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Carrillo dando clases en la Universidad de Buenos Aires.
Fuente: Archivo General de la Nación
Como toda figura que ha alcanzado el mito, dificulta por su peso la tarea de ordenar ideas: ¿Qué decir, qué pensar, cuando la imagen de un funcionario se ha vuelto mítica y en ciertos ámbitos es tan sacrílego cuestionarla, como reivindicarla en otros?
Carrillo fue, para empezar, un gran técnico de la época. Y con técnico me refiero a quien domina las reglas y formas de conocer una determinada cosa o campo de intervención. En su caso el de la neurología quirúrgica, en particular, y la sanidad comunitaria, en general. Combinación poco frecuente de hallar en el campo de conocimiento médico actual.
Fue reconocido en múltiples instancias por aportes a las líneas de investigación del momento en la neurocirugía y varias veces premiado por ello, describiendo incluso síndromes y signos que llevan su nombre. Adhirió al posicionamiento epistemológico que predominaba en el ámbito científico de por entonces: la convicción sobre la existencia de razas en la heterogénea especie humana, posición que resulta insostenible al día de hoy, aunque aún miles de estudiantes de ciencias de la salud en nuestras universidades continúen estudiando las prevalencias de determinadas enfermedades bajo la categoría de raza.
Es importante detenerse aquí, ya que este posicionamiento le ha valido, post mórtem, severas acusaciones de detractores que lo han señalado, sin fundamentos certeros, hasta de tener vínculos y simpatía con el nacionalsocialismo alemán; y férreas defensas, muchas acríticas, de intelectuales y partidarios que han desconocido sus posicionamientos adyacentes a la eugenesia.
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Vuelvo a la dificultad que presentan figuras de esta talla: no es fácil hallar autores que echen luz de forma seria y con investigaciones claras sobre estas aristas del pensamiento de Carrillo y cuánto incidió en la formulación de sus políticas. Por honor a los hallazgos en la escritura de este texto, mencionaré a Gustavo Vallejo y Karina Ramacciotti, quienes en sus publicaciones han ayudado a esclarecer que, en el discurso del Ministro, estuvo presente la premisa de potenciar el estado de salud del “interior criollo”, ese al que pertenecía. Y que en la misma línea, durante su gestión como Ministro, fundó institutos y direcciones vinculados al desarrollo de un “biotipo nacional".
Ahora bien, en esa misma época, en la sociedad civil y por fuera del proyecto ministerial, se consolidaron asociaciones de eugenistas mucho más radicalizados en sus discursos sobre la cuestión racial, que llegaron incluso a fundarse en instituciones universitarias con la venia de la ley sancionada para crear y regular la educación superior privada, tres años después del golpe de 1955.
Para cerrar aquí, pero para seguir abriendo esta deriva, es interesante agregar lo infrecuente que resulta encontrar en los detractores de Carrillo el mismo ahínco para señalar las posiciones racialistas de toda la clase política de la época.
Si de billetes hablamos, ¿qué entonces con el -ya histórico- billete de 100 pesos con su referencia a la ‘campaña del desierto’? ¿Qué con las “vetas” lombrosianas que fundan el pensamiento criminológico nacional?
Pero volvamos a Carrillo. Participó activamente en la vida política de la Facultad de Medicina de la UBA, donde primero concursó como profesor adjunto, y luego logró llegar al interinato del puesto de decano de la misma, en el ‘43. Al mismo tiempo, se desarrolló como médico neurocirujano en el Hospital Militar, llegando a puestos importantes en dicha institución donde, cuentan las fuentes, conoció a Juan Domingo Perón.
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El primer ministro de Salud del país, Ramón Carrillo y el presidente, Juan Domingo Perón.
Fuente: Archivo General de la Nación
Esos pasos, entre la facultad y la institución castrense, fueron la síntesis de su habilidad para posicionarse en el conflicto político de la época: abstención frente a la segunda guerra mundial (correspondiendo así a la posición que Argentina asumió frente al conflicto), alianzas con los sectores vinculados al nacionalismo católico dentro de la Universidad (gracias a los cuales pudo sostener dicho interinato) y un posicionamiento político-reivindicativo: los servicios de salud se deben a mejorar el estado general de la población y a prevenir la enfermedad, organizándose desde el Estado y haciendo foco en aquellos “que no tienen nada”. Este pensamiento y posicionamiento le valdrán, algunos años después, la frase del entonces presidente Perón que lo corona en el ápice de su carrera: “Vea Carrillo: tenemos un ministerio para las vacas, y no uno para la gente”.
