Quizás mi mundo no merezca sobrevivir
Entrevista a Arturo Pérez-Reverte

"Quizás mi mundo no merezca sobrevivir"

El consagrado escritor español Arturo Pérez-Reverte presentó frente a un puñado de periodistas de América latina su última novela, "El italiano", una historia de amor inolvidable. También hubo tiempo para hablar de la realidad, y lanzó un pronóstico: "Occidente va a caer en manos de los desplazados"
5 de noviembre 2021 · 23:50hs

Alerta de spoiler: Arturo Pérez-Reverte dice que los migrantes, pueblos originarios y pobres desgraciados que caminan hacia Europa en busca de una quimera, o pelean en América por sus derechos, van a cambiar el rumbo de los continentes y de la civilización tal como la conocemos. Que ellos, los postergados, merecen ese destino. Y que lo harán pasando a degüello a quienes los sometieron.

El escritor y periodista español lo dijo durante una rueda de prensa virtual y restringida, en respuesta a una pregunta de La Capital sobre los miles de hombres, mujeres y niños que tocan las puertas de España con suerte siempre dispar y triste: nadie los atiende, la entrada les está vedada, prohibida, los expelen de los países que toca el Mediterráneo, un mar con demasiadas muertes.

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“Los conozco, he vivido entre ellos”, dice el autor de El italiano a este diario, novela que presentó ante periodistas de América latina. “Yo no veré esa transformación, no sé si serán los chinos, el islam o quién, pero van a ganar ellos. Porque tienen armas, demografía, tienen coraje, desesperación, ambición, todo legítimo, tienen rencor histórico, social, tienen juventud y se atreven porque no tienen nada que perder… Y cuidado con América Latina, porque hay bárbaros interiores, en el buen sentido de la palabra, que terminarán llegando, a lo mejor porque la sociedad merece que eso ocurra, es decir, van a ganar, porque les hemos hecho pasar tanta hambre, los hemos despreciado tanto, los hemos marginado tanto que ahora van a cobrarse la revancha. Y es justo”.

Impresiona lo que dice Pérez-Reverte, buzo táctico profesional, español nacido en la ciudad sureña de Cartagena, padre de una muchacha que se dedica a sacar tesoros del mar también como buzo, corresponsal de guerra en sus años guapos y testigo de masacres en varios continentes. Durante el encuentro virtual referirá que está a pocos días de cumplir setenta años, que es un hombre viejo, que ese futuro “oscuro” que vaticina a él lo trae sin cuidado porque no lo verá y que los temas para sus próximas novelas –“las que llegue a hacer” – lo persiguen como “una nube de moscas que no para hasta que me pongo a escribir”.

Pero, ¿cómo vive usted en su continente, en su Mediterráneo, la historia de los desplazados?

