Juan Bereciartua, el hombre que sabe viajar y tiene vocación patagónica
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Juan Bereciartua, el hombre que sabe viajar y tiene vocación patagónica

Es escritor y un auténtico experto en el sur argentino, al que ha recorrido de múltiples maneras. Plasmó su experiencia en un bello libro, "La ruta 40 en la Patagonia". En diálogo con este diario, contó el origen de su fervor y criticó a quienes "el apuro los gobierna"
10 de diciembre 2022 · 04:05hs

El viaje es una de las modalidades constitutivas del Occidente moderno. Y aunque hace ya tiempo que el mundo ha pasado a ser demasiado pequeño para el hombre, siempre quedan paisajes por descubrir, espacios por recorrer, secretos por revelar.

El escritor Juan Bereciartua es un experto en el oficio de andar suelto y en un hermoso libro, La ruta 40 en la Patagonia, da testimonio de sus andanzas a través de uno de los caminos más singulares y apasionantes de la Argentina, en el inmenso sur. En diálogo con este suplemento, explicó las razones que sostienen su pasión.

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-¿Me equivoco, o en tu vida la Patagonia es sinónimo de felicidad? Si fuera así, me gustaría que explicaras las razones de esa felicidad y nos contaras cuándo fue tu primer viaje.

-Para mí, atravesar un río no es lo mismo que cruzar el río Colorado, el ansioso límite norte de la Patagonia. Puedo coincidir con José Saramago en que la felicidad no existe, sólo son pequeños momentos en que pareciera que la hemos alcanzado. Bien, yo siento en nuestro sur algo parecido al logro de una improbable caza de la felicidad. Si tengo que pensar en las razones de este sentimiento, creo que tiene que ver un poco con lo desaforado de la geografía patagónica, con esa creencia ilusoria de que siempre voy desandando caminos nuevos.

Vuelvo a verme ahora en las veces que estuve a punto de cruzar el Colorado, en cualquiera de la media docena de puentes que lo atraviesan, y puedo describir esta situación como un esperado y siempre añorado ritual.

Me detengo antes, evito la cercanía de otro vehículo que me apure, y surge así un instante de duración indefinida. Luego me lanzo a cruzar, traspongo el largo del puente y al finalizar no puedo dejar de detenerme en la banquina. Bajo, respiro hondo, atisbo el horizonte, y esbozo un gesto que pretende asir aromas conocidos, escrutar distancias ya recorridas, contener los infinitos granos de tierra que componen este magnífico territorio llamado Patagonia.

Otra de las razones se relaciona bastante con los mitos que esconde este sur del mundo, y que me encantan. Cuando se califica de mítica a la Patagonia, al adjetivo lo sostienen fundamentos. Son innumerables los acontecimientos y sucesos dignos de la mejor literatura fantástica que puedo incluir en una extensa nómina.

Pienso en Magallanes, que bautizó con irrefutable decisión al extremo sureste del continente como cabo de las 11.000 Vírgenes, en homenaje a una extravagante leyenda europea. También en viajeros de todo el mundo y de cien mil raleas que llegaron más tarde a conocer, recorrer, negociar, explotar estas tierras de las que había comenzado a hablarse en Europa, sobre todo en Inglaterra. Escritores aventureros (Darwin, Musters, Hudson, Bridges, Verne, Plüschow, Shackleton, Rojas, Chatwin) que hicieron aportes gloriosos a la alimentación de esos mitos que me siguen conmoviendo.

Y por último, y no menos importante, la historia y las historias de la Patagonia, desde el misterio insondable de la cueva de las Manos en el cañadón del río Pinturas, o las fenomenales descripciones de Antonio Pigafetta (el cronista de Magallanes), pasando por el criminal “humanamiento” a que fueron sometidos los yámanas y los onas por parte de pastores religiosos, el genocidio roquista, que conformó la entrega de superficies kilométricas a manos de propietarios de apellidos ilustres, o las matanzas de obreros de 1921 que investigaron para todos los tiempos José María Borrero y el querido Osvaldo Bayer.

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Mi primer viaje lo debo a la conjunción de una presentación literaria y de una casualidad y suerte extremas. Antes, a mediados de la década de los 80 del siglo pasado, había leído algunas crónicas en diarios de tirada nacional que hablaban de lugares poco transitados de la Patagonia. Todo eso por entonces me resultaba un mundo inalcanzable y por tanto sumamente atractivo. En 1991 vino a Rosario Eduardo Belgrano Rawson a presentar su novela Fuegia, una historia perturbadora que se desarrolla en los canales fueguinos. Me pasó esa noche que escritor y entrevistadora hablaban y yo, más que escucharles hablar del libro, volaba como Saint-Exupèry por los inhóspitos territorios sureños, por sus paisajes, y sobre todo, por su historia. Agobié a Belgrano Rawson con preguntas y salí de la presentación con una sola duda sin respuesta inmediata: cómo y cuándo sería mi primer viaje al “fin del mundo”. A los pocos días apareció la casualidad con impronta de suerte: gané en un sorteo inesperado un viaje a Cancún y la Riviera Maya. Como cualquiera puede imaginarse, logré convencer a la agencia de viajes de que no tenía ninguna lógica ir a conocer México mientras ignoraba el sur de mi país. Así logré que me dieran un viaje aéreo a Ushuaia y El Calafate. A partir de allí, el cielo con las manos.

