—Ustedes plantean en el libro, y es muy visible en las aulas, esta sensación de “dalomismo”, esto de que ya no se cuestiona lo que pasa en el mundo, no se intenta cambiarlo, se acepta, ¿cómo se introduce esta inquietud en los niños que muchas veces, ya no está en los adultos?
—Luis Pescetti en el prólogo dice que el asombro debería ser patrimonio de la humanidad y que es responsabilidad de los adultos y adultas garantizarlo, defenderlo, protegerlo, y en ese sentido me parece que el “dalomismo” entre comillas es lo que nos termina pasando a los adultos con la vida. Como que nos encontramos menos deseantes, más apurados, más cansados. La idea es que en la infancia eso pueda ser preservado, sería interesante que nosotros como adultos podamos recuperar algo de esto. No hace falta introducir inquietudes en los chicos y chicas, sino que hay que darle lugar a ellos y a ellas para que puedan expresar sus propias inquietudes. Cuando proponemos hacer filosofía no decimos que los docentes o los adultos vayamos con las preguntas nuestras bajo el brazo y se las pasemos a los chicos. Eso no sería hacer filosofía, sería enseñar un contenido o lo que fuera, lo que buscamos es que las chicas y chicos sean los que hagan las preguntas.
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La docente Florencia Sichel.
—¿Cómo se puede potenciar esa etapa del “por qué” de los chicos, acompañar sus preguntas para que se transforme en pensamiento filosófico?
—El primer consejo para potenciar esas preguntas de los chicos y chicas es darle espacio. Ellos todo el tiempo interpelan con preguntas del por qué, a los padres, a docentes y también a ellos mismos. Ahí el adulto o adulta tiene que poder parar y preguntarle, ¿qué te estás preguntando? Eso sería lo primero, escuchar, observar y darle lugar. Un poco como propone el libro, buscar de manera conjunta y compartirlo, esa sería la forma de acompañar los “por qué”.
—¿Cómo se hace para mantener viva la motivación, el asombro, la sorpresa?
—Es algo que se trabaja, a veces es difícil si se vuelve un imperativo o un mandato, eso sería problemático. Hay que hacer todo lo contrario, hay algunos ejercicios que podemos hacer, como prestar atención a qué cosas nos gustan, a cuándo nos sentimos felices, poder registrar cuando sentimos placer, deseo, en los adultos, y también en los chicos. Mi hija tiene 3 años, no me va a decir lo que desea, pero yo observo como madre que si le pongo una canción le agarra una locura por bailar, ahí hay una pista. A veces se trata de observar, de escuchar, cuando los chicos y chicas se vuelven más grandes sus deseos se hacen más explícitos.
—¿Cómo se puede habilitar el pensamiento filosófico en las casas, en las escuelas? ¿Qué consejos para padres y para maestras?
—La mejor forma tiene que ser hacerlo nosotros, como padres, madres y docentes, sino es una ficción y los chicos se dan cuenta. Si nos hacemos los que queremos filosofar, pero después no respondemos o eludimos esas preguntas o las desestimamos. Animarnos a experimentar la filosofía como un juego, conectar con otro tiempo, darse un espacio en común, apagar por un rato los celulares y conversar sobre las cosas que les gustan, las preguntas que se hacen. O si vimos una película a la noche preguntar en qué te quedaste pensando, pero además de preguntárselo a ellos, preguntártelo a vos misma.
—¿Qué significa observar con todo el cuerpo?
—Nos parecía importante mostrar otra forma de conocer. Históricamente el conocimiento viene de la mano de un pensar racional, con la cabeza, y nos parece que está bueno también correr los límites de lo que fue aprendido, y poder mostrar que el cuerpo es un centro de aprendizaje enorme, que con el cuerpo se puede contar, filosofar, conocer. En el libro hay muchas actividades que involucran al cuerpo, que son para poder pensar y también para mostrar que el cuerpo en sí mismo es valioso.
—¿Cómo promover los distintos puntos de vista de una misma cosa, situación u objeto?
—Es muy importante a lo largo de toda la vida, pero cuando son chicos y chicas, que tiene que ver con que sean ellos y ellas los que tengan un pensamiento crítico en relación a un montón de temas, podemos empezar por preguntarles a ellas y a ellos qué piensan respecto a algo, cualquier tema, y después mostrarles diferentes respuestas y explicaciones sobre ese tema. Por ejemplo, se puede pensar en la felicidad, qué responde un filósofo, qué dice una revista científica, qué piensa un familiar, qué dice un amigo. Entonces podemos ver que no hay una respuesta absoluta en relación a casi ningún tema, lo que hay son respuestas, construcciones colectivas, y después cada uno tiene que ver qué respuesta le sirve más.
—¿Qué pasa con las pantallas? ¿Inhiben la capacidad de filosofar?