–La vivo con dolor evidentemente, sobre todo porque los conozco, he vivido con ellos, he estado en África mucho tiempo y sé lo que es la tragedia y sé de lo que huyen y también sé la decepción que tendrán al llegar porque sé lo que esperan, y lo que esperan no es lo que van a encontrar. Ellos creen que van a hallar un mundo donde todo funciona y que van a ser bien recibidos, con aplausos. Y no es verdad. Es una tragedia enorme y, por otra parte, inevitable: en toda la historia de la humanidad ha habido migraciones durante muchos siglos, a veces se los degollaba, a veces se los esclavizaba, a veces se los incorporaba, a veces ellos se hacían dueños del lugar donde migraban; esa es la vida, esa es la historia y así será siempre. Mi impresión personal es que ellos son los dueños del mundo, bárbaros en el sentido de que son extranjeros, y transforman el lugar donde llegan. Y la Europa a la que van llegando la van a transformar, para bien o para mal, no lo sé, pero no va a ser la Europa de los valores de la Ilustración, de las luces, del Enciclopedismo, eso no, va a ser otra. Lo que es evidente es que van a ganar. Lo que no me gusta son los sinvergüenzas, los canallas, los políticos que, formando parte del sistema represor, se ponen aparentemente a favor de los reprimidos, de los desposeídos, intentado encabezar, de una forma oportunista, esos movimientos legítimos, y al mismo tiempo, pervirtiendo la honrada naturaleza de esos movimientos espontáneos, históricos y sociales. Por eso me conmueve y siento una profunda solidaridad con esos desgraciados que quieren recuperar lo que la historia les ha negado, siento un profundo desprecio por los golfos, por los sinvergüenzas que mantienen una posición elitista y distante, pero aparentando ser los padres que van a cuidarlos. No, no. Cuando ocurra, cuando ocurra (hace una seña de cortar el cuello, es decir, cuando los maten) seguirán estando (los desplazados). El problema es que si no pasa esto (vuelve a pasarse la mano por el cuello) es porque los canallas se pasan de bando con mucha facilidad, porque tienen una capacidad de transformarse extraordinaria, esto no es teoría, los he visto, los he visto pasar de un lado a otro con absoluta naturalidad… Ese es el futuro y va a ser fascinante, los novelistas van a tener mucho para escribir. Los miro y digo: “Van a triunfar y lo merecen, me van a reventar a mí y a mi mundo, pero quizá mi mundo no merezca sobrevivir”.

Arturo Pérez-Reverte El italiano ©Jeosm.jpg

Los clásicos

Pérez-Reverte encanta a su público virtual con anécdotas y respondiendo amablemente cada cosa que se le pregunta. Adora hablar de El italiano, uno de los tantos marinos de esa nacionalidad que durante la Segunda Guerra Mundial montaba torpedos (¡montaban torpedos!) y así él y otros hundieron más de catorce barcos de la infranqueable flota inglesa anclada en Gibraltar y en otras ciudades del Mediterráneo. Como Ulises, Teseo Lombardo sale del mar, herido, y es Elena quien lo encuentra y lo convierte, para goce del lector, en un héroe, en su héroe.

Porque El italiano es una historia de amor que termina bien y el lector lo sabe desde el comienzo. También sabe que Elena es librera en Algeciras, que lee clásicos y vela por aquel hombre amado que ya murió, ahora en Venecia, donde también tiene una librería y se encuentra con el autor. A ambos, Pérez-Reverte y Elena Arbués, los unen los clásicos.

“Los escritores somos capaces de proyectar no lo que vemos, sino lo que hemos leído. He paseado por Roma y he visto a los romanos, parece que le pusiera un Photoshop a las ciudades para ver lo que uno quiere. Borras lo que no te interesa para ver la ciudad que quieres para tu novela y eso me pasó con Gibraltar y Algecira”, explica a otro periodista. Y agrega: “Mi patria de verdad no es España, es el Mediterráneo, que tiene tres mil años de memoria cultural, Homero, Ulises… a todos”.

Pérez Reverte admite que la novela debería haberse llamado La librera, “porque la protagonista es ella. Lombardo es un hombre sencillo, que no dice nada inteligente en todo el libro, es un soldado. Ella ha leído mucho y está formateada para reconocer al héroe. Es la mirada de ella la que lo convierte en héroe. Elena primero se enamora de la imagen de héroe que tiene en la cabeza, de ese Ulises de sus traducciones. Luego se enamora del hombre y finalmente va por delante de él. Es una historia de amor. Normalmente, en mis libros a las historias de amor las dejo abiertas porque desconfío del tiempo, pero esta vez quería hacer una historia de amor compacta, cerrada, con un final feliz que se sabe desde el principio”.

El autor de El club Dumas y La reina del Sur asegura que los clásicos permiten comprender el mundo, no lo arreglan, pero lo explican, y que en tiempos como estos, tan complicados, “donde hay tantos falsos profetas, tantas redes sociales infiltradas de canallas, los clásicos lo hacen más soportable. En cuanto a los grises, para las redes sociales todo es blanco y negro y los hombres tenemos grises: he visto a soldados salvando gente durante el día y violando mujeres por las noches. Mis personajes se mueven en territorios ambiguos porque el ser humano es así, solo la ficción o la estupidez nos hacen ver héroes en blanco o negro, malos o buenos”.