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-¿Y por qué, además, se da el enamoramiento puntual con la ruta 40, tan erizada de peligros y dificultades, como las que contás en el libro?

-Coincido con algunos viajeros en que los peligros y las dificultades son las que le agregan los mejores condimentos de aventura a cualquier viaje. Y La 40, en toda su extensión, es la ruta nacional que tiene a esos componentes como su índole, su fundamento. Además de sectores de circulación bastante o muy complicada, esta ruta contiene muchos hitos que la hacen única: es la ruta nacional más extensa y la única que atraviesa Argentina del extremo sur al extremo norte, a través de más de cinco mil kilómetros, por eso se la califica como la “columna vertebral del país”. Sobre La 40 podemos encontrar uno de los dos o tres pasos carreteros más altos del mundo en Abra del Acay (4.895 metros sobre el nivel del mar). Transita por todos los climas, tipos de superficies, altitudes y accidentes geográficos. Su historia también es apasionante, la epopeya de su construcción original, a pico y pala. Su primera traza data de 1935, y fue asentada sobre los caminos ancestrales de los aborígenes cordilleranos, incluidos los de los incas, que habían llegado hasta Mendoza cerca del año 1500. En sus comienzos el piso de La 40 estaba constituido piedra sobre piedra y se trataba de senderos utilizados mayormente por carros y arreos de animales. Con ellos ya se mezclaban algunos vehículos de gran porte y de doble tracción, para cuyos conductores la circulación por la Ruta tenía visos de hazaña. Y por si todo esto fuese poco, se asoma a la existencia de una maravillosa variedad de pueblos, parajes, pasos y también capitales de provincias. En el norte circula, en varios tramos, por cauces de ríos a veces secos. Da acceso a veinte parques nacionales y más de veinticinco cruces de la cordillera. Su kilómetro “0”, en cabo Vírgenes, se apoya contra la estructura de nuestro faro más austral, como si su nacimiento sucediera en el mar, en la confusa niebla de casi todos los días.

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-Y ahora vamos hacia atrás, si te parece bien. Contanos algo de tu vida, de dónde surge la pasión por la literatura y la escritura.

-Siempre fui amigo de la lectura. Como pertenezco a la generación que entendía, a finales de los años 60, que el mundo ya era un lugar invivible, y era perfectamente modificable, en mi juventud me interesaba más el ensayo político y social. Va de suyo que, en ese mismo orden, transitaba la literatura a través de autores que podía incluir en mi ideología. Como tantos amigos devorábamos a Neruda y Cortázar y escuchábamos a Víctor Jara con fruición, e ignorábamos a Borges con devoción.

Alrededor de mis cuarenta, un amigo me regaló un libro de cuentos del Negro Fontanarrosa. Lo leí y dije: ah, también se puede escribir con humor. Es decir, yo entré a la literatura por el humor. De ese tono fueron mis primeros devaneos con la escritura. Como tantos lectores, después intenté sentarme a escribir con alguna pretensión, y a principios de los años 90 comencé a ir al taller de escritura de Alma Maritano. Eso coincidió con la pasión por recorrer La 40. De manera que fueron dos pasiones que se encontraron casi en un mismo momento y empezaron a caminar juntas para ya no separarse ni abandonarme.

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-Y ahora volvamos al sur: ¿a quiénes considerás tus maestros en esa “vocación patagónica” de la que hacés gala? ¿Hay escritores en ese equipo?

-Sí, hay muchos, a algunos ya te los mencioné. El primer libro que me conmovió, y me reveló la crónica de viajes, fue Patagonia, del escritor inglés Bruce Chatwin. Lo publicó en 1977 después de viajar seis meses por el sur argentino y chileno. Yo lo compré y lo leí en mi primer viaje de 1991, cuando el autor ya había muerto. Mucho después se dijo que fue el libro que cambió la literatura de viajes. Chatwin ganó fama mundial luego con otros textos excelentes y con su muerte muy temprana.

Pero no solo hubo escritores. Me influyó un colectivo de amigos y conocidos circunstanciales que me acercaron y me nutrieron con informaciones valiosas a cual más interesante e importante. Fueron tantos los habitantes de mi querido sur que me asesoraron, conversaron, explicaron, quiero decir, gentes de todas las edades de los cuales aprendí casi todo lo que sé y viví sobre la Patagonia. Todos, en su medida, fueron inoculándome porciones de amor por el sur. De todos ellos podría recordar ahora a dos. El primero (una experiencia tan fugaz como enriquecedora), el niño Darío Cañicul que atendía el modesto comedor familiar sobre el lago Huechulafquen y que me enseñó con mucha paciencia sobre la vida y métodos de supervivencia del pudú, un ciervito de los montes de Argentina y Chile. Otra es una larga amistad con Orlando, ya más barilochense que rosarino, observador y estudioso de aves, participante de los censos cordilleranos de cóndores, con quien nos hemos amanecido tantas veces en tantos años recorriendo sus mapas y jugándonos el honor en discusiones sobre el mejor camino para ir, por decir ahora, a Puerto Patriada.