—No soy especialista en el tema. Como madre, como docente que trabaja con chicos y chicas, puedo decir que lo que trato es de no tomarlas como enemigo, sino como una herramienta más. Utilizo los recursos audiovisuales como un insumo más, no el único ni el mejor, pero lo que hago es usarlas como aliadas a las pantallas. Tratar de involucrarnos, ver donde están los chicos y chicas, establecer puntos de conexión, mejores conversaciones, corrernos de esa mirada binaria de que plantea a la tecnología y a la virtualidad como lo mejor o lo peor del mundo, tener una mirada crítica en función a eso, informarnos y ver qué decisiones podemos tomar.
—En qué consisten brevemente las herramientas que proponen en el libro: observar, buscar, compartir.
—Lo que buscamos en el libro es hacer una invitación a madres, padres, educadores, a quienes trabajen con chicos a qué se animen a experimentar la filosofía, y para nosotras el observar, buscar y compartir serían tres grandes puertas de entrada. Empezar a darnos cuenta de algo que es necesario para filosofar, que es habituarnos en otro tiempo, salir de la lógica productiva para ingresar a una escucha que es distinta y requiere de otro tiempo. El buscar es mucho más interesante si se hace con otros y otras, y el compartir, que creemos que hay algo del acontecimiento filosófico que puede ser posibilitador de un montón de otras cosas, que tiene que ver con la creatividad, con pensar nuevas estrategias a problemas que haya que resolver, y de alguna manera crear un mundo un poquito mejor.
—El título del libro es “Filosofar desde la infancia y perderse en el camino”, ¿Por qué perderse en el camino?
—Pensamos que no existen las respuestas correctas, las recetas mágicas o los tips ideales, como quizás a veces uno quisiera como madre, como lector, como padre, como educador. Lo que hay es una invitación, donde es fundamental el rol de la persona que lea y quiera llevar eso a la práctica, donde no va a haber un solo camino o una única forma de hacerlo. Uno se va a propiciando de esas estrategias de la mejor manera posible. Venimos de muchos años donde nos dicen cómo hacer ciertas cosas y es más interesante correrse del lugar del que tiene todas las respuestas, para justamente dar lugar a otras posibilidades. Y perderse también está bueno en términos de educación y aprendizaje, a veces no saber a dónde ir puede ser un lugar para encontrarse con el deseo.
—¿Cómo fue que decidiste estudiar filosofía, qué te inspiró?
—No sé muy bien por qué estudié filosofía, no vengo de una familia de filósofos. Tampoco tuve mucha filosofía en la escuela secundaria, sin embargo cuando lo escuché a un profesor, Martín, hablar de lo que era filosofía me picó el bichito, me dijo que me iba a gustar estudiar filosofía. Algo de eso me interpeló y me dieron ganas de saber qué pasaba. Como buena persona nerd miraba los planes de estudios de todas las carreras y el que más me maravilló era el de filosofía, que tenía un montón de materias que no sabía qué querían decir pero me sembró la curiosidad y el asombro y dije “es por ahí”.
—De tu experiencia en las aulas, en la Escuela de Maestros ¿qué te parece que debería transformarse en las escuelas?
—Es complejo y escapa a respuestas rápidas. Pienso que la escuela es muy bastardeada todo el tiempo. Cuando digo escuela digo también los docentes y directivos, se trabaja de una forma precarizada, y si encima es señalada todo el tiempo se vuelve muy difícil. Defiendo que lo que haya que transformar sea desde la escuela y con los docentes y en consenso con las familias. A veces no hay que transformar todo, sino ajustar algunas cosas, mientras más docentes deseantes haya más alumnos deseantes va a haber. No perder de vista que lo que nos tiene que mover es el deseo de aprender, para eso se necesita de un contexto más amable para trabajar, en esa línea. Cuanto mayor desigualdad haya en las aulas es más complejo enfocarnos en otros problemas, por eso la escuela tiene que cumplir esa función igualadora y democrática, para garantizar la educación que es un derecho, y los docentes trabajar para ver cómo hacemos para no perder ese deseo de aprender y ver cómo lo compartimos con los chicos y las chicas.
Cómo escribir un libro de a tres
Florencia Sichel es la portavoz de Filosofar desde la infancia que también fue escrito por Mayra Muñoz y Ursula Pose, las tres licenciadas en filosofía recibidas en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Pero la pregunta es ¿Cómo se hace para escribir un libro de a tres?: “No es que escribimos un capítulo cada una sino que fue un proceso colectivo, la búsqueda fue ver de qué modo podríamos encontrar la voz del libro, eso se logró con mucha reunión, tanto presencial como virtual. Primero nos encontrábamos a charlar y hacer una lluvia de ideas, después íbamos escribiendo un poco lo que pensábamos cada una sobre ese tema, lo íbamos poniendo en común, compartiendo, con comentarios, con sugerencias, y así fuimos construyendo un texto único. Fue trabajoso, pero también pudimos poner en práctica lo que decimos en nuestro libro, volcarlo al propio proyecto de escritura”.