Pérez Reverte cuenta que haber hecho un curso “complejo” de buzo a los dieciocho años le abrió la cabeza y que, por lo tanto, el del mar es un mundo familiar, de modo que contar las peripecias de los italianos, además de haber accedido a documentos históricos en los que figuraba lo que anotaban para sus amigos si sobrevivían aquellos protagonistas del libro, le dio una información invalorable. “Sé cómo se ve el mar y la guerra desde abajo, sé lo que es la oscuridad del océano. Son seres especiales, que se acercan sigilosos a su objetivo, y este libro es un homenaje a ellos. A mí la vida me ha quitado muchas cosas de las que tenía cuando era joven, por fortuna en algunos casos y desgraciadamente por el otro. Pero hay algunas que me las ha reforzado, que son el respeto por la dignidad, la lealtad, el amor y alguna cosa más. Entonces, el valor me conmueve e imaginar a esa gente haciendo esto… la novela es un acto de justicia. Uno puede comprar todo, pero cuando se desmorona la fachada social del mundo en el que vivimos falsamente arropados, si no tienes esas cuatro cualidades, te arrastra el torrente de la vida. Ojo, yo no quiero mejorar el mundo, porque un novelista no tiene el deber de hacerlo. Yo quiero contar historias y que el lector las disfrute. Yo no soy un apóstol ni un salvador, soy un contador de historias”, dice.

Las preguntas de La Capital y de otros colegas llevan al padre de Alatriste por los derroteros del amor y la guerra. Y él no se resiste, incluso explica que el amor es fácil de explicar porque se entiende. Pero que la guerra es otra cosa: es una escuela de lucidez. “Nunca amé la guerra, no disfrutaba en la guerra, aprendía, aprendía a mirar el ser humano porque en la guerra los barnices sociales, las estructuras que el hombre ha creado como protección para su propia malvada o bondadosa vida, se van al diablo. El ser humano brota en lo elemental: supervivencia, depredación, alimentarse, sobrevivir… Ver al ser humano en la guerra con un arma en la mano, cuando puede matar impunemente, ahí te das cuenta de lo luminoso y tenebroso que hay en el ser humano al mismo tiempo. En la guerra, en un día, aprendía cosas que había tardado diez años en ver. Entonces, me dejó una impronta tan intensa que siempre aflora en mi territorio. La guerra fue parte de mi vida y me quitó muchas ingenuidades”.

AL6049A_FRONTAL_El italiano.jpg

–¿Por qué hay una reivindicación del Mediterráneo como patria?

Es que todo arranca de ahí. Nosotros formamos parte de un sistema cultural que tiene tres mil años. Venimos de Homero, Platón, Aristóteles, Sócrates, Dante, Cervantes y después, de esa Europa bárbara que se va sumando: Hegel, Shakespeare, etcétera. Al igual que uno no puede entender el islam sin Mahoma, esta novela es eso, poner de relieve que lo mejor que tenemos los europeos del Mediterráneo y los americanos, porque también vienen del Mediterráneo, procede de allí. Yo estoy orgulloso de ser mediterráneo y cuando voy a América, a Argentina a México, ahí no soy extranjero, como ustedes no son extranjeros acá, en España. Y yo que soy muy poco patriota, de las banderas y eso, desconfío siempre de los canallas que se envuelven en ellas. Respeto a quienes mueren por su bandera honradamente, pero desconfío de quienes las utilizan como argumento para hacer sus negocios. Sin embargo, me emociona esa especie de patria que arranca en el Mediterráneo, que es el origen de todo.

