Sola y temblando en un banco del hospital, escuchó que la felicitaban, estaba embarazada. ”Él había quedado allá, pero yo tenía algo de él dentro mío” Sola y temblando en un banco del hospital, escuchó que la felicitaban, estaba embarazada. ”Él había quedado allá, pero yo tenía algo de él dentro mío” Estela y Miguel, suboficial maquinista, habían armado su proyecto de vida con sus pequeños Javier y César, en Bahía Blanca, su lugar de trabajo, en un departamento comprado con crédito hipotecario, lo cotidiano les devolvía certidumbre y futuro. Pero el futuro tendría otra cara. O mejor un inesperado contraluz. Desde la partida de Miguel, Estela había seguido con atención los comunicados sobre Malvinas; cada día que pasaba era a la vez alivio y miedo. Pero la tarde del 2 de mayo la sacudió. Comenzaron a llegar noticias de torpedos y naufragios. Estela lloraba abrazada a sus hijos. El amanecer la encontró despierta, en un sillón, mirando el vacío. Esperó el último comunicado, la búsqueda de sobrevivientes había cesado. El viento había arrastrado lejos las lanchas de rescate y sobre las aguas del buque sólo quedaban manchas de aceite que se movían con el oleaje.
¿Y Miguel? Tres días después, una comisión de oficiales de la Marina, tocó a su puerta, con una bandera, dos sables y una noticia que sabía cruel. Miguel era una de las víctimas. En los días siguientes imaginó una y otra vez, las paredes de agua y muerte del naufragio. Comenzó a sentirse mal, lo atribuyeron a su angustia y le indicaron estudios. Sola y temblando en un banco del hospital, escuchó que la felicitaban, estaba embarazada. ”Él había quedado allá, pero yo tenía algo de él dentro mío”, relata. En aquel momento Estela supo cuál sería su lucha y que la llevaría hasta el final. Cuando nació Andrea, dejaron atrás Bahía Blanca para vivir en Granadero Baigorria, buscando cercanía con los familiares, y para alejarse del lugar que había recorrido hasta último momento, cada vez que llegaban aviones con heridos, tal vez alguien se hubiera equivocado, tal vez….
Lo último que tenía de su esposo era una carta que él le alcanzó a enviar desde Ushuaia, cuando el Belgrano hizo un alto para cargar combustible. Otra vez la sincronía, mientras Miguel había buscado cómo enviar la carta por correo, Alberto quedaba prendado del lugar, tal modo, que lo eligió para vivir al terminar la guerra. En la carta Miguel le pedía a Javier y César que cuidaran a su mamá y a ella que fuera fuerte, le hablaba a la familia de la que se había despedido, porque “nunca supo de la hija que venía en camino”, cuenta Estela sobre la carta que atesora.
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“A mi mamá le cuesta hablar y recordar, para mí es una forma de seguir conociéndolo”, dice Andrea Paz “A mi mamá le cuesta hablar y recordar, para mí es una forma de seguir conociéndolo”, dice Andrea Paz
Escorando a babor
Ushuaia fue el último lugar antes de la locura, del ataque fuera del área de exclusión, del periscopio del Conqueror, en la sigilosa persecución a tres millas. Hasta que llegó la orden de Margaret Tatcher: un torpedo hizo un tajo de muerte a lo largo del Belgrano y otro le voló quince metros de proa. Era domingo y había tormenta, gris arriba y horror sobre las aguas que el viento embravecido. El ataque fue a las 16.03 y una hora después, el perfil del Belgrano, orgullo argentino, escorando a babor, desaparecía en el horizonte líquido, 4200 metros bajo el mar, al sur de Malvinas.
En una de las balsas iba Cabanillas, que dos décadas después, narró a La Capital el espanto que leyó Estela, para ella era algo más que una crónica, era la oportunidad de armar en su cabeza y su corazón, el momento que se llevó a Miguel. De aquellos momentos en las balsas, cuando las horas zigzagueaba el límite entre la vida y la muerte, Alberto evoca hoy “el compañerismo que tuvimos con el resto de la tripulación, porque si no yo no estaría acá, fueron todas acciones que llevaban al extremo al ser humano, a dar lo máximo de sí, mientras el agua llegaba hasta la cintura, por eso aún tengo secuelas”.
