarlo. En ese momento no había fuego inglés. Como Martínez Conti era mi jefe tuvo que venir conmigo hasta Sapper Hill. No sé si Balza lo mandó, pero él sabía que como jefe era responsable de las macanas que nos hubiéramos mandado. Estaba enojado. Oscar era un teniente joven y yo un cabo joven. En el camino íbamos callados como novios peleados. Él sacó un cigarrillo inglés y se puso a fumar. Yo le pedí si me daba uno y no me quiso convidar. Siempre compartíamos los cigarrillos, pero me lo negó. Yo también iba enojado así que le dije: ojalá se ahogue con ese cigarrillo [se sonríe al recordarlo]... Y así estábamos cuando nos agarra en medio del camino un cañoneo. Había dos piedras para guarecernos, yo agarré la más grande y a él le quedó la más chiquita. Nos pasaban las esquirlas por encima y nosotros nos apretábamos contra las piedras. Yo le gritaba: ¡cierre las piernas mi teniente! Por suerte, zafamos de esa... Después todo bien con Martínez Conti. Él pagó por nuestras macanas porque era el jefe. Por más que quisiera cumplir con todo, era el ayudante de Balza y no podía con todo ¡Cómo iba a hacer! Si Balza era muy exigente”.

En las exigencias diarias que imponía el combate y ante el cumplimiento de ciertas tareas, en muchos testimonios los veteranos del Grupo de Artillería 3 me dijeron que “todos ponían el cuerpo”, esto es, se comprometían en las mismas suspendiendo momentáneamente los roles formalmente asignados y jerarquías militares de cada integrante de la batería. Ello, obviamente, no suprimía estas últimas y las responsabilidades que imponían en la cadena de mando. Al respecto el soldado de la Batería de Tiro “A”, Hugo Mango, destacaba como positivo que oficiales, suboficiales y soldados sorteaban el orden de las guardias, para evitar que aquellos turnos más cansadores recayeran exclusivamente en los soldados o en los cuadros de menor jerarquía. O bien que los oficiales de la batería en momentos críticos del combate “hacían de todo”, esto es, incluso abrían y acarreaban cajones de munición, tareas que estaban asignadas a los soldados que hacían el servicio de la pieza. Y el suboficial mayor José María González Fernández, entonces integrante de la Batería de Tiro “C”, contó: “Éramos muy unidos en la batería. No había oficiales, suboficiales, soldados... Si bien, bueno, al principio tuve algunos choques porque un sargento primero y un [suboficial] principal no querían que fuera instructor porque yo era sargento. ¡No querían que les enseñe!”.

Saber hacer, saber reaccionar, sobrevivir

La pericia puesta en práctica por todos los integrantes –oficiales, suboficiales, soldados– en las funciones que tenían asignadas en la batería era un factor determinante para preservar la vida durante los combates (si bien también lo era en tiempos de paz). Así por ejemplo desde el comienzo de los ataques británicos rápidamente eran conscientes de la importancia de conocer el emplazamiento de las posiciones de la artillería naval o de campaña inglesa, pues cuando éstas abrían fuego sobre ellos debían estimar el tiempo que tardaban sus proyectiles hasta hacer blanco en las posiciones o en las proximidades de las subunidades del Grupo de Artillería 3.

El entonces teniente primero Julio César Navone relató –en un testimonio publicado en 1999- que el 13 de junio de 1982 con sus hombres cumplieron misiones de fuego en forma casi ininterrumpida y cuando recibieron el fuego de contrabatería se produjo un incendio en un pequeño depósito de armamento que disponían a unos 150 metros de las piezas de artillería bajo custodia de dos soldados. Sin embargo, estos últimos salvaron sus vidas gracias a la rápida y arriesgada intervención del cabo Ramón Correa quien “había ido a llevarles comida, ingresó decididamente y arrastró hacia fuera a uno de ellos que estaba herido antes de que el tinglado se quebrara en mil pedazos. El cabo Correa fue herido en la acción y salvó la vida de los dos soldados”.