Qué es la libertad también le preguntaron a Pérez-Reverte, y el hombre, que parece portar unos valores inclaudicables, respondió que es no violentar jamás los cuatro o cinco conceptos sobre los que vas a escribir. Uno puede ser esclavo, o empleado de una empresa de la que depende la comida de sus hijos, “pero en tu interior hay una parte que no puedes ceder a nadie, entonces aquel ser humano que puede preservar esa parcela, nutrirla con amor y tal, que es capaz de conservar a pesar de todo ese reducto, es un hombre o una mujer libre. Y también eres libre, aunque sea por poco tiempo, cuando peleas por lo que quieres. Los lectores tenemos bibliotecas y los libros son libertad. Yo recuerdo en Sarajevo, en medio de las bombas, cuando volvíamos al hotel y el camarógrafo dejaba huellas de sangre en el piso, porque habíamos estado en lugares donde se mataba sin piedad… Uno llega al hotel con esas cosas en la cabeza, tiene que mandar imágenes de muchos huesos para que el telediario triunfe sobre otras cadenas, es decir, cuando uno tiene que ejercer el sucio y a veces noble trabajo de reportero de guerra (yo era un mercenario cualificado) no era libre, trabajaba para alguna cadena y debía cumplir con mi trabajo. Pero cuando llegaba al hotel escogía algún libro, no sé, de Jenofonte, Plutarco, Balzac, ahí sí era libre. El libro me devolvía la dignidad del ser que sabe que hay una parte de ti que no puedes vender, ni se puede comprar ni puede manipular nadie y para mí eso es la libertad. En este mundo tan difícil, conservar esa parcela, eso es la libertad. Pero la libertad absoluta, con las redes sociales, es imposible”.

Arturo Pérez-Reverte El italiano ©Jeosm (2).jpg

–En cuanto al mundo de hoy, algunos analistas no creen que tras la pandemia todo vaya a cambiar, sino todo lo contrario, que se vislumbran tiempos oscuros, tanto en lo político, en lo medioambiental, en lo social y también en lo cultural. Cómo lo ves tú –preguntó un colega-.

-Yo soy culturalmente optimista e históricamente pesimista. Yo creo que ese espacio, el Mediterráneo, ese que compartimos desde el Pacífico hasta Turquía, está sentenciado a muerte. Creo que ese Occidente, entre comillas, está sentenciado por muchas razones que no voy a enumerar. Pero no es dramático. No lo miro deprimido, ese mundo que conozco va a ser sustituido por otro mundo, no sé si mejor o peor, me da igual porque no voy a estar aquí para verlo. De pronto serán los chinos con su ausencia del individuo, con su colectividad frente a la libertad individual, será el islam con su teocracia y sus dogmas de dios, será África con su sed y su hambre, será la América indígena, tan maltratada por sus actuales gobernantes como fue por los españoles o quizá más todavía, es decir, no sé quién va a sustituir los mecanismos rectores de ese mundo que viene, no sé cuánto tardará, si medio siglo o un siglo, pero caerá. Y habrá, por supuesto, monasterios medievales, con monjes del futuro que estarán escribiendo y salvaguardando los restos de ese derrumbe, porque los bárbaros, sean quienes sean, terminarán algún día con este mundo que conocemos. Pero mientras haya jóvenes lectores, educados no para ahora sino para el futuro, que serán esos monjes medievales, ellos serán la bisagra que una el mundo ya desaparecido con el que venga. A ellos corresponde ser los transmisores, no se perderá todo, se perderán libros, como antes fueron los de Aristóteles, pero no todo.