Cabanillas recuerda el agua helada hasta la cintura, el afán por preservar heridos y las voces de aliento más encumbradas que las olas que los mecían. Y se suma a la historia de Daniel Esturel, un joven rosarino que la Fragata Libertad transfirió al Crucero. “Me acuerdo que la mamá vino a mi casa muy acongojada, también queriendo saber algo de aquellos últimos momentos”, evoca. Y dice que después de la guerra nunca viajó a Malvinas, porque requiere un pasaporte, algo que no está dispuesto a mostrar porque es suelo patrio, “lo mismo que si me pidieran pasaporte para entrar en Santiago del Estero”.
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La guerra en la cabeza
“Nunca vamos a dejar solos a los familiares”, afirma Cabanillas, antes de partir a Ushuaia, donde fue condecorado en el acto por a 40 años de la guerra, que en ese lugar tienen un sentido especial. ¿Dónde quedó la guerra en los combatientes y sus familiares? ¿Qué hicieron con ese dolor, a la vez heroico y absurdo, por vencer o matar? ¿Todos pudieron exorcizarlo? “En muchos casos sí, en otros quizás no, no todos somos iguales en las percepciones, fue muy difícil contener a quienes venían de un estado de guerra y convivir con la muerte; de hecho muchos no sabían cómo hacerlo, porque aunque no parezca la cabeza va por otro lado”, dice Cabanillas.
“A mi mamá le cuesta hablar y recordar, para mí es una forma de seguir conociéndolo”, dice Andrea Paz. Y cree que “deberían haberlos aplaudido cuando llegaron”, para llenar al menos el vacío que los sobrevivientes encontraron. “No los valoraron ni respetaron y da tristeza saber que se quitaron la vida, muchos más de los caídos en la guerra, debieron haberlos cuidado más”. Claro que no todas las familias tenían los recursos materiales y simbólicos para contener la subjetividad que transformó la guerra, matar o morir bordea fronteras aún en el heroísmo.
Las secuelas de la posguerra interpelan al licenciado en antropología, Domingo Sayago, que buceó en la memoria de los sobrevivientes y percibió casi una constante, que articulaba dimensiones profundas y opuestas. “Una idea de haber sido usados, mandados en forma improvisada pero que al mismo tiempo habían demostrado heroísmo, y una permanente búsqueda del reconocimiento que no encontraron a su regreso”, dice. La pregunta de investigación cayó de su peso y se transformó en su tesis Guerra de Malvinas. De traumas y monumentos>>, que luego se convirtió en libro que recoge y resignifica aquellas vivencias.
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Desde el Centro de Ex soldados combatientes de Malvinas de Rosario y la región, Claudino Chamorro, asegura que la contención de la familia fue fundamental. “Aunque muchos de nuestros compañeros no tuvieron esa suerte y no pudieron contenerlos, en mi caso volví hacer lo mismo que al partir, trabajar y estudiar, ingresé a una empresa del Estado que era Entel. Formar una familia y el deporte me ayudó mucho a estar ocupada”, relata, sobre cómo recuperó los andariveles por donde discurre la vida.
Después aparecieron los vínculos entre los sobrevivientes. Comenzaron con reuniones en casas de familias mientras iba germinando lo que serían los centros que hoy los agrupan. Después salieron a buscar a los otros, a los que no podían conjurar los fantasmas de lo vivido “los primeros momentos fueron los más difíciles”. La Municipalidad les prestó el primer lugar en una galería. La visibilidad comenzaba.
“El objetivo era formar una institución como es hoy nuestro centro, contener a nuestros compañeros, buscar la forma de reinsertarnos en la sociedad y en cuanto a ideales el homenaje permanente a nuestros héroes y mantener siempre viva la causa Malvinas”, enumera Chamorro. En Santa Fe lograron formar 12 centros, federarse y confederarse. En la actualidad, la provincia no tiene representantes en la Comisión Nacional de Familiares.
“Nuestras mujeres siempre estuvieron, en cada acto en cada movida, hoy son nuestros hijos quienes toman la posta a través de Generación Malvinas, con un trabajo importante en toda la provincia”, explica. Y dice que ellos llevan el mensaje, causa, bandera, herencia y trabajan junto a los Veteranos en acciones solidarias como la cocina móvil. Una actividad que de mayo a septiembre alimenta otro tipo de heroísmo, la solidaridad con las personas en situación de calle y el acompañamiento entre combatientes que aún necesitan el tejido conectivo que brinda un grupo.