En ese entonces aproximadamente tres millones de personas en la Argentina, no contaban con ningún tipo de acceso a los servicios de salud más básicos. Casi uno de cada cinco. Principalmente población campesina, que residía alejada de los grandes centros urbanos y donde el más fuerte esquema de organización sanitaria del proyecto peronista, el de la potenciación de la fuerza de las obras sociales sindicales, no llegaba o lo hacía a cuentagotas. Así, el ambicioso proyecto de Carrillo se centra en consolidar, para toda esa población, una estructura con centro hospitalario y satelización de los niveles más simples de atención, en un orden decreciente de complejidad tecnológica dura, y con una pretendida uniformidad en toda la red de servicios.
Los logros de Carrillo representan un sinnúmero de obras y edificaciones. No quisiera agotar estas líneas en detalles que pueden corroborarse actualmente en el Archivo General de la Nación, pero sí detenerme a señalar algunas cuestiones.
En primer lugar, es difícil encontrar en la historia nacional un funcionario que haya encabezado un proyecto público institucional nacional anclado en una exposición teórica como la que Carrillo mostró a la hora de organizar los servicios de salud. Sus compendios de Teoría del Hospital y su Plan Analítico de Salud son obras francamente inusuales de hallar, no sólo por el borramiento histórico al que fueron sometidos, sino además por su pretensión de totalidad sobre un determinado aspecto de la organización estatal.
Por otro lado, el rol asignado a la Enfermería y la incorporación de agentes sanitarios a la planificación de servicios, son parte de una discusión que sigue vigente: la de reforzar la llegada territorial de las políticas sanitarias (y su potencialidad de articulación Comunidad/Estado) a través de dichas figuras. Carrillo propone, además, salir de la lógica de atención caritativa para los sectores “no pudientes”, que desde tiempos de la colonia regía la administración hospitalaria en el territorio nacional, encabezada por las sociedades de beneficencia y la Iglesia Católica; para hacerlo desde el Estado, vía la organización del Poder Ejecutivo y sus Ministerios.
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Billete de 2000: imagen del anverso.
Fuente: BCRA
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Billete de 2000: imagen del reverso.
Fuente: BCRA
Por último, las ideas del plan de organización política sanitaria de Carrillo encontraron fuertes límites en el modelo de Seguridad y Previsión Social del modelo peronista, donde también se organizó un modelo de asistencia sanitaria. Esta fragmentación se consolida desde entonces hasta la actualidad y se profundiza primero con la descentralización de la administración pública sanitaria a las provincias durante el gobierno de facto que se autoproclamó Revolución Libertadora; luego con una serie de reformas que llegan a su clímax en los ‘90, período paradójicamente gobernado por el mismo partido al que Carrillo adscribió en vida.
La música sigue sonando y en esta narrativa comienza a mixturarse con lo que adviene en la línea de tiempo del ministro. Con su obra a cuestas, una enfermedad maligna avanzando y desavenencias irreconciliables entre sectores de poder que veían su plan como el avance del control de los servicios de salud enteramente dirigidos desde el Estado, Carrillo decide renunciar y partir hacia otras tierras (primero Nueva York, para finalmente terminar sus días en Belém do Pará), a falta de poco tiempo del bombardeo sobre la plaza de Mayo y del golpe que le impedirá finalmente volver a su país. Sus bienes fueron confiscados y 10 años después de su muerte su familia pudo recuperar una parte de ellos. Su obra y sus ideas sólo fueron vueltas a editar cuando su cuerpo fue repatriado a su Santiago del Estero natal, 16 años después de su muerte, y desde entonces no volvieron a ser reeditadas ni seriamente incluidas en el debate de la formación y gestión sanitaria -salvo excepciones- hasta la actualidad.
Ramón Carrillo ha sido convertido, a mi juicio y por desgracia, tanto por proscripción como por entronización, en un “intocable”. Creo que a nadie que se precie de tener la pretensión de conocer la realidad puede caerle bien. Ha sido, más silenciado que entronizado.
Retomando el ejercicio de la pregunta: ¿Qué habría sido de la institución pública estatal en materia de salud sin los aportes de dicha gestión? ¿Qué podría haber sido de la institucionalidad pública sanitaria (desde las casas formadoras hasta los ministerios) si las ideas de Carrillo se hubieran confrontado abiertamente, buscando nuevas síntesis dentro de la estructura del Estado?
En tiempos donde las instituciones públicas están en riesgo frente al avance de discursos autoritarios, privatizadores de lo público y fomentadores del privilegio individual, será necesario sacar a relucir ya no precisamente billetes, sino hombres y mujeres de nuestra historia que, con sus aciertos y errores, contribuyeron a fortalecer soluciones colectivas, enmarcadas en el seno de las políticas públicas.
(*) Guido Crespi es médico, integrante del Instituto de interdisciplina e interculturalidad en Salud. Facultad de Ciencias Médicas, UNR.
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