“Las novelas son como las mujeres”

Una de las preguntas que le hicieron fue sobre la génesis de la novela, que no es otra cosa que una anécdota que su padre le había contado muchas veces y que a él le “quedó en la cabeza”

“Nunca pude olvidar la historia de esos italianos que combatían contra la gran flota inglesa. La idea entonces de los italianos era verlos comer spaghetti y poca cosa más, impensable que desafiaran a los ingleses… Sin embargo, era cierto. Y en mis viajes llegué a acumular cerca de cien libros sobre esos buzos que atacaban en Gibraltar, Alejandría o Argelia. Yo soy de esos novelistas que no tienen miedo a la página en blanco, todo lo contrario, incluso sé que con setenta años ya hay historias que no contaré nunca y afortunadamente la pandemia me ha permitido escribir algunas. Pero las anécdotas, los datos son como una nube de moscas que van contigo y una canción, una línea de un libro, una película hace que empiecen a tomar forma. Esta novela me acompañó como nube desde niño y un día me dijo aquí estoy, escríbeme. Las novelas son como las mujeres o los hombres guapos, pueden elegir.

Arturo Pérez-Reverte lee el comienzo de «El italiano»

Un fragmento de "El italiano"

El perro lo descubrió primero. Corrió hacia la orilla y se quedó olfateando y moviendo el rabo mientras gruñía con suavidad junto al bulto negro, inmóvil entre la arena y el agua color de nácar que reflejaba la primera claridad del día. El sol no sobrepasaba aún la sombra oscura del Peñón, proyectándola en la superficie de la bahía silenciosa y quieta como un espejo, salpicada por los barcos fondeados que apuntaban sus proas hacia el sur. El cielo era azul pálido, sin una nube, sólo marcado por la columna de humo que ascendía cerca de la embocadura del puerto; allí donde un barco, alcanzado durante la noche por un submarino o un ataque aéreo, había estado ardiendo toda la madrugada.

—¡Argos!… ¡Ven aquí, Argos!

Era un hombre. Lo comprobó mientras se acercaba, con el perro correteando ahora entre ella y el bulto inmóvil, como si la invitase gozoso a compartir el hallazgo. Un hombre vestido de caucho negro mojado y reluciente. Estaba tumbado de bruces en la orilla, el rostro y el torso en la arena y las piernas todavía en el agua, cual si se hubiera arrastrado hasta allí o lo hubiera depositado la marea. En la cintura llevaba sujeto con correas un cuchillo, en la muñeca izquierda, dos extraños y grandes relojes, y en la derecha un tercero. Las agujas de uno de ellos marcaban las 7 y 43.

Se arrodilló a su lado en la arena húmeda, y le tocó la cabeza: tenía el pelo negro y lo llevaba muy corto. Del pecho pendían una máscara de goma y un extraño aparato con dos cilindros metálicos. Sangraba por la nariz y los oídos y seguramente estaba muerto. Ella recordó las explosiones nocturnas, los focos de la defensa antiaérea que habían iluminado el cielo y el barco incendiado, y por un instante pensó que podía tratarse de un marinero. Pero en seguida comprendió que ese hombre no venía de una de las naves ancladas en la bahía, sino del mar mismo. O del cielo. Era un aviador, o un submarinista. Tal vez uno de los alemanes o italianos que atacaban Gibraltar desde hacía dos años. Y la línea de demarcación entre España y la colonia británica se hallaba a sólo tres kilómetros de allí, siguiendo la playa hacia levante.

Iba a levantarse para avisar a la Guardia Civil —había un puesto cercano tierra adentro, en la zona militar de Campamento— cuando creyó oírlo respirar. De modo que se inclinó de nuevo hacia él, acercándole dos dedos a la boca y el cuello, y entonces sintió un leve aliento y el latido muy débil del pulso en la arteria. Miró alrededor, confusa, en demanda de ayuda. La playa estaba desierta: a un lado la curva de arena que llevaba hasta la población de La Línea y la frontera, y al otro las casitas lejanas y sueltas de los pescadores de Puente Mayorga, que a esas horas faenaban en la bahía. No había nadie a la vista. El edificio más próximo era su propia casa, situada a un centenar de pasos de la orilla: una pequeña vivienda de una planta rodeada de palmeras y buganvillas.

Decidió llevar al hombre allí para socorrerlo antes de avisar a las autoridades. Y esa determinación cambió su vida.