En muchas circunstancias el mero azar determinaba el fiel de la balanza entre la vida y la muerte. El suboficial mayor Miguel Ángel Rubio –destinado en el Puesto Comando– contó que el sargento Ricardo Gay le salvó la vida. “Una noche los ingleses tiraban y estábamos en una casilla. Cada cual tenía su pozo de zorro. Gay me dice que salgamos de la casilla. Yo le dije: ¿para qué? ¿No se ha acostumbrado? Él igual me sacó. A la mañana vimos que la casilla tenía noventa y ocho agujeros de esquirlas. Yo no lo podía creer. Gay me decía: Miguel, te salvé la vida”. Del mismo modo el sargento primero José Alberto Balmaceda relató en 1999 que con otros integrantes de la Batería de Tiro “B” había encontrado en las proximidades del Centro de Dirección de Tiro un taller mecánico abandonado donde se guarecían del frío y podían descansar en mejores condiciones que las que disponían en los refugios contiguos a las piezas de artillería. En uno de los bombardeos recibieron un proyectil que destruyó casi por completo esa instalación en circunstancias en las que, por fortuna, nadie se encontraba en su interior.

El arrojo y la camaradería también podían ir de la mano. Durante un bombardeo el polvorín de la Batería de Tiro “A” fue alcanzado, se incendió e hizo explotar proyectiles y granadas que tenía almacenados. El entonces teniente primero Caballero se detuvo ante el polvorín destruido y constató que: “... solo quedaban cenizas, allí había quedado mi equipo individual de campa- ña y algunos efectos personales. En esos momentos se acerca un soldado y me dice: `Mi teniente primero, lo único que pude salvar de su equipo fue una manta y esta bolsita conteniendo algunos elementos de aseo . Seguidamente lo reprendí severamente por haber arriesgado su vida para rescatar mi equipo, no tenía sentido semejante acción, a lo que el soldado me respondió bajando la cabeza, compungido, por la reprimenda recibida: `Sin su equipo, con este clima, pronto se moriría de frío . No podía entender mi actitud, creía que había hecho lo que debía. Ante esa muestra de valentía, solidaridad y lealtad, le di un abrazo tratando de que comprendiera lo emocionado y agradecido que estaba por su actitud”.

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Intensidad extrema, tensión extrema

De igual modo el sargento José María González Fernández señalaba que cuando en los últimos días de combate recibieron de Balza la orden de adelantar piezas de la Batería de Tiro “C” –para anticipar el avance británico sobre Puerto Argentino y dar cobertura a las tropas argentinas que lo interceptaban o que iban replegándose– oficiales, suboficiales y soldados debieron mover las piezas hasta una nueva posición cercana a la línea de combate. En esa posición los disparos de contrabatería que recibían del enemigo eran tan intensos que como recordaba el suboficial mayor José María González Fernández: “Balza relevaba al personal por el tremendo cansancio y riesgo que se producía en esas posiciones. En los últimos días a [el teniente primero] Tessey lo relevó [el teniente primero] Navone. Tuvimos que mover dos piezas hasta Monte Longdon como unos dos mil metros. Por esa acción Navone y yo recibimos la condecoración al valor en combate”.

En otras ocasiones el arrojo en el combate podía ser un atributo moral que costara manifestarse. Es que una cosa es declamarlo (incluso más aún escribirlo en estas páginas) y otra muy diferente es hacerlo emerger en los hechos cuando el enemigo bombardea sistemáticamente las posiciones de las piezas de artillería propias. El entonces teniente primero Caballero ordenó a los hombres de su batería que ocuparan nuevamente los puestos de combate, tras haber recibido fuego de contrabatería. Al hacerlo constató que un soldado no salía de su pozo. Cuando verificó que no estaba muerto ni herido le gritó que no fuera cobarde y retomara su puesto como telefonista. Luego, conforme evocó en un testimonio publicado en 1999:

“En una pausa de fuego, se acerca y me dice que lo perdone, que no era por cobardía que no salía de su pozo, sino que él quería salir, pero sus músculos no respondían a las órdenes de su cerebro. Luego de pasados algunos minutos y viendo la intensidad del combate en que estábamos metidos, hizo un gran esfuerzo por sobreponerse y controlar el cuerpo. Así salió del pozo y controló su puesto. Se mantuvo a mi lado, hasta el final de los combates. Luego este soldado, cuando yo les ordenaba `a los pozos era el último en ocuparlos y el primero en salir del suyo cuando les pegaba el grito ocupar sus puestos. La explicación es que había pasado por un momento de shock por el intenso fuego de contrabatería, un fenómeno nada raro en la conducta de los hombres en el combate. Lo importante es que él había logrado sobreponerse al miedo. Allí aprendí que eso se puede superar si el combatiente tiene buena formación moral y si en todos los niveles de comando se conduce con el ejemplo personal”.