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Generación Malvinas
“Siento un respeto tremendo y creo que hay que mantener la memoria”, dice Andrea Paz que participó en la formación de Generación Malvinas, a la que aún apoya mientras junto a su mamá, aún llevan flores al cenotafio que recuerda a los caídos, en el Parque de la Bandera. Para Lucía Moreyra, hija de Alejandro, un veterano que nació en el Chaco, “cuando hablamos de Malvinas lo entendemos a nuestra forma, de un modo cotidiano, no sólo el hito del 2 de abril, sino todo el año y todo el tiempo, una vez un amigo nuestro dijo una frase justa; ustedes viven Malvinas de una forma única, y es así”, comenta y dice que esa cotidianeidad es lo más importante de resaltar.
Según Lucía, entender el derecho de soberanía sobre Malvinas es una problemática que necesita ser cotidiana, por eso la relevancia no se agota en celebrar el 2 de abril. “De este modo se puede pensar en su recuperación a través del emblema de la paz porque lo que obviamente lo que menos queremos como familiares y como sociedad, es otra guerra”, argumenta.
En el marco de los 40 años de la guerra de Malvinas, cobran sentido las visitas a las escuelas, los murales, los conversatorios, como el que vienen realizando en forma conjunta con la Cátedra Malvinas de Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Rosario, a través de un recorrido histórico que arranca con las primeras invasiones inglesas y la importancia de las islas en el planisferio. A las actividades, la Cátedra suma este año una diplomatura sobre el tema.
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“La familia está en todo, con mi papá nos acompañamos mutuamente, en todas las actividades como en la inauguración de la Biblioteca sobre Malvinas, en Humanidades y las charlas sobre su experiencia, volvió a las islas porque necesitaba cerrar lo que allí pasó”, explica Lucía. Y dice que en estas fechas los hogares de los combatientes se sensibilizan de un modo especial, sobre todo en estos últimos años en que se está reviendo el rol que tuvo la familia, que acompaña toda lo emocional que se vive, incluso también entender el silencio de quienes no pueden hablar. “Nosotros tenemos un pedacito de historia en nuestra casa”, sintetiza.
“Para nosotros Malvinas es todo el año”, coincide Soledad, hija de otro chaqueño, Marcelino González. Con su mamá Lucía, supieron acompañarlo siempre y cuando comenzó el trabajo solidario con el camioncito de la cocina para personas en situación de calle. La joven, que también integra Generación Malvinas, dice que la gesta de la guerra es muy fuerte, algo que “nos inculcaron los padres, a pesar de ponerse nerviosos, de que le cuesta hablar y explicar, cuando mi papá participó de un documental, recién vi llorar a mi papá cuando hizo un archivo oral sobre su historia en Malvinas, en mi casa no lo habíamos visto llorar nunca”.
“Le costaba hablar de Malvinas, pero si yo tenía un acto en la escuela, ahí me contaba”, relata Soledad. Fue la hija de otro veterano a través de las redes sociales, quien le contó que su padre era parte de quienes le robaban comida a González, que era cocinero; el robo aún exponiéndose a sanciones, tenía un sentido, llevar comida a otros compañeros que estaban heridos o por otros motivos. También por las redes sociales, la hija de otro veterano buscó a su papá durante años, una bomba los había separado en la trinchera y al enterarse que había fallecido recientemente dijo que no se perdonaba no haberlo encontrado antes.
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“Formamos Generación, por la herencia que dejaron nuestros padres, debemos seguir malvinizando, que Malvinas no quede en el olvido, la frase de nuestro grupo es justamente la lucha no termina, eso refleja todo”, enfatiza Soledad que acompaña las actividades llevando a su hijo Mateo. “Mi papá no dudó en ningún momento para ir a las islas, aunque lo llamaron cuando ya había terminado el servicio militar, estuvo seguro de ir y defenderlas, más allá de algunas circunstancias particulares que hayan existido”, comenta. Y dice que muchas veces aunque pesaran más los silencios de su padre siempre lo acompañaron.
Cuatro décadas y una herencia. Tiempo y pasión. Una memoria que al mismo tiempo es presente. Un orgullo de combatiente que nada silenció, tantos sentidos, como dolores selló en ellos la guerra, también en quienes los amaban, en la piel social y en el equilibrio de un mapa geopolítico que aún arrastra una inexplicable rémora colonial en pleno siglo XXI. Pensar Malvinas desde la polifonía de las representaciones, es encontrar que abreva en el heroísmo y que aquella gesta de 1982, en soledad, coraje y frío, tiene herederos y hasta bandera, Generación Malvinas continúa la batalla.
La carta de Miguel a Estela y sus hijos
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