1. Un enigma veneciano

El nombre de la librería era Olterra, y eso debía haberme puesto sobre aviso; pero en el invierno de 1981, como mucha otra gente, yo lo ignoraba todo sobre aquel misterio.

Me había detenido por casualidad ante el escaparate cuando paseaba por la calle Corfù, entre la Accademia y la Salute, porque un libro llamaba mi atención. Era La gondola, de Cargasacchi. Había dos ejemplares expuestos, uno de ellos abierto por una página con el plano detallado de esa embarcación. Siempre me interesó la arquitectura naval, así que entré en la librería, que era pequeña, confortable, calentada por una estufa de butano, con un ventanal trasero que daba a un canal de muros desconchados y portones roídos por el agua. La atendía una señora mayor de rostro agraciado y cabello blanco recogido en la nuca, que leía sentada en una silla con un elegante chal sobre los hombros. Un perro labrador dormitaba en la alfombra, a sus pies. Nos saludamos, pregunté por el libro y me trajo uno de los que estaban expuestos. Tras hojearlo un poco, lo puse aparte para llevármelo y miré otros. Había muchos de asunto náutico, así que me entretuve con ellos. Y mientras lo hacía, reparé en las fotografías de la pared.

Eran dos, en marcos acristalados. En blanco y negro. La más pequeña mostraba a una pareja de mediana edad sonriendo a la cámara mientras el hombre, maduro pero de buen aspecto, pasaba un brazo en torno a la cintura de la mujer. Tras observarla un poco advertí que esa mujer era la librera misma, diez o quince años atrás. En la otra foto, de mayor tamaño aunque peor calidad y más antigua, se veía a dos hombres: uno vestido con mono de faena y gorra de marino, y otro en pantalón corto y camiseta, posando ambos junto a una especie de torpedo situado en la cubierta de un submarino. Los dos sonreían, y el del pantalón corto aparentaba gran parecido con el hombre de la otra fotografía, aunque en ésta se lo veía mucho más joven. Pero era fácil reconocer la sonrisa atractiva, simpática, y el cabello muy corto y negro que en la segunda foto era ya encanecido y escaso.

La librera sorprendió mi observación, pues cuando volví la vista comprobé que me miraba.

—Interesante —comenté, más por cortesía que por otra cosa.

—¿Es usted español?

—Sí.

No dijo que ella también lo era, o al menos todavía no. Yo lo ignoraba, desde luego. En todo momento me pareció una completa veneciana. Hablábamos en italiano, y no cambiamos de idioma hasta algo más tarde.

—¿Por qué le parece interesante? —preguntó.

Señalé la foto de los hombres junto al torpedo.

—El maiale —dije.

Me miró con curiosidad, ligeramente sorprendida.

—¿Sabe qué es un maiale?

—Acabo de ver uno en el museo naval, junto al Arsenal.

No era sólo eso. También había leído algún libro y visto algunas fotos: Segunda Guerra Mundial, torpedos tripulados con cabezas explosivas, ataques submarinos contra Alejandría y Gibraltar. Una guerra oculta y silenciosa.

—¿Le interesa ese asunto?

—Algo.

Todavía me observó, pensativa, y luego se puso en pie para buscar en uno de los estantes. Mientras lo hacía, el perro —era una perra— se alzó sobre sus patas, me dio una vuelta alrededor y volvió a tumbarse con indiferencia en el mismo sitio que antes. Al fin la librera trajo dos volúmenes. All'ultimo quarto di luna, se titulaba uno. En el último cuarto de luna. Tampoco el otro título parecía revelador: Decima Flottiglia MAS. Las cubiertas eran más explícitas. Una mostraba a unos buceadores cortando una red submarina; otra, a dos hombres navegando medio sumergidos a bordo de uno de esos torpedos tripulados.

Los puse aparte con el libro sobre las góndolas. Seguía contemplando las fotografías de la pared.

—Un hombre apuesto —dije.

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