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-Y ahora, dirijámonos al polo opuesto: ¿qué es lo que no te gusta y creés que habría que cambiar en la Patagonia?

-No me gusta que los viajeros (y menos los turistas) renieguen del estado de algunos sectores de las rutas, excepción hecha de quienes trabajan o viven a la vera de caminos a veces casi intransitables. Creo que quienes tenemos la suerte de viajar por placer o conocimiento, no podemos exigir el exacto pavimento. En varios foros de las redes sociales se habla de los ochenta y siete kilómetros “infernales” que tiene La 40 entre la Cuesta del Chihuido y Ranquil Norte. Muchos se quejan porque rompen el coche, o demoran demasiado, o hay mucha tierra, pero nada dicen del apuro que los gobierna. Yo sostengo que los viajes tienen sus propios tiempos y hay que respetarlos. Muchos se jactan de que hicieron tantísimos kilómetros en un tiempo record, o recorrieron toda La 40 en siete días. Y entonces pregunto: ¿Y qué vieron? ¿Con quién hablaron? ¿Qué aprendieron?

En cuanto a cambiar algo, entiendo que, como en tantas oportunidades, el esfuerzo mayor debería provenir de los gobiernos: “Constituir” una Patagonia que no sea “tan inaccesible” y resulte “tan cara” para el resto de los argentinos. Por supuesto que pienso en maneras de viajar mucho más económicas y posibles, como ser el tren, que con frecuencias adecuadas debería llegar a Río Gallegos con pasajeros y mercaderías. También los pasajes de avión subsidiados para que los patagónicos trasplantados desde el resto del país puedan saber que no se han ido “tan lejos”. En otras palabras, que sea un territorio preparado no solo para los extranjeros o los argentinos de ingresos superiores.

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-Vivir e incorporar la Patagonia es uno de los grandes desafíos nacionales. ¿Creés que la Argentina merece ser considerada culturalmente como una nación, o se trata apenas de un conglomerado?

-Sin dudas somos una nación. No debemos confundir las distancias terrestres con distancias o diferencias simbólicas o de pertenencia a una nación. Por eso digo siempre que debemos definir seriamente qué políticas llevar adelante para hacer económicamente accesible la circulación de todos los habitantes de nuestro país. Y no dudo en afirmar, porque lo he comprobado, que los habitantes patagónicos se saben tan argentinos como cualquier otro de cualquier punto de la ruta 40.

-¿Cómo surgió la idea de viajar para escribir, y hacerlo junto a tu mujer, en una especie de cariñosa imitación de Cortázar –a quien se nota que admirás– y Carol Dunlop, en versión un tanto más salvaje?

-Sí, Carol y Julio, Los autonautas de la cosmopista, nos acompañaron en nuestros primeros viajes. También fue el primer libro que me regaló mi mujer. Con Andrea (o Mi Maga, como le digo yo) éramos compañeros en el taller de Alma Maritano. Cuando comenzamos nuestra relación ella ya sabía, como todos mis compañeros, de mi pasión por la 40. De modo que a la par de constituir nuestra familia empezamos a juntar tiempos y monedas para lanzarnos a la ruta, cada vez que pudimos, con rumbo sur, donde nunca nos faltaron cuadernos y cámaras. Más de una vez nos sorprendimos, sin haberlo planeado, emulando a los dos “autonautas” en algún parador, escribiendo y tomando imágenes. A mí me seguía interesando ampliar mis conocimientos sobre la 40, visitar lugares nuevos y verificar cambios (o no) con relación a mi primer viaje carretero de 2005, y Andrea completó mi cotidianeidad en los viajes. Ella también escribe y es excelente fotógrafa (las fotos y el diseño de La ruta 40 en la Patagonia son de su autoría).

Nuestra última incursión patagónica estuvo relacionada con la filmación de un documental, en febrero pasado, para el canal francoalemán Arte, interesado en satisfacer una pasión europea siempre vigente: la Patagonia y la ruta 40. Al filósofo Philippe Simay, viajero e investigador sobre las maneras de habitar el mundo, y al documentalista Matthieu Millet les pareció atinado convocarme. De manera que allá fuimos con nuestros hijos, esta vez a Chos Malal, a participar en esta película en la cual pude expresar mi visión sobre nuestro sur, su problemática, su pasado y su futuro. Fue una experiencia inédita para mí, que se amplificó con la emoción del primer cruce de Emilia y Camilo a través del río Colorado.

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