Sapper Hill fue una posición permanentemente castigada por el fuego británico. El soldado Horacio Ghittoni era allí observador adelantado del Grupo de Artillería 3 y, como tal, debía reglar los fuegos de las baterías propias. Pero las comunicaciones telefónicas se interrumpían cuando los proyectiles destrozaban el tendido de cables y las comunicaciones eléctricas eran localizadas por el enemigo y utilizadas para batir sobre las piezas de artillería y/o sobre quienes reglaban el fuego:

“Los ingleses estaban batiendo mi posición. Navone [el oficial de la Batería de Tiro “B”] me decía que tenía que comunicarme por radio y yo le decía que si lo hacía [los británicos] me iban a matar, porque me ubicaban y me pegaban con sus bombazos. Navone llegó a decirme que era un hijo de puta, un cobarde, un traidor a la patria. Yo cuando hice la colimba había sido su asistente, teníamos una buena relación. Me tenía mucha confianza, cuando viajaba le cuidaba la casa... Balza después que Navone me dijera todo eso me fue a buscar y me dijo que tenía quejas sobre mí. Yo le expliqué qué había sucedido y me dijo que me quede [en esa posición en Sapper Hill]”.

Esa conflictiva situación entre este oficial y ese soldado, no obstante, conllevó muchos años después una reconciliación entre ambos. Ghittoni me contó en una entrevista que: “Cuando Navone volvió después destinado a [Paso de los] Libres me mandó una carta con un soldado diciéndome que quería hablar conmigo. Fui a verlo y me dijo que teníamos que olvidar aquello. Nos abrazamos y lloramos”. Supe también que una reconciliación similar se había producido entre un soldado y un suboficial que habían tenido conflictos en la guerra y que –muchos años después– en una ceremonia del “Bautismo de Fuego” del Grupo de Artillería 3 se estrecharon en un fuerte abrazo. Pero esos conflictos podían no ser superados en la posguerra. Esto fue lo que me señaló un soldado veterano en una conversación informal durante un evento de la ceremonia de conmemoración del “Bautismo de Fuego” en abril de 2016, después que ambos escucháramos las críticas que formulara un suboficial veterano retirado en una conversación con otros camaradas contra algunos oficiales veteranos de la unidad por su desempeño en la guerra. Aquel soldado me dijo: “Yo no estoy de acuerdo con lo que dijo [el suboficial]. Hay algunas cosas que prefiero olvidar. Después de la guerra todos somos hermanos. Hay cosas que pasaron y para mi quedaron allá”.

*El texto fue adaptado de una parte del capítulo IV del libro Martín Balza. Un general argentino entre la República y la Democracia, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2019.

(*) Germán Soprano es Doctor en Antropología Social, Investigador del CONICET y Profesor en la Universidad Nacional de La Plata. Es Investigador Asociado del Programa Malvinas y Atlántico Sur (MyAS). Es autor de ¿Qué hacer con las Fuerzas Armadas? Educación y profesión de los militares argentinos en el siglo XXI (Prometeo, 2016); de El Ejército y la política Defensa en la Argentina del siglo XXI (Prohistoria Ediciones, 2015, en coautoría con Guillermo Lafferriere); de El Estado y las profesiones liberales, académicas y armadas (Prohistoria Ediciones, 2010, en colaboración con Osvaldo Graciano y Sabina Frederic), de Profesionales e intelectuales de Estado (Prohistoria Ediciones, 2018, en colaboración con Laura G. Rodríguez), de la monumental biografía Martín Balza. Un general argentino entre la República y la Democracia (2 Tomos, 1330 páginas, Prohistoria Ediciones, 2019) y de una novela: La obediencia (CB Ediciones, Rosario, 2020).

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