Actividades para trabajar en clases
Los primeros ejercicios del capítulo de “actividades” del libro Filosofar desde la infancia invitan a desarrollar la observación. Se propone colocar un objeto en el medio del aula y que cada uno dibuje la escena, luego se pegan todos los dibujos en el pizarrón y se observan los distintos puntos de vista de la escena, siguiendo una serie de interrogantes que invitan a atender las diferencias. Sigue otro ejercicio en el que se trata de “observar” con los ojos tapados, entonces la invitación es a fomentar otros modos de percibir, con el tacto, con el caminar lento, sintiendo los sonidos. Otra propuesta es a usar el celular durante una situación de espera y luego hacer una lista con todo lo que observaron. En otro momento destinar una situación de espera a observar lo que ocurre y anotar en una lista lo que ven que pasa alrededor. También hay varios ejercicios con espejos, con las manos tapando los ojos, de manera individual y grupal.
Más de la mitad del libro desarrolla detalladamente ejercicios que fomentan la búsqueda filosófica en todas las edades. Todo un desafío para incorporar al aula.
El prólogo de Luis Pescetti
Linda, cuando vos quieras,
dejo este amor donde lo encontré.
En tren con destino errado
se va más lento que andando a pie.
Jorge Drexler, “Alto el fuego”
Hace mucho tiempo a los niños se los envolvía en una faja, algo así se hace con su curiosidad natural ante un mundo que, convengamos, no es normal. ¿Qué tiene de normal poner una tarjeta y que la pared te dé dinero? O que a tu mamá se le hinche el vientre y te avisen que nacerá otro como vos. Que la luna desaparezca, pero al mes esté a pleno iluminando la noche, que haya bichos y planetas, que se muera un pez... o la abuela, que ames demasiado a alguien que no te busca igual (¿y qué hacemos con eso?), que haya que prestar lo que es de uno, ansiar lo que es de otros, es más ¡que haya algo que no soy yo! Que la canilla se abra y salga agua, que los agujeritos de la pared tiren luz, en fin: magia es lo que menos le falta a un mundo en el que, por suerte, hay ritmos y repeticiones, si no estaríamos sonados. Y que nos quieren, eso también ayuda. Pero, yo: ¿quiero o necesito? A ver: cuando dejé de tener hambre, seguí queriendo, ¿será que me acuerdo que voy a necesitar o que quiero por otra razón?
Así llegamos, no a la salita de 3, cuando salimos de la clínica recién nacidos. Podemos cambiar el “¿cómo hacer para filosofar con niños o en las aulas?” por “¿cómo hacer para no embotar la curiosidad voraz, el detector de incongruencias, el apetito de lógica y sentido que traen todos los niños en grado superlativo?”, y sería más honesto.
Como todos los chicos, de niño tenía un detector implacable para lo que es verdadero o es trucho, impostado. Necesitaba que el mundo fuera coherente, si no me asustaba. Coherente no por “terminado y toca encajar”, sino congruente. A la vez, era vulnerable a aceptar que yo estaba mal, aun cuando el error era del sistema.
Cuando conocí el programa de Filosofía para Niños de Matthew Lipman, descubrí un mundo nuevo, y no uno críptico, al contrario: uno que encajaba con naturalidad. Filosofar no era “hacer otra cosa”, sino más bien ponerle palabras o darle cabida a percepciones, entusiasmo, curiosidad, temores, huecos que tenía y se acumulaban en la sala de espera de mi atención.
Convivimos con sorpresas y solemos asociar a la adultez con un progresivo abandono del territorio de la curiosidad hacia los barrancos del “dalomismo”. El asombro es uno de esos patrimonios de la humanidad. La capacidad de convertirlo en motor, rumbo y puente con otros es un don que debemos preservar, a riesgo de que un día sean los hechos irreparables los que nos sorprendan o, no es menor, nuestra propia ausencia de ganas.
¿Por qué querríamos que nuestros niños se familiarizaran con filosofar? Para empezar, por lo mismo que caminan en equilibrio o esquivan un pelotazo: porque es natural. Dejar de hacerlo es antinatural. Si será con muchas palabras y mucho rollo o con menos palabras, pero fina atención, es otro cantar. “Observar es un asunto de todo el cuerpo”, afirman las autoras y lo acompañan con actividades que plantean pensar no como un ladrillazo de sabiondos, sino para mantener viva la motivación y la sorpresa. Propuestas lúdicas, actividades sin hablar, con el cuerpo. Moverse del banco, estar descalzos, agarrar papelitos, ir hacia otro grupo, hacer que el aula sea un teatro. Se hacen rondas, se juega al teléfono descompuesto, hay música, luz tenue, se sientan en parejas, se vendan los ojos, se hacen dibujos, se usan espejos, se observa con las manos. Lo normal en cualquier ágora de cualquier polis que se precie.
El asombro como patrimonio de la humanidad - Luis Pescetti